Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí. Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso). Gracias.
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domingo, 23 de febrero de 2025

Mientras conduces

Mientras conducía, Juan vislumbró fugazmente las elegantes medías de Luna, vistiendo sus bonitas y largas piernas, a través del retrovisor. Ella se dio cuenta, y a Luna le gusta mucho jugar… Como quien no quiere la cosa, levantó un poquito más su vestido. Segundos después, la mirada de Juan volvió a reflejarse en el retrovisor disimuladamente. Luna sonrió al sentir que estaba consiguiendo lo que buscaba. Se remangó el vestido un poco más. Sus piernas al completo estaban a la vista ahora. Juan se dio cuenta de lo que hacía.
- Luna… - Protestó, aunque eso no evitó que echara otra miradita.
Ignorándole, Luna subió su vestido una vez más. Ahora se podían llegar a ver sus braguitas negras con transparencias. Por la expresión de Juan, notó que empezaba a ponerse nervioso.
- Luna… Estate quieta…
Pero ella no tenía intención de obedecer. De hecho, lo siguiente que hizo fue posar su mano en la pierna de Juan. Primero inocentemente, pero luego fue subiendo la mano por el muslo del conductor.
- Luna, por favor, que estoy conduciendo…
Haciendo oídos sordos, Luna llegó con su mano hasta la entrepierna de Juan. La acarició suavemente por encima del pantalón, dibujando su forma con los dedos. Le encantó sentir que se estaba endureciendo. Juan se aferraba al volante con fuerza.
- Luna, va…
Al fin, Luna apartó la mano, pero solo fue para recogerse el pelo en una coleta y después preguntar con una sonrisa juguetona y voz tontorrona:
- Entonces, ¿quieres que pare?
Juan fue incapaz de seguir resistiéndose.

Sin apartar la vista de la carretera, Juan escuchó el sonido de su bragueta abriéndose. Tragó saliva cuando Luna le sacó el miembro del pantalón y suspiró cuando sintió la lengua lamiendo de arriba abajo. Tras unos lametones iniciales, la boca de Luna envolvió su polla, acogiéndola con su húmeda calidez. A Luna le encantó sentir la polla de Juan creciendo en su boca, hasta alcanzar una dureza que hacía imposible abarcarla entera en ella. Juan acarició el pelo de Luna, casi como un agradecimiento, mientras su cabeza subía y bajaba entre él y el volante. Presa del placer que le generaban los labios de Luna, aceleró sin darse cuenta y la velocidad era más alta de lo habitual en él. Cada gemido de Juan ponía a Luna más y más cachonda. Con una mano era suficiente para sujetar la polla mientras se la comía, así que deslizó la otra por debajo de su vestido para acariciar su chorreante coño. Juan conducía por el carril central por miedo a desviarse accidentalmente, así que los coches pasaban tanto por el carril derecho como por el izquierdo, y alguno de ellos se giró para mirarlos sin disimulo. Luna estaba tan cachonda que ya hasta se metía los dedos, y engullía la polla del conductor tan profundamente como podía. Apunto estaba de saltar encima de él y cabalgarlo, si no fuera por el peligro que eso suponía en plena conducción. Tuvo que reprimirse y seguir chupando, solo unos minutos más, hasta que provocó el orgasmo de Juan.
-        Me voy a correr… Tengo que parar…  - Sollozó él, al tiempo que ponía el intermitente para salir por una vía de servicio.
Pero Lara no había terminado su juego.
-        Si paras, yo también paro… - Amenazó.
-        Joder… - Protestó Juan, tragando saliva, pero obviamente accedió.
Un minuto después, en plena carretera, conduciendo a unos 100 km/h, Juan explotó en la boca de Luna. Se agarró al volante, gruñó y se corrió. Luna fue capaz de tragarlo todo sin siquiera cesar sus movimientos de cabeza. Succionó las últimas gotas del glande antes de incorporarse de nuevo en el asiento con sonrisa de satisfacción. La cara de Juan era un poema. Luna abrió la guantera en busca de toallitas.
-        Tranquilo, yo te limpio.



domingo, 24 de julio de 2022

Volvemos a encontrarnos



Otro de tantos aburridos eventos de negocios. Estaba harto de ellos. Conversaciones políticamente correctas, sonrisas por compromiso… Todos eran iguales. Todos, excepto… Cuando aparecía ella. Aquella noche, como un ángel que se presenta cuando se le necesita, apareció de nuevo.


Un destello de color entre tanto triste gris. Un elegante vestido azul ceñido a una esbelta figura, con tirantes en los hombros y cayendo hasta las rodillas. Un reluciente cabello negro, ligeramente rizado, a la altura de los hombros. Unos ojos azul claro, a juego con el vestido.


Unas exuberantes curvas que me eran muy familiares. Una mujer de la que no sabía siquiera el nombre, pero de la que conocía hasta el último lunar de su cuerpo. Hacía mucho tiempo desde la última vez. Su simple imagen fue un disparador para mi libido.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Encuentro en el tren nocturno



A mis casi cuarenta años, soy un amante desaprovechado. Mi mujer, con la que llevo casado diez años, no se anima a nada más que la habitual postura del misionero. En mi mente ebullen ideas que nunca consigo llevar a cabo. O casi nunca.

Odio los viajes de trabajo. Siempre viajo solo y en tren, lo que se traduce en largas horas de trayecto en soledad, todo porque le sale más barato a mi compañía que enviarme en avión. Además, en ocasiones la vuelta a casa es a horas intempestivas. Sin embargo, cuando me toca viajar en un tren nocturno, hay una rutina que suelo repetir. Sobre las dos de la madrugada, me doy un paseo por los vacíos pasillos del tren, mientras los pasajeros duermen en sus compartimentos. Y esto lo hago desde que viví una experiencia única en uno de esos trenes nocturnos.

Habían sido un par de días horrorosos de trabajo en París, y encima aún tenía que rematar la faena escribiendo unos cuantos informes durante el viaje de vuelta. Se me hicieron las tantas trabajando en silencio en mi compartimento. Eran en torno a las dos de la madrugada cuando por fin terminé. Decidí hacer una visita al vagón restaurante para beber algo caliente antes de dormir. Caminé en silencio por el pasillo de uno y otro vagón, procurando no despertar a nadie. Cuando llegué al tercer vagón que debía cruzar, antes de abrir la puerta, me asomé por la pequeña ventana cuadrada y vi una silueta en la oscuridad.

Pegué mi cara al cristal y entrecerré los ojos para enfocar la vista. Sin duda era una mujer, inclinada hacia delante, mirando por la ventanilla. Por la silueta, era una mujer con buen cuerpo. Tenía el culo levantado, y me di cuenta de que lo movía lentamente, sensualmente. Las nubes se apartaron, dejando que la luz de la luna llena incidiera sobre el tren sin obstáculos. Gracias a eso pude ver bien a aquella mujer. Parecía algo más joven que yo, era sexy, guapa y vestía elegantemente. Iba maquillada y peinada como si estuviera en algún exclusivo evento. Mi mirada volvió a su culo, el cual seguía moviendo, y me llevé la increíble sorpresa de ver directamente su sexo al descubierto. No llevaba bragas y su estrecha falda era excesivamente corta. Su bonito coño relucía a la luz de la luna.

En ese momento, mi instinto más básico se apoderó de mí. Abrí la puerta despacio, sin hacer ruido, y una vez dentro del vagón de la mujer, caminé hacia ella con decisión, sin titubeos. Me coloqué detrás de ella y, sin siquiera dirigirle una sola palabra, comencé a acariciar su cuerpo. En el reflejo de la ventanilla divisé que se le dibujaba una sonrisa en el rostro. Motivado por ello, mis manos masajearon sus pechos, agarraron sus nalgas, recorrieron sus largas piernas vestidas con medias de rejilla… Pegué mi cuerpo al suyo para llegar a besarle el cuello, con lo que mi miembro se apretó contra su culo. Me embriagó su delicioso perfume, provocándome aún más excitación lo bien que olía. Al tocarla, noté que tampoco llevaba sujetador, así que mis manos no dudaron en colarse por dentro de su ropa para palpar bien sus senos y sus duros pezones. Mientras besaba su cuello y manoseaba su cuerpo, mi miembro fue endureciéndose en mi pantalón. Ella debió notarlo, pues tragó saliva y, acto seguido, meneó el culito rozándolo contra mi entrepierna.

Cuando mi polla alcanzó su máximo tamaño y dureza, mi cuerpo me pidió pasar al siguiente nivel. Bajé la cremallera del pantalón de mi traje, pues aún llevaba la vestimenta de trabajo. Dejó caer algo de saliva en mi mano y embadurno mi miembro con ella. Frotó mi glande contra el coñito de aquella mujer, el cual ya estaba chorreando. Sin embargo, apunté un poco más arriba y la clavé directamente en su culo. Con un golpe duro, seco y profundo, mi polla invadió el culo de aquella desconocida hasta que mis huevos golpearon su coño. Un excitante gemido se escapó de su boca. Un gemido de sorpresa y placer.

Mientras el resto de los pasajeros dormían, en el pasillo de aquel vagón, mi enorme polla se abría paso una y otra vez en el interior del culo de aquella preciosa desconocida. Su estrecho agujero era una delicia para mí. Los tacones que llevaba le elevaban el culo a la altura perfecta, así que yo solo la agarraba de la cintura y la embestía una y otra vez. Reprimíamos nuestros gemidos como podíamos, para no despertar a nadie, pero yo no me cortaba con mis movimientos. Estaba entregado plenamente a follármela a destajo, sin descanso y sin miramientos. Mis penetraciones eran continuas y rápidas, pero de vez en cuando me gustaba bajar el ritmo para propinar algún golpe duro y seco. Apoyar mi glande en la entrada de su culo y empujar con todas mis fuerzas hasta el fondo. Su culo me pertenecía en aquel momento.

No sé cuánto tiempo estuve dándole desde atrás en aquel vagón, pero en ningún momento ella se giró para mirarme. Miraba por la ventanilla y se dejaba hacer. Yo ni siquiera le dirigí la palabra. Sabíamos lo que queríamos y nos limitábamos a ello. Y así estuvimos hasta que no aguanté más. Hundí mi miembro todo lo que pude en su interior y me corrí abundantemente dentro de su culo. Descargué en ella toda mi corrida, hasta la última gota, mientras ella tensaba el cuerpo y respiraba forzadamente. Al acabar, saqué mi polla, me la volví a meter en el pantalón y continué mi camino hacia el vagón restaurante, dejando a la mujer inmóvil y jadeando en aquel vagón.

No volví a ver a esa mujer en ese viaje ni en ningún otro. O quizá sí, pues no creo que la reconociese. Cuando ocurrió aquello, el vagón estaba oscuro y en ningún momento nos miramos a la cara. Sin embargo, desde entonces, en cada tren nocturno en el que voy o vuelvo de París, siempre me paseo por los vagones hacia las dos de la madrugada, buscando de nuevo a una mujer esperándome mientras mira por la ventanilla y menea el culo.



Este relato está inspirado en "El tren y mi túnel", de mi amiga Candela, y está dedicado a ella.
Podéis leer su relato aquí: El tren y mi túnel


lunes, 3 de febrero de 2020

Escándalo público



Ángela y Carlos salieron del local a toda prisa y sin quitarse las manos de encima el uno del otro. Avanzaban calle abajo sin soltarse ni por un momento. Carlos acariciaba el firme culo de Ángela, deseando llegar a casa para hacerlo suyo. Solo se detenían para besuquearse lascivamente.
 - ¿Falta mucho para llegar a tu casa? - Preguntó Ángela tras unos cinco minutos de caminata.
 - Está cerca.
Pero la excitación se había apoderado de ella. Después de un buen rato bailando juntos al ritmo de una música sensual, con sus roces, caricias y miradas, Ángela estaba demasiado caliente. No podía esperar más. Se detuvo para besar a Carlos de nuevo. Esta vez, casi inconscientemente, deslizó la mano por dentro de su pantalón y acarició su miembro, el cual ya estaba un poco duro. En cuanto hizo contacto con la suave piel de sus dedos, la dureza aumentó hasta la completa erección. Notar la endurecida polla de Carlos fue la gota que colmó el vaso de la excitación de Ángela.
 - Yo no aguanto más. - Dijo entre jadeos.
Acto seguido empujó a Carlos hacia un callejón. Se adentraron en él entre risas, en las que se percibía claramente la tensión sexual.

En cuanto llegaron al final del callejón sin salida, Ángela se lanzó rápidamente al suelo, sin tiempo que perder. Bajó la bragueta del pantalón de Carlos, metió la mano y sacó su polla. Un segundo después la tenía en su boca. "Mmmm..." se le oyó a Ángela. Un sonido de claro deleite que denotaba las ganas que tenía de comérsela. Carlos emitió el mismo sonido al notar la calidez de su boca alrededor de la polla y su húmeda lengua acariciándola. Apoyó la espalda en la pared que tenía detrás y disfrutó de la maravillosa mamada de Ángela, la cual solo duró un par de minutos, ya que estaban deseosos por pasar a mayores.
 - Qué bien lo haces... - Le dijo Carlos.
 - Fóllame ya... - Fue su contestación.
Ángela se levantó y se apoyó en la pared. Carlos se puso detrás de ella. Levantó su vestido, apartó su tanga a un lado y se la metió. Ángela gimió de placer. Empezaron los vaivenes. La polla de Carlos invadiendo a Ángela una y otra vez. Follando ocultos en la oscuridad nocturna de aquel callejón. De repente, se oyó el rugir de un motor y apareció un coche en la entrada al callejón.

Para su horror, vieron que el coche giraba y se metía en el callejón. Y eso no era todo, además era un coche de policía. En cuanto el coche entró en el callejón, las luces de los faros iluminaron los cuerpos de Ángela y Carlos, que se habían quedado inmóviles, sin saber cómo reaccionar, ya que no había dónde esconderse. Se separaron de golpe y se colocaron la ropa. El coche se detuvo frente a ellos. Se apagaron los focos y salió un agente de policía del coche con una linterna en la mano.
-        Señores, ¿acaso no tienen ustedes casa para hacer estas cosas?
La luz de la linterna recorrió el cuerpo de Ángela desde sus tobillos hasta su cara, parando más de la cuenta en su pronunciado escote. Ese repaso que le dio el policía encendió aún más a Ángela, que aún seguía cachonda. No supo por qué lo hizo, quizá a causa del alcohol en sangre, pero Ángela puso su mano en la entrepierna del policía. Sorprendido, el agente la miró fijamente unos segundos, durante los cuales la mano de Ángela no se apartó de su paquete. Luego miró a Carlos.
-        Largo.
-        Pero… - Titubeó Carlos.
-        Largo o duermes en el calabozo.
Carlos miró a Ángela, que le sonrió. Se abrochó bien el pantalón y caminó cabizbajo hasta desaparecer.

lunes, 14 de octubre de 2019

Microrrelato: La paja desconocida



Entré con la misma cautela de siempre. La sala estaba a oscuras. Lo suficiente como para no ver a nadie con claridad. Se distinguían unas pocas sombras en algunas butacas. Avancé con fingida naturalidad por el pasillo y me metí por una de las últimas filas. Me senté en un lugar centrado. Buscaba un sitio bastante aislado, y con el poco aforo de gente que había fue una tarea muy fácil. Me quité el sombrero, las gafas de sol y la bufanda. Apenas llevaba unos segundos sentado cuando la pantalla se iluminó levemente y comenzó la película. Como siempre, los nervios que sentía cada vez que iba al cine erótico, se me esfumaron de golpe en cuanto empezó la sesión y me abstraje del entorno. Mi excitación va aumentando mientras que los primeros minutos del filme tratan de dotar de algo de argumento a la historia. La actriz es impresionante, estoy deseando verla sin ropa. Aún no ha ocurrido nada y el bulto en mi pantalón ya empieza a crecer. La impaciencia crece en mí hasta que, por fin, la actriz rubia de grandes pechos se pone de rodillas y le baja la bragueta al actor. Sonrío, porque la felación es el acto sexual que más disfruto contemplando en una película porno. Tras una magnífica mamada en la que disfruto de cada segundo de filmación, los actores se desprenden de sus ropas y se lanzan a la cama. Tan absorto estaba yo observando a la actriz gozar a cuatro patas que me sobresalté al notar de repente una presencia a mi lado. Alguien se sentó justo en la butaca de al lado. Me giré, molesto e incrédulo por esa pequeña invasión de mi espacio cuando la sala estaba muy vacía, sin saber muy bien si pedirle que se alejara o alejarme yo. Pero, entonces, aquella persona se entreabrió la gabardina lo suficiente como para que, para mi sorpresa, yo pudiera ver un par de pechos femeninos con un bonito escote. El hecho de que fuese una mujer me puso nervioso y no supe cómo reaccionar. Miré su cara, pero entre la gabardina de cuello alto, las gafas de sol y el sombrero, solo pude discernir unos labios de mujer y un mechón de pelo castaño. Se recosté en el asiento y volví a mirar a la pantalla del cine. La actriz rubia ahora cabalgaba sobre el hombre. El movimiento circular de sus pechos me hipnotizó momentáneamente. Salí del trance de golpe al notar una caricia en mi pierna. Instintivamente, miré hacia abajó, y allí estaba la mano de la mujer, posada sobre mi pierna. La miré. Ella se llevó el dedo a la boca y me hizo un gesto de que guardara silencio, para luego señalar a la pantalla. Obediente, volví a mirar la película e intenté relajarme, pero fue mucho más difícil cuando noté que su mano pasaba a acariciar mi entrepierna. Tras unas breves caricias por encima del pantalón, me bajó la bragueta lentamente. Mis nervios aumentaron de golpe. Empecé incluso a sudar ligeramente. Metió la mano por la bragueta y sacó mi miembro, que para entonces ya estaba bien duro. Empezó a masturbarme suavemente. Yo no podía creérmelo. Mi mente ni siquiera se concentraba en la película porno a tamaño gigante que tenía delante. Me giré para mirar a la desconocida que me estaba masturbando. Vi que ella miraba la película y se mordía los labios con gesto de excitación, pero se dio cuenta de que intentaba verla mejor y usó su mano libre para girarme la cabeza hacia la pantalla. Me dio algo de rabia, ya que deseaba ver cómo era esta mujer, pero me resigné por no forzar la situación. La escena había cambiado. Ahora el actor y la actriz de antes se lo montaban con una segunda mujer en un tórrido trío sexual. Noté la excitación en la mujer de mi lado porque me pajeaba con más fuerza. Lo que al principio eran unas suaves caricias en mi miembro se habían convertido en una paja en toda regla. Me atreví a apoyar mi mano en su muslo y acercarla a su entrepierna, pero enseguida me la apartó de ahí. Decidí simplemente disfrutar de la película y la paja. Soltó mi polla por un momento, oí el sonido inconfundible de escupirse en la palma y, segundos después, su mano resbalaba de nuevo por mi miembro. Eché la cabeza hacía atrás presa del placer. Luego miré a mi alrededor. Veía sombras de cabezas en algunas butacas, pero la sala estaba lo suficientemente oscura como para pasar desapercibidos. Pasé unos minutos observando una preciosa escena en la que las dos actrices chupaban al mismo tiempo la polla del actor, mientras la mujer de mi lado seguía masturbándome. Qué cara de vicio tenían esas mujeres. Imaginé que una cara parecida debía estar poniendo la desconocida que se había entregado a darme placer. En cuanto conseguí relajarme y perder los nervios ante aquella situación, el orgasmo no tardó en llegar. Mi cuerpo tenso y mis movimientos inquietos pusieron sobre alerta a la mujer. Me agarré con fuerza a mi asiento, apreté los dientes y me corrí. La mujer me siguió masturbando mientras cubría mi glande con parte de su mano, y de esa forma los chorros de semen no salieron disparados. En lugar de eso, me corrí pringando su mano. Ella no se alteró lo más mínimo, sino que siguió pajeándome hasta que terminé de correrme. Finalmente, soltó mi polla, sacó un pañuelo con la otra mano y se limpió mi corrida. Antes de irse tuvo el detalle de dejar unos pañuelos en mi reposabrazos. Luego se levantó y salió de la sala con total naturalidad.


lunes, 30 de septiembre de 2019

El reservado del DJ



Aquella noche, Sonia y Lola salían con muchas ganas de pasarlo bien. A las dos les encantaba hacer travesuras, así que cuando salían juntas eran un peligro. Lo primero que hicieron al entrar en la discoteca fue ir directas a la barra a pedirse unas copas. Estuvieron un rato bebiendo, riendo y observando el aforo masculino del local. Luego fueron al centro de la pista a bailar. Eran conscientes de que atraían las miradas de la mayoría de los hombres a su alrededor. Por su físico, su escasa ropa y su forma de bailar.

Lola era morena, con el pelo largo y liso. Le gustaba llevarlo suelto y menear su melena al bailar. Sus ojos azul claro creaban un bonito contraste con su cabello oscuro. Sonia, por su parte, era rubia. Aunque también llevaba el pelo largo, el suyo era más ondulado. Además, aquella noche se había hecho dos divertidas coletas. Sus ojos eran de un verde que se volvía más claro o más oscuro dependiendo de la luz. Ambas vestían pantalones muy cortos y tops con el ombligo al aire. También tenían un físico similar. Culito de gimnasio bien ejercitado y largas piernas. Pechos no muy grandes, que llevaban libres bajo el top. Bien maquilladas, para lo cual eran muy perfeccionistas, luciendo raya de ojo y pintalabios. Lola con los labios pintados de negro y Sonia, de rojo.

Estuvieron un rato en el centro de la pista, bailando como mejor sabían. Cruzando miradas y sonrisas con otros hombres. Hasta que uno en concreto se le metió en la cabeza a Lola.
 - Me gusta el DJ. - Le confesó a su amiga.
 - Vamos a pedirle una canción. - Contestó Sonia.
Se acercaron todo lo que pudieron a la cabina del discjockey y Lola le hizo un gesto. Él sonrió ante aquella belleza y le atendió. Le pidieron una canción y él asintió con la cabeza. Efectivamente, tras un par de canciones empezó a sonar la petición de las chicas. Ambas se pusieron a bailar sensualmente delante del DJ. Hacían movimientos provocativos, se acariciaban entre ellas y no dejaban de mirarle. Él trataba de mantener la profesionalidad, pero le era imposible no mirarlas de vez en cuando. Dos mujeres realmente atractivas bailando provocativamente delante de él. De vez en cuando le pedían alguna canción más y él, obediente, cumplía sus deseos. El colmo fue cuando empezaron a bailar cada vez más pegadas hasta que sus labios estuvieron a escasos centímetros y, entonces, se besaron ante su estupefacta mirada. Un beso corto pero lleno de lujuria. Con lengua incluida. Dentro del pantalón del discjockey, su polla se había endurecido ligeramente. Se secó el sudor y bebió agua. Las chicas seguían mirándole y sonriendo.

La fiesta siguió un par de horas más. Ellas iban y venían. Se paseaban por el local. Pero siempre acababan volviendo frente al DJ. Hasta que una vez que volvieron, él ya no estaba. Había otro chico a los mandos de la sesión. Seguramente habría acabado su turno. Pero a las chicas no les dio tiempo de lamentarse porque segundos después apareció él con tres vasos de chupito. Se presentó bajo el nombre de Mario, y pasó con ellas un rato bebiendo y bailando. Sonia y Lola bailaban rozándose con su entrepierna, indudablemente buscando excitarle. Y lo conseguían. Y ellas lo notaban.
 - Ya me estoy cansando de bailar, ¿por qué no vamos a otro sitio? - Le susurró Lola al oído, pegándole sus pechos al cuerpo.
 - Tengo un reservado ahí atrás, si queréis.
Lola sonrió. Luego le dijo algo a Sonia y ella también sonrió.

jueves, 16 de mayo de 2019

A sus órdenes



Era media tarde cuando el sargento irrumpió en las duchas del campamento militar. Lo único que se oía era el agua caer de una de las duchas. El sargento se quedó parado en mitad de la estancia.
 - ¡Cabo Cabrera! - Gritó.
El sonido de la ducha cesó al momento. Entre el vaho que inundaba el lugar, apareció la esbelta figura de una mujer caminando con paso firme. Se plantó frente al sargento sin siquiera preocuparse de cubrirse con la toalla que colgaba de la percha. Su cuerpo desnudo y mojado se erguía rígido frente a él. Su mirada seria demostraba seguridad y disciplina. Pese la falta de ropa, los ojos del sargento no se despegaron de los de la cabo.
 - Vístase y preséntese en mi tienda de inmediato.
 - ¡Sí, señor! - Cabrera acompañó sus palabras con el saludo militar. - Para lo que usted necesite, señor.
En cuanto se giró el sargento para abandonar las duchas, apareció una sonrisa cómplice en la cara de Cabrera. Sabía para qué le reclamaba en su tienda. Se excitó solo de pensarlo.

En un santiamén se presentó la cabo en la tienda de su superior. Era una tienda algo más "sofisticada" que las de los rangos inferiores, con algo más de mobiliario, pero sin excesos. Además, no tenía que compartirla con otros soldados. Al verla llegar, el sargento se levantó para recibirla. Una vez dentro, Cabrera cerró la puerta tras de sí. Luego se paró frente al sargento, cara a cara, e hizo el saludo militar.
 - ¡A sus órdenes, señor!
Él le devolvió el saludo. 

Marta Cabrera era una atractiva y joven militar con un gran sentido de la disciplina. Su pelo era corto, rizado y completamente negro. Sus ojos marrones, a juego con su piel tostada por la continua exposición al sol. Gracias a los ejercicios físicos diarios en el campamento militar, su cuerpo estaba bien trabajado, entrenado, en forma. Un culo firme y duro. Unos pechos de buen tamaño, habitualmente bien disimulados por el uniforme militar. Pero, en aquel momento, Cabrera solo llevaba una camiseta verde militar de tirantes que le marcaba los pezones. Además de eso, un pantalón largo de camuflaje y las botas. Marta era deseada por la gran mayoría de los militares del campamento (si no todos), pero a ella solo le excitaban los superiores. Acatar órdenes le ponía cachonda. Y eso era beneficioso, principalmente, para su sargento, que siempre estaba dispuesto a exponer sus órdenes a la cabo Cabrera.

viernes, 12 de abril de 2019

Microrrelato: Gloryhole - Ella



Con gran incertidumbre, Natalia se metió en aquella cabina y cerró la puerta tras ella. Se encontró en un espacio reducido y oscuro. Empezó a dudar de si aquello era buena idea. En realidad, desde que se le ocurrió por primera vez, siempre había tenido algo de duda, pero el morbo por probar aquella experiencia había sido su impulso para animarse a ello. Poco a poco, su vista se fue acostumbrando a la oscuridad, hasta que consiguió discernir unos pequeños agujeros en las paredes. Eso era todo. Un pequeño habitáculo con una puerta hermética con pestillo y paredes negras. Dos de ellas, las que estaban enfrentadas, con un agujero a la altura de la cintura. Natalia sabía perfectamente para qué eran. Al fin y al cabo, para eso estaba ella allí. Se quedó de pie, sin saber qué hacer, fruto de su inexperiencia. Entonces le pareció oír un ruido en la cabina contigua. Se quedó inmóvil, esperando. Nada. Unos segundos más... Nada. Al fin, de repente, por uno de los agujeros apareció un miembro masculino flácido. A Natalia se le aceleró el corazón. Le pareció un miembro bonito, bien afeitado, apetecible, delicioso. Tardó un poco en reaccionar. Luego se arrodilló con cuidado en el suelo, frente al agujero ahora ocupado. Aquella polla desconocida quedó a escasos centímetros de su cara. Notó que se ponía cachonda. Incluso el olor le ponía cachonda. No era de gran tamaño, pero era un pene bonito. No sabía por qué, pero deseaba tener esa polla en la boca. Se relamió. Tuvo un último instante de duda, pero su obsesión con el sexo oral era superior a todo. Tragó salvia y tiró para delante. Sacó la lengua, la apoyó en los huevos y relamió hacia arriba recorriendo toda la polla hasta la punta del glande. Escuchó un suspiro proveniente de la cabina contigua. Siguió lamiendo aquel miembro desconocido. Unas cuantas lamidas más fueron suficientes para que Natalia se relajara y comenzara a disfrutar plenamente del momento. Y así, ni corta ni perezosa, rodeó la polla con sus labios y la engulló. Subió y bajó friccionando el tronco con sus labios y jugueteando con la lengua por dentro de su boca. Notó cómo poco a poco la polla se fue endureciendo en su boca y acabó llenándola por completo. A Natalia le encantaba eso, notar una polla engrandecerse mientras la chupaba. Dejándose llevar por su instinto, Natalia miró hacia arriba buscando los ojos del hombre, pero se encontró con la pared. Sabía de la importancia del contacto visual, además de excitarle ver la cara de placer del recibidor de la mamada. Sin embargo, el morbo del anonimato era la experiencia que había ido a buscar. Mientras chupaba, se le venían a la cabeza las infinitas posibilidades de cómo podría ser el hombre al que estaba deleitando con su boca. Por el aspecto de su polla, pensó que debía ser alguien joven, pero era la única pista que tenía. Le ponía cachonda pensar que se la estaba chupando a un desconocido cualquiera, simplemente por vicio, y que seguramente nunca sabría quién era. Una vez duro del todo, el miembro resultó ser más grande de lo que parecía cuando estaba flácido, pero aun así no era ningún obstáculo para Natalia. Su amor por las felaciones le había hecho tener mucha experiencia de rodillas, así que muy grande tenía que ser un pene para no caberle en la boca. Con algo de esfuerzo, pero sin excesiva dificultad, Natalia conseguía alojar todo el miembro en su garganta, hasta notar su labio inferior rozar los huevos. Llegaba a tragársela entera, y una vez ahí podía aguantar unos segundos. Cada vez que lo hacía, oía suaves gemidos de placer a través del agujero. Por su parte, ella estaba muy mojada. Toda aquella situación la excitaba demasiado. Pese a que le gustaba usar todos sus recursos para hacer una buena mamada, inevitablemente una de sus manos se le iba de vez en cuando a la entrepierna, acariciándose por debajo de la falda. Percibió que el hombre iba a correrse en cualquier momento. Aumentó el ritmo de la felación buscando su orgasmo hasta que, sin previo aviso, chorretones de semen la invadieron. Lejos de amedrentarse, siguió chupando con fuerza mientras la corrida inundaba su boca. Tragó todo lo que pudo, pero la eyaculación era cuantiosa. Le caía de la boca, resbalando por su barbilla y goteando en el escote de su blusa. Sintió el líquido caliente colándose entre sus tetas. No paró de chupar hasta que cesó la eyaculación. Natalia cogió aire y se quedó mirando la polla goteando sus babas. Lamió y succionó las últimas gotas de esperma antes de dar por concluida la mamada. El miembro despareció por el agujero. Natalia se quedó arrodillada, con semen colgando de su barbilla, tocándose con la mano por dentro de las bragas mientras pensando en lo zorra que se sentía al haberse tragado la corrida de un completo desconocido. Entonces oyó algo a sus espaldas. Se giró y descubrió que otra polla había aparecido en el agujero de la otra pared. Una sonrisa apareció en la cara de Natalia.



Lee la versión desde el otro lado de la cabina: Gloryhole - Él

domingo, 24 de marzo de 2019

Microrrelato: Gloryhole - Él



Por un lado, estaba nervioso e inseguro. Por otro, la situación era muy excitante. Estaba a un paso de vivir una experiencia muy morbosa. Con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, miraba el agujero en la pared sin estar del todo convencido. Tras unos minutos de duda, finalmente me lancé. Me pegué a la pared y metí mi miembro por el agujero. Mis nervios iban en aumento. Me quedé inmóvil. No pasaba nada. Pasaron unos segundos y seguía sin pasar nada. Estaba empezando a dudar de nuevo cuando, de repente, me dio un vuelco el corazón al notar una húmeda lengua recorrer mi polla desde los huevos hasta el glande. Me dio hasta un escalofrío. Después de ese lametón vinieron unos cuantos más. Unos finos labios de mujer envolvieron mi miembro. Primero solo cubrían mi glande, pero luego bajaron lentamente, y aliento húmedo y caliente de una boca fue engullendo mi polla. Esos labios suaves me producían un gran placer con su fricción. Subiendo y bajando. Mi miembro, al principio fláccido, creció rápidamente en su boca, hasta endurecerse al máximo. Notaba los labios bajando cada vez más. Cada vez era mayor la cantidad de mí que notaba en el interior de su boca. Así hasta que llegó a hacer tope. Hasta que llegué a notar el labio superior rozando mi zona púbica y el inferior tocando mis huevos. La misteriosa mujer debía tener muy controlada la habilidad de respirar por la nariz, porque fue capaz de aguantar la situación durante largos segundos. Cuando cogía aire aprovechaba para juguetear con la lengua, lamiendo todo lo que tenía a su alcance. Lamía la polla de arriba a abajo y también le dedicaba tiempo a los huevos. Después volvía a la carga. Me daba morbo no saber cómo era la mujer que estaba al otro lado de esa pared, en la cabina contigua. Podía ser joven, madura, soltera, casada, alta, baja, nórdica, latina, pija, punky, con más o menos curvas, rubia, morena, pelirroja... incluso rapada. Era excitante pensar que una mujer cualquiera había entrado allí para satisfacer su antojo oral con el miembro de un desconocido. Que ponía todo su ímpetu en regalar un orgasmo a un hombre que nunca conocería. No sabía cómo era ella, pero lo que sabía seguro es que no era la primera mamada que hacía. Me estaba encantando. Mi única aportación era quedarme quieto, dejando mi pene a merced de otra persona. Lo único que se oía era el sonido de chupeteo que acompañaba la mamada. Poco a poco esa boca desconocida me iba acercando al orgasmo. Debió de notarlo porque aumentó el ritmo de la felación. Aguanté todo lo que pude pero no sirvió para mucho. Apreté todos los músculos de mi cuerpo y exploté. Noté con mucho placer cómo eyaculaba cuantiosamente en el interior de su boca. Ella no se detuvo en ningún momento. Siguió chupando con las mismas ganas mientras mi corrida inundaba su boca. Y así estuvo hasta que se aseguró de que había dejado de correrme. Mi polla salió de su boca y quedó colgando, goteando babas. Me quedé quieto, por si decidía hacer algo más. Me salió bien porque enseguida noté su lengua relamiendo los restos de semen de mi miembro. Luego sus labios se posaron en mi glande y una succión se llevó consigo las últimas gotas que me quedaban. Tras cerciorarme de que la mamada había terminado definitivamente, me limpié con unos pañuelos, me vestí de nuevo y me fui a casa imaginando qué tipo de mujer habría sido la que tanto placer me había proporcionado con su boca.



Lee la versión desde el otro lado de la cabina: Gloryhole - Ella


domingo, 17 de marzo de 2019

Al desnudo



El profesor entró en el aula cuando ya estábamos sentados los pocos alumnos que asistíamos a la asignatura opcional de dibujo. Era una de las posibilidades para conseguir los créditos de libre elección en la universidad. Teniendo en cuenta las otras optativas, la clase de dibujo era una forma amena y entretenida de conseguirlos. Al menos para mí. Sentados frente a nuestros caballetes con las hojas en blanco, esperábamos las instrucciones del profesor para la clase de hoy. Empezamos el curo dibujando cosas sencillitas, al cabo de un tiempo ya dibujábamos paisajes bastante bien, y en la última clase habíamos dibujado cuencos de frutas y cosas por el estilo.

El profesor nos comentó que en esa clase dibujaríamos figuras humanas y, acto seguido, abrió la puerta para dar paso a alguien. Entró una joven en albornoz. Era muy guapa. Se quedó de pie, sonriendo con dulzura, mientras el profesor la presentaba como Juliana, una alumna de intercambio brasileña. Seguramente se había prestado como modelo a cambio de una remuneración económica que luego podría gastarse en las fiestas universitarias. Pese a la gruesa tela del albornoz, se podía intuir un bonito cuerpo. Solo por ver a esta mujer en ropa interior ya había merecido la pena apuntarse a la clase de dibujo.

El ejercicio estaba claro: dibujar a Juliana. Tras la breve presentación, el profesor nos indicó el tiempo el que disponíamos y le hizo un gesto a la modelo para que diera comienzo el ejercicio. Juliana se acercó a un diván que había en el centro del aula. Deshizo el nudo del albornoz ante la atenta mirada de todo, lo dejó caer al suelo y... ¡Sorpresa! Completamente desnuda. Estaba ilusionado esperando ver a esa belleza en ropa interior o bikini, pero no me esperaba esto. Su espléndido cuerpo totalmente al descubierto. Con total naturalidad, Juliana se soltó el pelo y luego se tumbó de lado en el diván, de cara a nosotros, los alumnos.

Nos costó unos segundos reaccionar, pero finalmente comenzamos a dar los primeros trazos. Lo primero era dibujar el contorno de su cuerpo, pero no sabía por dónde empezar. Comencé dibujando sus largas piernas que, perfectamente depiladas, brillaban bajo los focos del aula. Poco a poco, fui trazando las curvas de su cuerpo. Cuando acabé, me deleité con su bonita silueta. Ahora tocaba dar detalle al dibujo. La entrepierna fue fácil. Al tener las piernas cruzadas, lo único que se veía era el vello púbico recortado en forma de raya vertical. Una bonita raya negra en el paraíso. Le quedaba realmente bien. A esas alturas, ya me resultaba tremendamente difícil controlar mi erección. Yo luchaba por evitarla, pero con esa belleza desnuda frente a mí, era imposible controlarme. Mi postura estando sentado ayudaba a disimularlo. No se me notaba, pero, bajo el pantalón, mi polla estaba bien dura.

lunes, 28 de enero de 2019

Una despedida muy Molona



Mis amigos y yo habíamos alquilado un apartamento en la playa para pasar una semana de vacaciones. El primer día ya avisó de cómo sería el resto de la semana: soleada y calurosa. Nada más llegar, dejamos las maletas tiradas en el apartamento y salimos rápidamente a disfrutar de la playa. Lo primero fue un buen chapuzón en el mar. Eso quita todos los males. Y luego a descansar. Nos tiramos en las toallas dejando que el sol se encargará de secarnos. Fue entonces cuando apareció el primer indicio de que la semana iba a ser mejor de lo esperado.

De entre las aguas emergió de repente una mujer absolutamente escultural caminando hacia la orilla. Su esbelto cuerpo mojado brillaba bajo el sol. Me quedé embobado viéndola salir del mar. Su pelo era castaño y un poco más claro en las puntas, y caía mojado por su pecho hasta pasados los senos, pegándose a su piel. Sus pechos eran pequeños pero bonitos y muy bien puestos, proporcionados con su cuerpo. Caminaba de forma sensual, con sus largas piernas avanzando por el agua. Y todo ese sensacional cuerpo decorado por un piercing que destellaba en su ombligo bajo la luz solar.

Por si no hubiera sido suficiente la magnífica primera impresión, resulta que el plato fuerte llegó cuando alcanzó la orilla. En cuanto se dio la vuelta, se me quedaron los ojos como platos ante la visión de ese increíble culo. Uno de los mejores culos que había visto en persona. Era redondito, terso, firme, bien puesto... Y se notaba entrenado. Lo pude admirar perfectamente porque aquella mujer lucía un tanga negro que apenas le cubría.

Cuando salió definitivamente del agua, se tumbó en su toalla con otras dos mujeres, justo al lado nuestro. Avisé a mis amigos y las miramos disimuladamente. Eran tres mujeres muy atractivas. Y por eso, al cabo de un rato, mis amigos se animaron a decirles algo. Ellas también estaban de vacaciones en la playa, como nosotros. Desde el principio fueron muy simpáticas y en seguida entablamos amistad. El resto de la semana hicimos muchas cosas todos juntos. Quedábamos para ir a la playa, para ir a cenar, para salir por la noche... Con la que más hablaba yo era con la que había visto salir del mar el primer día. No solo era la más atractiva de las tres, sino que además era la más divertida. Era una crack, por eso la habíamos apodado Molona. Fue una sorpresa cuando me enteré de que tenía unos diez años más que yo. No los aparentaba para nada. Era una madurita muy bien cuidada. Bromeaba con ella sobre que era una MILF y ella se reía y decía sentirse orgullosa.

lunes, 27 de agosto de 2018

Followers



La preocupación por no llegar tarde a la cita me hizo llegar con bastante antelación al bar de copas donde habíamos quedado. Me pedí una cerveza, esperando que calmara un poco los nervios que invadían mi cuerpo. Me senté en una mesa para dos y esperé a mi cita entre sorbos de cerveza. El alcohol empezó a hacer efecto, me notaba más tranquilo. Saqué el móvil del bolsillo y me metí en Twitter para entretenerme mientras esperaba. Entre tuit y tuit apareció ella. La mujer con la que había quedado. Hacía unos minutos que había escrito: "Camino a mi cita. Qué ganas de conocerle... ¿Cómo creéis que acabará? Mañana os cuento." Todo ello acompañado del emoji de una carita insinuante.

Alice y yo nos conocimos en Twitter. En realidad, hasta ese día, solo nos habíamos relacionado virtualmente. Empecé a seguirla de casualidad, me gustaban sus tuits. Más tarde empezamos a interactuar y congeniamos en seguida. Poco a poco fuimos cogiendo confianza y la simpatía se convirtió en tonteo. El flirteo se intensificó cuando nos animamos a mandarnos una foto y ambos nos gustamos físicamente. Atracción, indirectas, fotos picantes, confesiones sexuales motivadas por la protección de estar a distancia y tras una pantalla... Sin embargo, todo quedaba ahí. El mayor "contacto sexual" entre nosotros había sido masturbarme con fotos picantes de Alice, que me había enviado con esa intención, junto al texto "Para cuando estés solo y aburrido". Irremediablemente, sondeamos varias veces la idea de conocernos en persona, pero no llegábamos a estar seguros de dar el paso. Tras mucho tiempo de interacción virtual, llegó el día en que concretamos una cita y nos dimos los números de teléfono.

El viaje de mi mente por los recuerdos de nuestra relación virtual se vio interrumpido de golpe cuando Alice entró por la puerta. Me iluminó de inmediato con su presencia. Estaba radiante. Me impresionó mucho más de lo que me esperaba. Su vestido negro le llegaba por encima de las rodillas y era tan ajustado que dibujaba perfectamente sus curvas. El vestido transparentaba ligeramente en la zona del pecho, creando un elegante escote. Su pelo rubio, largo y liso caía suelto por su espalda y por encima de los hombros. Su figura quedaba aun más realzada por los tacones que llevaba, negros, a juego con el vestido.

domingo, 13 de mayo de 2018

Náufragos



Día 726 en la isla. Esa semana se cumplían dos años desde que el barco de pesca de Jack se fuera a la deriva, condenándolo a naufragar en aquel lugar desconocido para él. Su profesión, pescador, y la ingente naturaleza de la isla, le habían proporcionado los alimentos necesarios para sobrevivir hasta entonces. Tras unos meses se percató de que aquel paraje era más "seguro" de lo que esperaba. El clima no era excesivamente intenso (la primera cabaña que se construyó aún aguantaba), no se había encontrado con ningún animal feroz y las picaduras recibidas no le habían causado demasiados estragos.

Aquel era un día caluroso, y como la mayoría de los días así, Jack paseaba por la costa de la isla. Caminaba sin prisa, disfrutando de las vistas, que era casi la única cosa buena de estar allí. Tras sobrepasar un espigón, caminó un poco más y sus pies se encontraron con algo inesperado. En la arena, frente al mar, había un coco. Un coco vacío. Todo indicaba que acababa de ser el alimento de alguien. El corazón de Jack dio un vuelco. Miró a un lado y al otro. Oteó los horizontes hasta que fijó su vista en un punto del mar. Allí, iluminada por el sol, una mujer desnuda se frotaba el cuerpo. Jack no supo cómo reaccionar ante aquella inesperada situación, así que se quedó quieto, esperando que ella le viera, mientras observaba cómo las olas del mar acariciaban su piel.

Poco después la mujer se encaminó hacia la orilla y no deparó en Jack hasta que hubo salido por completo del mar y levantó la mirada. Tuvo la misma reacción que había tenido él. Durante unos segundos ambos solo se miraron, estupefactos. Los dos estaban completamente desnudos. Jack hacía mucho tiempo que había dejado de usar taparrabos o cualquier otra prenda en los días calurosos, a excepción de unas sandalias improvisadas por precaución de lo que podía pisar. Sin embargo, había cosas más importantes como para que le dieran importancia a estar desnudos.

sábado, 17 de marzo de 2018

Sorpresa en la piscina



Eran las 3 de la mañana cuando llegué a mi chalet de las afueras. Buscaba escapar durante un fin de semana del bullicio de la ciudad, después de una temporada cargada de trabajo. Nada más cruzar la puerta me despojé de la chaqueta y puse rumbo a la cocina en busca de una cerveza. Me relamía pensando en una cerveza fresquita, sentado en el sofá y viendo una película tranquilamente sin que nadie me molestara. Sin embargo, un plan mejor se iba a presentar por sorpresa.

En cuanto llegué al final del pasillo que seguía al recibidor y me adentré en el salón, me sorprendieron un montón de luces. Mi primer instinto fue asustarme, ya que alguien había entrado en mi casa. Tras un par de segundos de confusión, me tranquilicé de golpe al darme cuenta de lo que eran esas luces en el suelo. Eran velas. Estaban puestas formando un camino. Tuve una idea bastante probable de lo que ocurría. Seguí el camino de velas y mis sospechas se confirmaron en cuanto me encontré con prendas de ropa tiradas por el suelo y las reconocí al instante. Eran de mi vecina, Eva. Me salió una sonrisa al pensar en la buena idea que había sido darle a ella la llave de repuesto.

Mientras seguía ese camino de velas, ya me iba imaginando lo que tramaba Eva. La conocía muy bien e intuía sus intenciones. Pasé junto a su camiseta roja tirada en el suelo. Luego, su minifalda tejana que tan bien le quedaba. Cuando me encontré con su tanga de hilo rojo no pude evitar parar y recogerlo. Aún estaba húmedo. Aspiré su olor. Fue suficiente para que mi miembro empezará a despertar y endurecerse. Lo último en el camino fue el sujetador de Eva, tirado en la terraza. También lo recogí. Me encantaba manosear la ropa interior de mi vecina. Fue entonces cuando vi una nota en la mesa de la terraza. "Coge el champán de la nevera, dos copas y baja a la piscina".

 Obediente, eso fue lo que hice.

Al llegar al final de las escaleras metálicas que llevaban a la piscina, al fin me encontré con Eva. Estaba en la escalera de la piscina, totalmente desnuda y el agua le llegaba por la cintura. La piscina estaba rodeada de velas, lo que le daba un toque sensual a la escena e iluminaba magníficamente el cuerpo de mi vecina preferida. Eva me lanzaba una mirada lasciva que habría hecho correrse a más de uno sin siquiera tocarle. Una mirada que expresaba todas las guarrerías que deseaba hacer. A mí me provocó una tremenda erección. Mi polla empujaba el pantalón y luchaba por salir. Ella lo notó, porque desvió su mirada a mi entrepierna y se relamió los labios. Sus pezones, duros, también me miraban.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El fetiche del jefe



Había nuevo jefe en la oficina, y aquel era su primer día. Dio un breve discurso ante los trabajadores y luego se refugió en su despacho a arreglar un papeleo pendiente. Todos siguieron con sus labores como cualquier otro día, pero Inma tenía una idea mejor. Quería tener el favor del jefe desde el principio, y para ello estaba dispuesta a recurrir a su cuerpo. El nuevo jefe era algo mayor, pero eso no suponía un problema para ella.

Inma se levantó de su puesto y fue al baño. Una vez allí, se arregló para ofrecer una imagen aún más sexy y atrevida. Se aplicó brillo en los labios y unas gotas de perfume. Se miró al espejo. Se soltó la coleta que se hacía normalmente para trabajar y se acomodó el largo pelo sin dejar de mirar su reflejo en el cristal. Estaba estupenda, y ella lo sabía. Sin embargo, también sabía cómo son los hombres, así que se hizo un par de retoques más. Se desabrochó un botón más de la camisa, dejando un pronunciado escote en el cual se podía ver ligeramente el sujetador. Finalmente, se levantó unos centímetros la falda ajustada que llevaba. Una última mirada al espejo y decidió que estaba lista.

Salió del baño, cogió unos papeles para disimular y fue directa al despacho del jefe, intentando pasar desapercibida entre la gente. Se fijó en que las persianas del despacho estaban ya cerradas, lo cual venía muy bien. Tocó a la puerta y enseguida oyó la voz del jefe diciéndole que pasara. Eso hizo. Se aseguró de cerrar bien la puerta detrás de ella. Al entrar, Inma notó la mirada del nuevo jefe clavada en su cuerpo. Mirada que enseguida trató de disimular.
 - Hola, soy Inma.
 - Hola Inma, ¿en qué puedo ayudarte?
Inma cogió la silla que había delante del escritorio del despacho, destinada a la gente que venía a hablar con el jefe, y la movió para sentarse junto a él, sin mesa de por medio. Al jefe no pareció importarle.
 - Solo quería darle la bienvenida.
 - Ah, gracias, muy amable. Estoy encantado de estar aquí y espero llevarme bien con todos vosotros.
Mientras hablaba, Inma aprovechó para descalzarse disimuladamente, quedando sus pies cubiertos únicamente por las medias que llevaba y que subían hasta sus muslos.
 - También quiero decirle que estoy aquí para lo que necesite.
 - Gracias, otra vez. - Dijo el jefe con una sonrisa.
Inma rozó suavemente el tobillo de su jefe con su pie descalzo. Esto sorprendió al jefe, cuya única respuesta fue mirar para abajo y luego a Inma. Ella subió lentamente el pie, acariciando cada centímetro de la pierna del hombre, y mirándole fijamente a los ojos al tiempo que se mordía el labio inferior. Llegó a la altura de la entrepierna y, sin ninguna vergüenza, le acarició el paquete con el pie.
 - Para lo que necesite... - Repitió en ese momento Inma, ahora con un tono mucho más sensual.
Ahora, la sonrisa de agradecimiento del jefe había cambiado por una tensa expresión de nervios.

domingo, 13 de noviembre de 2016

Un gran día



Lara pasó las manos por sus pechos, acariciándolos. Le encanta acariciarse los pechos nada más despertarse. Estaba completamente desnuda en la cama. Su ropa interior estaba tirada por el suelo. Se giró en la cama y observó al hombre que yacía junto a ella. El hombre con el que había ligado la noche anterior. Metió la mano bajo las sábanas y acarició su cuerpo, también desnudo. Miró el reloj y comprobó que iba bien de tiempo. Se metió bajo las sábanas y bajó hasta colocarse entre las piernas del hombre. Lamió su polla flácida y sus huevos depilados. No tardó en meterse el miembro en la boca. Le encanta notar una polla endurecerse en su boca. Una vez dura, se ayudó con sus manos para hacer una buena mamada. Se dio cuenta de que el hombre ya había despertado porque sus manos acariciaron la cabeza de Lara.
 - Joder, es increíble lo bien que la chupas... - Fue lo primero que dijo el hombre al despertar.
A Lara le gustaba que le dijeran cosas así. Se sentía orgullosa y al mismo tiempo le ponía cachonda. Siguió chupando hasta que el hombre descargó en su boca.

Al salir de la ducha el hombre seguía tirado en la cama. Lara se vistió y cogió sus cosas.
 - Tengo que ir a trabajar. Puedes ducharte aquí si quieres.
Y dicho esto salió por la puerta.

Lara trabaja de secretaria en una oficina. Aquella estaba siendo una mañana muy tranquila. Abrió Twitter en su móvil y pasó un rato viendo los gifs porno que aparecían en su timeline. Cuando se dio cuenta, tenía una mano acariciándose el muslo, el cual estaba muy caliente. Dejó el móvil y revisó la agenda. Tras ello se dirigió al despacho de su jefe.
 - No tiene nada en la agenda hasta la hora de comer, señor.
El jefe dejó lo que estaba haciendo y miró a Lara. Sabía de sobra lo que ella insinuaba.
 - ¿Y qué se te ocurre?
Sin mediar más palabras, Lara se acercó a su jefe. Se arrodilló, le desabrochó el pantalón, sacó su miembro y se lo metió en la boca. Se la chupó hasta que la tuvo bien dura. Fue el jefe quien interrumpió la felación, apartó los papeles de su mesa e inclinó a Lara sobre ella. Le levantó la falda ajustada y le bajó el tanga hasta las rodillas. Ella abrió las piernas invitando al disfrute. En seguida notó la dura y gran polla de su jefe entrar en su interior. Agarrándola por la cintura, la penetraba con rabia. Cada embestida hacía temblar toda la mesa y hacía gozar a Lara. Él disfrutaba del poder de someter a su secretaria. Lara disfrutaba de la sumisión de ser usada para el placer. De vez en cuando recibía algún azote de su jefe, que alimentaba de esa manera su posición de superioridad. Ella, encantada, le ponen caliente unos buenos azotes. La gota que casi colma el vaso fue cuando le introdujo un dedo por el culo. Aún no disfrutaba plenamente del sexo anal, pero un dedo estimulándole esa zona le excitaba sobremanera. Estuvo muy cerca de correrse, pero las penetraciones se interrumpieron y notó el semen caliente caerle en la nalga. Se lo limpió y volvió al trabajo.

miércoles, 27 de julio de 2016

Calentón en la playa nudista



Mi amiga Lorena y yo dejamos las toallas y demás cosas en el maletero y nos subimos al coche rumbo a la playa. No era la primera vez que nos íbamos los dos a la playa, a ambos nos gustaba disfrutar de la arena y del mar. Cuando llegamos al punto de la carretera en el que habitualmente nos desviábamos hacia la costa, se nos ocurrió cambiar por una vez. Por ello condujimos un poco más esperando encontrar un trozo de playa que no conociéramos y que, con suerte, no estuviera muy lleno de gente. Tras unos kilómetros, vimos unos coches aparcados y decidimos probar suerte allí. Dejamos el coche junto a los demás, cogimos nuestras cosas y nos encaminamos por un camino de madera que se adentraba en la playa.

Cuando ya casi podíamos tocar el mar con la punta de nuestros dedos, un cartel se impuso en nuestro camino. Un cartel que a los dos nos pilló por sorpresa. Un cartel en el que estaba escrito "Playa nudista", acompañado por un par de símbolos tachados que advertían de la prohibición de acceder con ropa y de hacer fotografías. Lorena y yo nos miramos riendo. Sin embargo, la risa fue disolviéndose y empezamos a planteárnoslo en serio. Podría ser un poco incómodo al principio pero prometía ser divertido.
 - ¿Vamos? - Me atreví yo, acompañando la pregunta con un gesto con la cabeza.
 - ¿En serio?
En un abrir y cerrar de ojos estaba guardando mi bañador en la bolsa, y Lorena hacia lo mismo con su bikini. Completamente desnudos, ambos nos adentramos en la playa.

Caminamos un rato hasta decidir dónde colocarnos. Durante ese tiempo, actué con la mayor naturalidad que pude, pero no podía evitar mirar a nuestro alrededor de vez en cuando. Había de todo. Desde señoras mayores sin una pizca de vergüenza hasta mujeres jóvenes con cuerpos bonitos exhibiéndolos bajo el sol. Y por supuesto había tanto hombres como mujeres. Una vez colocadas las toallas, nos tumbamos en ellas para tomar un poco el sol antes de bañarnos en el mar, como habitualmente hacíamos. Las marcas del bañador y el bikini en nuestra piel desvelaba que éramos novatos en el nudismo. Hasta entonces había evitado mirar mucho a Lorena para no sentirnos incómodos, pero cuando nos pusimos crema comencé las miradas disimuladas. Era muy erótico observar cómo se tocaba todo el cuerpo, untándolo de crema. Sus tetas, su vientre, sus largas piernas... Todo embadurnado de crema. Sus pechos no eran muy grandes pero sí bonitos y bien puestos, algo que ya había imaginado después de verla tantas veces en bikini. Su entrepierna lucía un vello púbico muy corto, que de hecho le quedaba bien. Mi amiga Lorena era una mujer muy atractiva, y más de una vez había deseado ver su cuerpo desnudo. Me costó mucho aguantar sin tener una erección, y aún más cuando nos pusimos crema en la espalda el uno al otro.

lunes, 20 de junio de 2016

Compañeros de oficina



Era un día frío en la calle pero en la oficina se estaba estupendamente. No solo la calefacción hacía su efecto, sino que también mi compañera de trabajo, Claire, contribuía a caldear aún más el ambiente luciendo uno de sus habituales escotes. Los pechos de Claire habían sido más de una vez tema de conversación entre los compañeros. Tenía unas tetas realmente grandes. Obviamente estaba orgullosa de ellas porque casi siempre venía a trabajar con escotazo, y ello hacía que fuera realmente difícil concentrarse en el trabajo cuando estaba cerca.

Ese día Claire vestía una blusa gris de botones y con puntitos blancos. Todos los botones abrochados excepto el último, lo cual generaba el bonito escote que a todos nos gustaba. Sobre la blusa, una americana negra. También llevaba una falda negra y elegante a la par que corta. Y unas medias negras iban desde debajo de la falda hasta los tacones, también negros. Colores oscuros, que le daban elegancia al estar trabajando, pero prendas cortas, que le daban un toque picante.

Llegó la hora de comer, pero yo me quedé en mi mesa porque tenía que acabar algunos asuntos. Estaba con la mirada fija en la pantalla del ordenador, enfrascado en mis tareas. Noté la vibración del móvil en mi bolsillo. Lo saqué y vi que era un mensaje de Claire. La verdad es que me extrañó, no teníamos mucha relación como para enviarnos mensajes. Supuse que estaría relacionado con el trabajo. Mi sorpresa fue cuando, al abrir el mensaje, vi que incluía una foto. En la foto aparecía Claire con la blusa desabrochada, el sujetador bajado y los pechos al descubierto. En aquella bonita instantánea, sus dos grandes tetas me saludaban. Cuántas veces la había desnudado con la mente... Y por fin veía sus pechos. La foto estaba hecha en lo que parecía el baño de mujeres de la oficina, y mi compañera de trabajo me sonreía con una expresión que invitaba a algo más que un poco de exhibicionismo. El texto del mensaje decía: "Si quieres ver más, ahora te toca a ti..."