Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí. Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso). Gracias.
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domingo, 10 de marzo de 2024

La pelirroja de la curva


Tímidas gotas de lluvia caían sobre el parabrisas del 4x4 que conducía Sandro por las sinuosas carreteras de la montaña. Andrés, de copiloto, hacía scroll en la pantalla de su móvil buscando las próximas canciones que añadir a la lista de reproducción y que sonaban a todo volumen en el interior del coche. En los asientos traseros, Fran y Nico estaban enfrascados en un duro debate futbolístico, interrumpido ocasionalmente por alguna letra de canción que se sabían y no podían dejar pasar sin cantarla a gritos. 
 - Eh, mirad. - Dijo el conductor.
Sandro levantó la mirada del teléfono y entrecerró los ojos para fijar su mirada en la lejanía. Distinguió a lo lejos, en la siguiente curva, la silueta de una mujer.
 - ¿Es una tía?
Fran y Nico se asomaron desde atrás.
 - Sí, ¿no? - Dijo el primero.
Sandro fue reduciendo la velocidad conforme se acercaban a la curva.
 - Está haciendo dedo. - Consiguió distinguir Nico. - ¿La recogemos?
 - ¿En serio? - Preguntó incómodo Sandro. - Me da cosa, eh... No me mola recoger gente.
Cuando se acercaron los suficiente a la curva, se dieron cuenta de que la chica apenas llevaba ropa.
 - ¡Coño! ¡Va medio en bolas! - Exclamó de nuevo Nico.
 - Uf, y está buena, eh. - Añadió Andrés.
No hicieron falta más argumentos para convencer a Sandro.
 - La recogemos. - Sentenció.

Cuando llegaron a la curva, detuvieron el coche junto a la chica y Andrés bajó el volumen de la música. Los cuatro amigos la miraron de arriba abajo mientras se bajaba la ventanilla del copiloto. Era una pelirroja guapísima que vestía únicamente un bodi de rejilla, el cual dejaba ver un sujetador negro a través de él, y cuya parte baja era a modo de tanga. Lucía dos largas trenzas que le daban un aspecto inocente, pero no hacía el mínimo amago de taparse pese a ir medio desnuda. En cuanto empezó a hablar, también se percataron de un metálico piercing alojado en su lengua.
 - ¡Hola! - Saludó con una sonrisa.
 - ¡Hola! - Respondió Nico, entusiasmado, desde los asientos de detrás.
 - ¿Qué...? - Comenzó a preguntar Andrés, pero no supo cómo formular su pregunta.
Ella entendió de inmediato las dudas.
 - ¡Ah! Es que tengo una suerte... He venido a bañarme al río que hay por aquí y una ráfaga de viento se ha llevado casi toda mi ropa. Ha caído en el río y se la ha llevado la corriente. Así que, solo me ha quedado esto...
Separó los brazos y mostró su cuerpo apenas cubierto. Los cuatro amigos tragaron saliva al mismo tiempo.
 - ¿Os importaría acercarme a mi casa? Normalmente voy andando, pero está anocheciendo, empezando a llover…
Tras unos segundos de silencio, Nico abrió la puerta de atrás.
 - ¡Por supuesto! - Dijo mientras salía del coche para cederle el paso. - ¿Pero te importa ir en medio?
 - Para nada. No será la primera vez que esté entre dos hombres... - Rio jovialmente tras decir eso.
Una broma quizá inocente, o quizá no. Nico eligió penar mal y sonrió. No desaprovechó la oportunidad de mirarle el culo descaradamente mientras ella subía al coche. Luego subió él y se apretujaron junto a Fran.
 - ¡Muchas gracias! - Exclamó ella con alegría. - Soy Laura, por cierto.
Los chicos se presentaron diciendo cada uno su nombre. Sandro puso el coche en movimiento de nuevo y retomaron la carretera.
 - ¿Cómo es que has venido sola? - Preguntó Fran.
 - No necesito estar acompañada para disfrutar de un baño en el río. Aunque reconozco que alguna vez he venido acompañada, jaja...
Sandro y Andrés se miraron con una medio sonrisa ante la obvia connotación sexual de aquella afirmación.
 - Siempre voy andando, pero esta vez he tenido la suerte de quedarme casi sin ropa cuando se acerca una tormenta.
Sandro tomó una curva un poco más rápido de lo que debería y los tres que iban detrás se apretujaron contra el lado de Fran. Laura reaccionó apoyando la mano en el muslo de Fran para sujetarse, casi en su entrepierna. Nico no hizo demasiado esfuerzo por evitar que su cuerpo se pegara al de ella.
 - Perdón... - Se disculpó el conductor.
 - No importa. - Respondió ella. - No me importa un poco de roce, jaja.
Las risas, indirectas y dobles sentidos continuaron durante el resto del trayecto hasta la casa de la chica. Ella les seguía el juego de las insinuaciones sin ningún reparo.

Obedeciendo sus indicaciones, llegaron a una gran cabaña de madera en mitad del bosque. Los chicos miraron la casa extrañados desde dentro del coche. Tenía un aspecto descuidado, lo cual la hacía parecer abandonada. Para entonces ya llovía a cantaros.
 - ¿Queréis pasar a tomar algo? Es peligroso conducir con esta lluvia. Os invito a unas cervezas mientras esperamos a que pare un poco, como agradecimiento por traerme. 
Sandro dudó. No le convencía la idea, pero era cierto que llovía demasiado. Nico fue más rápido.
 - ¡Claro! ¿Quién dice que no a una cerveza?
Sandro le miró con desaprobación.
 - ¿Has visto cómo llueve? - Argumentó Nico. - Mejor hacemos algo de tiempo a ver si para un poco o podemos tener una desgracia en la carretera.
Los cinco caminaron con paso rápido desde el coche hasta la entrada, pues para entonces la lluvia ya era muy intensa.
 - Quieres entrar por la lluvia y no por ese culo que no paras de mirar, ¿verdad? - Susurró Sandro a Nico lejos del alcance de Laura.
 - Pero tío, ¿por quién me tomas? - Respondió en tono burlón, para luego hacer gestos obscenos como si azotara con la mano un culo invisible.
La casa, que de fuera parecía abandonada, por dentro era todo lo contrario. Ordenada, cuidada y acogedora, pese a su gran tamaño. Laura fue directa a la cocina y volvió con unos tercios de cerveza.
 - Aquí tenéis. Yo voy a cambiarme y vuelvo enseguida.
Los cuatro agradecieron la bebida y se sentaron en los sofás, mientras ella subía por unas escaleras al piso de arriba.
 - Joder, está cachonda la pelirroja, ¿eh? - Comentó Andrés.
 - Cachondo me tiene a mí, la cabrona... - Confesó Nico, mordiéndose el labio. - Menudo culo...
 - Y quiere rabo, pero vamos... Si ha metido mano a Fran en el coche, jajaja.
 - Ha sido sin querer... - Se limitó a decir Fran, quitando hierro al asunto.
Si Nico era el más extrovertido, lanzado y bocazas, Fran era todo lo contrario. Él era tímido, callado y respetuoso. Nico era deportista, corpulento y musculoso, mientras que Fran era pequeño y más bien enclenque. Sandro y Andrés se movían en el término medio, pero mientras el primero era el más responsable del grupo, el segundo era el más descuidado y confiado.
 - ¿Y el piercing de la lengua qué? - Insistió Nico.
 - Eso tengo que probarlo… - Siguió Andrés, coronando su intervención con exagerados gestos de una felación al aire.
 - Pues ponte a la cola. Cuando acabé conmigo es toda tuya…
 - Igual quiere con los cuatro a la vez. Las de aspecto inocente luego son las peores.
 - ¡Bukkake! - Exclamó Nico, quizá un poco más alto de lo que debería.
Los cuatro rieron. Se hizo el silencio de golpe en cuanto se oyeron los pasos de Laura bajando las escaleras.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Call Girl of Cthulhu


Entre los frondosos árboles del bosque paseaba una risueña joven de pelo rojizo. Caminaba parsimoniosamente, admirando la belleza que le rodeaba. Iba equipada con su mochila y sus botas de montaña. Era un día caluroso, así que vestía lo justo: unos vaqueros cortos y una camiseta de tirantes de Iron Maiden. Respiraba hondo el oxigenado aire sin contaminar, al tiempo que disfrutaba de su absoluta soledad. Valioso tiempo para poner en orden las ideas y los pensamientos.

Su paz fue perturbada por un animalillo que cruzó el camino como un rayo. La joven lo vio trepando a un árbol. Era una ardilla. Detuvo su paseo momentáneamente para observar a la criatura. Preciosa. Le recordó algo. Sacó el móvil del bolsillo, desactivó el Modo Avión que había puesto para que no le molestaran e inició una app. El logo de Pokémon GO apareció en la pantalla. Continuó su paseo, pero ahora fijándose en las criaturas que aparecían en el juego, y parándose de vez en cuando a capturarlas virtualmente. Caminó distraídamente hasta que, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba. Estaba anocheciendo, y el camino ya no se veía tan claramente. Dio la vuelta con la idea de regresar, pero entonces vio algo a lo lejos que captó su atención. En la semioscuridad que ofrecía la reciente puesta de sol, alcanzó a divisar un color cálido entre las copas de unos árboles. Parecía una hoguera. Decidió investigarlo. Conforme se iba acercando, empezó a oír ruidos, cada vez más altos. Cuando estuvo suficientemente cerca, descubrió que esos ruidos eran voces, pero no lograba entender lo que decían. Tuvo que salirse del camino y colarse entre árboles y arbustos para llegar al lugar misterioso. Llegó al borde de un claro, donde se acababan los árboles. Vio las sombras de un montón de gente. Se ocultó tras el último árbol antes del claro para observar.

Se distinguía una multitud de gente moviéndose alrededor de una gran hoguera. Llevaban ropas holgadas; de lejos le parecieron túnicas. El lugar estaba lleno de símbolos raros, con formas y caracteres que no había visto jamás. La multitud clamaba al unísono unos gritos ininteligibles. Parecía una especia de culto. Dirigían sus plegarias hacia una estatua gigantesco. Así como el resto de los símbolos estaban tallados en madera, ésta era una figura en piedra, y de un tamaño descomunal. La forma era la de un monstruoso pulpo de aspecto antropomórfico, cuyo rostro era una masa de tentáculos. Tenía largas garras en manos y pies, y descansaba sentado sobre un pedestal, con una mirada maligna. A la joven le dio un escalofrío.

De repente, el sonido de una rama aplastada la hizo girarse y se sobresaltó al encontrarse de frente con un hombre. Efectivamente, vestía una túnica larga. Se miraron el uno al otro durante unos segundos. Luego, el hombre le tendió la mano. Ella dudó en un primer momento, pero le pudo la curiosidad. El hombre arrastró a la joven de la mano hasta donde estaba la multitud brincando y gritando.
- ¡Licki! – Pronunció cuando golpeó con el dedo el pecho de la joven.
- ¿Yo?
La respuesta del hombre fue inesperada para ella. Sin previo aviso, le cogió de los tirantes de la camiseta e intentó bajárselos. Ella le detuvo con las manos.
- ¡Eh, eh! – Se quejó.
El hombre se detuvo. En lugar de insistir, se quitó su túnica y quedó completamente desnudo delante de ella. A la joven, o Licki, como acababan de bautizarla, se le fueron los ojos a su entrepierna. Le entró una ligera calentura al ver el tamaño de su miembro. Se percató entonces de que el resto de gente a su alrededor también se estaban quitando sus túnicas y quedándose en total desnudez. En otra situación se habría puesto nerviosa, pero había algo flotando en el ambiente que la calmaba. Era un olor que emanaba de la hoguera, y que hacía que Licki se relajase. Su mente le pedía dejarse llevar, y su cuerpo finalmente accedió. Licki bajó las manos que seguían sujetando su camiseta.

domingo, 4 de septiembre de 2022

Una novia bien entrenada



La noche empezó con mi amigo Luis y yo tomando una copa en la terraza de un pub, mientras esperábamos a que llegara Mario. Habíamos llegado un poco antes de la hora acordada y habíamos aprovechado para pedir la primera bebida de la noche. A las once y media de la noche llegó puntualmente el que faltaba, pero no esperábamos que llegase acompañado. Nos saludó alegremente con un abrazo a cada uno. Luego se giró hacia su acompañante.
 - ¿Os acordáis de Silvia?
 - Claro. Hola, Silvia. - Respondí yo, dándole dos besos educadamente.
Y tanto que nos acordábamos de Silvia. Era la tremendamente sexy e increíblemente guapa novia de nuestro amigo Mario. Nos alucinó desde que la conocimos. Aquella noche llevaba un top rosa y negro cortito, que le dejaba el ombligo a la vista, y con mucho escote. También vestía una minifalda negra y tacones. El pelo castaño y liso le caía por la espalda. Sus labios pintados de rojo nos derritieron tanto a Luis como a mí en cuanto nos sonrió.

Tras pedir unas copas para ellos, se sentaron con nosotros. Yo intentaba prestar atención a las novedades que nos contaba Mario, pero mi atención se desviaba continuamente al escote de su novia Silvia. Tenía unos pechos muy grandes y bien puestos, y los lucía descaradamente. Yo daba tragos ocasionales a mi ron-cola y asentía disimuladamente, haciendo esfuerzos por distraer mi mirada de aquella diosa. Creo que a Luis le pasaba exactamente lo mismo. Sin casi darnos cuenta, ambos nos acabamos la bebida.
 - Vaya ritmo lleváis, eh. - Bromeó Mario. - Tendremos que ponernos al dia, ¿no, cariño?
 - Qué remedio... - Respondió ella, sonriente.
Se acabaron lo poco que quedaba de sus copas de un trago y, en seguida, Mario se giró hacia el camarero y le pidió otra ronda. La situación mejoraba cuando éramos Luis o yo los que hablábamos, centrándonos en nuestra charla o en escuchar al otro. Sin embargo, volvió a complicarse cuando Silvia nos contó sobre su trabajo de monitora de gimnasio. Pese a que sus ojos verdes eran preciosos, mi mirada caía hacia su escote una y otra vez. Me dio la sensación de que se dio cuenta en un par de ocasiones, pero debía de estar acostumbrada a ello pues ni se inmutó.

Ya llevábamos unas cuantas copas encima cada uno cuando a Silvia le apeteció entrar al pub a bailar.
 - ¡Ya vale con estar aquí sentados! Vamos a movernos un poquito, ¿no?
Me dedicó una mirada mientras decía eso que me provocaron toda clase de pensamientos sucios. A los tres nos pareció bien, así que pagamos las consumiciones y nos metimos dentro del local. En cuanto se escuchó la música, Silvia empezó a moverse sensualmente. La pista de baile estaba abarrotada. Nos abrimos paso como pudimos y nos quedamos en el primer hueco habitable que encontramos. Mario agarró a su novia y se pusieron a bailar. Luis y yo también bailábamos. El nivel de alcohol en sangre era el adecuado para no sentir vergüenza ninguna. De vez en cuando, Silvia se arrimaba para bailar conmigo. La música que sonaba incitaba a bailar muy pegados, pero Silvia no parecía tener problema con ello. Pegaba su culo a mí y lo restregaba por mi paquete al ritmo de la música. A Mario tampoco parecía importarle, pues nos veía claramente y se limitaba a sonreír. Eso me relajó, así que yo también comencé a pegarme a ella. Silvia también bailaba con Luis, que puso la misma expresión incómoda que yo al principio, hasta que se soltó. Así, Silvia iba de uno a otro bailando con todos.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Encuentro en el tren nocturno



A mis casi cuarenta años, soy un amante desaprovechado. Mi mujer, con la que llevo casado diez años, no se anima a nada más que la habitual postura del misionero. En mi mente ebullen ideas que nunca consigo llevar a cabo. O casi nunca.

Odio los viajes de trabajo. Siempre viajo solo y en tren, lo que se traduce en largas horas de trayecto en soledad, todo porque le sale más barato a mi compañía que enviarme en avión. Además, en ocasiones la vuelta a casa es a horas intempestivas. Sin embargo, cuando me toca viajar en un tren nocturno, hay una rutina que suelo repetir. Sobre las dos de la madrugada, me doy un paseo por los vacíos pasillos del tren, mientras los pasajeros duermen en sus compartimentos. Y esto lo hago desde que viví una experiencia única en uno de esos trenes nocturnos.

Habían sido un par de días horrorosos de trabajo en París, y encima aún tenía que rematar la faena escribiendo unos cuantos informes durante el viaje de vuelta. Se me hicieron las tantas trabajando en silencio en mi compartimento. Eran en torno a las dos de la madrugada cuando por fin terminé. Decidí hacer una visita al vagón restaurante para beber algo caliente antes de dormir. Caminé en silencio por el pasillo de uno y otro vagón, procurando no despertar a nadie. Cuando llegué al tercer vagón que debía cruzar, antes de abrir la puerta, me asomé por la pequeña ventana cuadrada y vi una silueta en la oscuridad.

Pegué mi cara al cristal y entrecerré los ojos para enfocar la vista. Sin duda era una mujer, inclinada hacia delante, mirando por la ventanilla. Por la silueta, era una mujer con buen cuerpo. Tenía el culo levantado, y me di cuenta de que lo movía lentamente, sensualmente. Las nubes se apartaron, dejando que la luz de la luna llena incidiera sobre el tren sin obstáculos. Gracias a eso pude ver bien a aquella mujer. Parecía algo más joven que yo, era sexy, guapa y vestía elegantemente. Iba maquillada y peinada como si estuviera en algún exclusivo evento. Mi mirada volvió a su culo, el cual seguía moviendo, y me llevé la increíble sorpresa de ver directamente su sexo al descubierto. No llevaba bragas y su estrecha falda era excesivamente corta. Su bonito coño relucía a la luz de la luna.

En ese momento, mi instinto más básico se apoderó de mí. Abrí la puerta despacio, sin hacer ruido, y una vez dentro del vagón de la mujer, caminé hacia ella con decisión, sin titubeos. Me coloqué detrás de ella y, sin siquiera dirigirle una sola palabra, comencé a acariciar su cuerpo. En el reflejo de la ventanilla divisé que se le dibujaba una sonrisa en el rostro. Motivado por ello, mis manos masajearon sus pechos, agarraron sus nalgas, recorrieron sus largas piernas vestidas con medias de rejilla… Pegué mi cuerpo al suyo para llegar a besarle el cuello, con lo que mi miembro se apretó contra su culo. Me embriagó su delicioso perfume, provocándome aún más excitación lo bien que olía. Al tocarla, noté que tampoco llevaba sujetador, así que mis manos no dudaron en colarse por dentro de su ropa para palpar bien sus senos y sus duros pezones. Mientras besaba su cuello y manoseaba su cuerpo, mi miembro fue endureciéndose en mi pantalón. Ella debió notarlo, pues tragó saliva y, acto seguido, meneó el culito rozándolo contra mi entrepierna.

Cuando mi polla alcanzó su máximo tamaño y dureza, mi cuerpo me pidió pasar al siguiente nivel. Bajé la cremallera del pantalón de mi traje, pues aún llevaba la vestimenta de trabajo. Dejó caer algo de saliva en mi mano y embadurno mi miembro con ella. Frotó mi glande contra el coñito de aquella mujer, el cual ya estaba chorreando. Sin embargo, apunté un poco más arriba y la clavé directamente en su culo. Con un golpe duro, seco y profundo, mi polla invadió el culo de aquella desconocida hasta que mis huevos golpearon su coño. Un excitante gemido se escapó de su boca. Un gemido de sorpresa y placer.

Mientras el resto de los pasajeros dormían, en el pasillo de aquel vagón, mi enorme polla se abría paso una y otra vez en el interior del culo de aquella preciosa desconocida. Su estrecho agujero era una delicia para mí. Los tacones que llevaba le elevaban el culo a la altura perfecta, así que yo solo la agarraba de la cintura y la embestía una y otra vez. Reprimíamos nuestros gemidos como podíamos, para no despertar a nadie, pero yo no me cortaba con mis movimientos. Estaba entregado plenamente a follármela a destajo, sin descanso y sin miramientos. Mis penetraciones eran continuas y rápidas, pero de vez en cuando me gustaba bajar el ritmo para propinar algún golpe duro y seco. Apoyar mi glande en la entrada de su culo y empujar con todas mis fuerzas hasta el fondo. Su culo me pertenecía en aquel momento.

No sé cuánto tiempo estuve dándole desde atrás en aquel vagón, pero en ningún momento ella se giró para mirarme. Miraba por la ventanilla y se dejaba hacer. Yo ni siquiera le dirigí la palabra. Sabíamos lo que queríamos y nos limitábamos a ello. Y así estuvimos hasta que no aguanté más. Hundí mi miembro todo lo que pude en su interior y me corrí abundantemente dentro de su culo. Descargué en ella toda mi corrida, hasta la última gota, mientras ella tensaba el cuerpo y respiraba forzadamente. Al acabar, saqué mi polla, me la volví a meter en el pantalón y continué mi camino hacia el vagón restaurante, dejando a la mujer inmóvil y jadeando en aquel vagón.

No volví a ver a esa mujer en ese viaje ni en ningún otro. O quizá sí, pues no creo que la reconociese. Cuando ocurrió aquello, el vagón estaba oscuro y en ningún momento nos miramos a la cara. Sin embargo, desde entonces, en cada tren nocturno en el que voy o vuelvo de París, siempre me paseo por los vagones hacia las dos de la madrugada, buscando de nuevo a una mujer esperándome mientras mira por la ventanilla y menea el culo.



Este relato está inspirado en "El tren y mi túnel", de mi amiga Candela, y está dedicado a ella.
Podéis leer su relato aquí: El tren y mi túnel


domingo, 21 de marzo de 2021

Amor libre


La música sonaba a todo volumen en aquel parque a las afueras de la ciudad. Jóvenes y no tan jóvenes se divertíamos despreocupadamente bajo el brillante sol de verano. Mi única motivación ese día era disfrutar del increíble concierto al aire libre. Y eso hice durante un buen rato. Sin embargo, inesperadamente, alguien se cruzó en mi camino y la música pasó a segundo plano. Ese alguien se llamaba Gina. Mi mirada cazó furtivamente a una preciosa chica que saltaba y cantaba entre la multitud. Solo la vi durante un momento, porque enseguida desapareció entre el follón, pero me había impresionado su belleza. La perdí de vista y, tras buscarla un poco sin éxito, decidí volver a prestarle atención al grupo que tocaba en el escenario.

Acabado el concierto, cuando la música dejó de invadir mi mente, la imagen de aquella chica volvió a invadirla. Me giré hacia donde la había visto y, sorpresa, allí estaba otra vez. La miré embobado. Su aspecto era de ser afroamericana, al menos de origen. Tenía una bonita piel color chocolate y el pelo negro rizado. Vestía poca ropa, debido al caluroso verano que vivíamos. Sandalias, unos shorts vaqueros y un top blanco que dejaba al aire su ombligo decorado con un piercing. No sé durante cuánto tiempo la estuve mirando, pero fue el suficiente como para que a ella le diera tiempo a darse cuenta y me mirara también a mí. Al verme me sonrió. Me quedé prendado de su sonrisa perfectamente blanca y radiante. También de sus ojos oscuros y penetrantes. Hasta del piercing de aro que tenía en la nariz. Todo en ella me gustaba. Yo sonreí también. Y ese cruce de sonrisas fue el impulso que necesité para animarme a hablar con ella. Estuvimos un rato hablando animadamente. Descubrí, entre otras cosas, que se llamaba Gina, que tenía veintitantos años y que, en efecto, era de ascendencia afroamericana. La verdad es que conectamos bastante. A ella se le notaba a gusto hablando conmigo. Todo iba muy bien, pero entonces se torció. Llegó un grupo de gente que parecía conocerla para, desafortunadamente para mí, decirle que ya había que irse. Se me cayó el mundo al suelo. A Gina también se le torció el gesto. Sin embargo, antes de irse, sacó un boli del bolso y me escribió algo en la mano. Me dio un arrebato de alegría. Tras despedirnos, miré mi mano. Donde creía que me habría apuntado su teléfono, en realidad había algo mucho mejor: su dirección.

Recuerdo que estuve algo ocupado durante la semana siguiente, pero cada dos por tres Gina aparecía en mis pensamientos. No tenía su teléfono para hablar con ella y saber cuándo le venía bien que fuera a verla, así que entre eso y mis propias ocupaciones decidí esperar al fin de semana. El viernes, en cuanto acabé de comer, me subí al coche y me dirigí a la dirección que me había dado. El GPS me guio hasta un lugar a las afueras de la ciudad, algo apartado del mundo. Cuando llegué a mi destino me encontré en la entrada a lo que parecía un campamento en el bosque. Extrañado, aparqué el coche y me interné en ese lugar. Pregunté por Gina a la primera persona que me crucé. Afortunadamente la conocía y me dio indicaciones muy amablemente.
 - ¡Claro! Mira. Ve por ese camino. Cuando llegues a la señal gira a la izquierda. La quinta cabaña es la de Gina.
 - ¿Cabaña?
 - Eso es.
 - ¿Vive en una cabaña?
 - Aquí todos vivimos en cabañas. - Me contestó riendo.
 - Ah, vale. Muchas gracias.
Tras ese primer descubrimiento, me encaminé según las indicaciones que me había dado. No ponía nada en las cabañas así que me aseguré de contar bien. Me planté en la puerta de la quinta cabaña y di unos golpecitos en la puerta.
 - ¡Pasa! - Se oyó la voz de Gina.
Con el subidón que me dio oír que era ella, abrí la puerta y me adentré en la cabaña con determinación. Lo que no me esperaba era encontrarme a Gina casi desnuda, con solo unas braguitas puestas. Me giré de golpe, avergonzado.
 - ¡Perdón! ¡Perdón! Me has dicho que pasara...
 - ¡Eh! ¡Eres tú! - Exclamó ella con alegría y sin un ápice de vergüenza.
Al ver que seguí evitando mirarla, lo cual hacía por respeto y no por falta de ganas, se acercó a mí con naturalidad.
 - Oh, vamos, Juan. Solo es un cuerpo. Con el calor que hace no apetece cubrirse mucho, jajaja.
Me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Cuando nuestros cuerpos se separaron no pude evitar la tentación de mirar su bonito cuerpo. Se me aceleró el pulso al ver sus grandes pechos turgentes con pequeños pezones oscuros. Ella pareció notarlo.
 - Si tanto te incomoda voy a vestirme...
Observé en silencio cómo se cubría los pechos con una camiseta rosa holgada que dejaba a la vista un hombro y el ombligo. Luego se puso unos shorts como los que llevaba en el concierto.
 - ¿Mejor?
 - En realidad no, jajaja. - Bromeé.
 - ¡Jajaja! ¿Qué tal? ¡Bienvenido a nuestro campamento!
 - No conocía a nadie que viviera en un campamento así, pero tiene buena pinta.
 - ¡Es genial! Y llegas justo a tiempo porque esta tarde vamos a ir al lago con unas cervezas. ¿Te apuntas?
 - ¡Claro!

viernes, 18 de diciembre de 2020

Eróticos secretos del servicio



Con un caro bolso colgando de un brazo y un largo y fino cigarro en la mano, la señora caminaba por la casa camino a la salida. La sirvienta le pisaba los talones, cargando sus bolsas. Salieron al porche, donde el mayordomo estaba metiendo unas maletas en el maletero del inmenso coche aparcado en la entrada. La sirvienta dejó las bolsas junto a la maleta que quedaba por cargar.
 - Ya está todo. - Dijo la señora.
"Menos mal..." pensaron al mismo tiempo la sirvienta y el mayordomo.
 - Pues vámonos. - Contestó su marido, que esperaba apoyado en el costado del coche.
 El marido entró al coche por las puertas de detrás. Delante iba el chófer.
 - Solo nos vamos el fin de semana, pero no descuidéis vuestras tareas. Decidle a la limpiadora que quiero la casa perfectamente limpia a nuestra vuelta. Y a la cocinera que tenga preparada la cena para el domingo, probablemente lleguemos algo tarde.
 - Sí, señora. - Contestó el mayordomo.
 - Muy bien. Adiós. - Se despidió la señora, para luego subirse al coche.
La sirvienta y el mayordomo respiraron hondo mientras veían el coche alejarse por la calle, cada vez más lejos de aquella mansión en la mitad de la nada. Luego entraron juntos en la casa. En la cocina se reunieron con la cocinera, el jardinero y la limpiadora.
 - Ya se han ido. - Anunciaron.
Los cinco se quedaron en silencio, mirándose los unos a los otros, con el corazón a mil por hora.

Minutos después apareció el guardia de seguridad de la casa. Con una sonrisa de oreja a oreja les dijo lo que tanto estaban esperando oír.
 - ¡Cámaras desconectadas! ¡La casa es toda nuestra!
Se abalanzaron entre ellos, besándose con pasión unos a otros. Hacía mucho tiempo que no tenían la casa para ellos y había mucha tensión sexual por liberarse. El jardinero disfrutaba de los deliciosos labios de la limpiadora, que además había colado la mano por dentro de su pantalón y acariciaba su miembro sutilmente, haciéndolo crecer poco a poco. El guardia de seguridad y la sirvienta se estaban comiendo a besos como si fuera su último día juntos. Sus manos agarraban las partes del cuerpo del otro con fuerza, lejos de la sutileza con la que el jardinero y la limpiadora se acariciaban. Pero quienes se llevaron la palma fueron el mayordomo y la cocinera. Tras unos besos rápidos, casi protocolarios, habían dado rienda suelta a sus deseos. El mayordomo había encaramado a la cocinera contra la dura encimera y le había levantado la parte de abajo del blanco uniforme hasta la cadera. Ella, lejos de amedrentarse, separó las piernas para facilitar el acceso. Él apartó sus braguitas a un lado y, sin más dilación, la penetró profundamente. El gemido de placer de la cocinera retumbó en toda la casa. Los otros cuatro se habían girado y observaban excitados al mayordomo follándose a la cocinera contra la encimera sin vergüenza ninguna.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Un viejo amigo



Sasha estudiaba tranquilamente en su habitación cuando unos repentinos golpes en la puerta la sobresaltaron.
 - ¡A cenar! - Gritó su madre desde fuera.
Sasha cerró el libro y bajó la tapa de su ordenador portátil. Estiró brazos y piernas, algo entumecidos al llevar unas horas sin estirarse del todo. Otro grito de su madre le taladró la cabeza.
 - ¡No tardes! ¡Recuerda que tenemos visita!
Entonces Sasha se acordó. Aquel fin de semana tendrían de visita en casa a un amigo de su padre. Una traviesa sonrisa se dibujó en su cara. A Sasha le encantaba provocar a los amigos de su padre cuando estaban de visita. Le encantaba sentir que esos hombres hechos y derechos se morían por meterse en la cama con ella. Le excitaba mucho esa sensación. Como era casi verano y ya hacía bastante calor, Sasha estaba estudiando en bragas y con una camiseta suelta, sin sujetador, así que se puso un diminuto pantalón de deporte y salió de su habitación camino el comedor.

Sasha se encontró con el invitado en el comedor y le reconoció. Tenía un recuerdo lejano, pero se acordaba de él, aunque ahora estaba significantemente más mayor.
 - ¿Te acuerdas de Jose? - Preguntó su padre.
 - ¡Sí! Hola Jose. - Saludó Sasha con voz de niña buena.
 - Hola Sasha, ¿qué tal?
Se saludaron con dos besos y Sasha le pegó los pechos al cuerpo a propósito mientras lo hacía. Notó que a Jose se le aceleraba la respiración y no pudo evitar sonreír.
 - Muy bien. - Contestó Sasha con una sonrisa.
 - Jose va a pasar el fin de semana con nosotros en casa. Sé que tienes que estudiar, así que haremos lo posible por no molestarte. - Explicó su padre.
El amigo de su padre era un señor bastante mayor, tendría unos 70 años. El pelo de su cabeza era escaso y canoso, al igual que su descuidada barba de tres días. Sus ojos oscuros y cansados se escondían detrás de unas gafas viejas. El hombre miraba a Sasha de arriba a abajo sin disimulo alguno.
 - Vaya, no te veía desde que eras una niña. - Dijo Jose sorprendido. - Estás muy... mayor.
Sasha sabía perfectamente lo que estaba pensando Jose, pero se limitó a sonreírle.

La cena fue muy divertida para Sasha, ya que se dedicó a provocar sutilmente al amigo de su padre, como bien le gustaba a ella. Su padre no paraba de hablar, su madre intervenía de vez en cuando y Sasha guardaba silencio, dedicándose a su juego de miradas, poses y gestos insinuantes. Solo decía algo cuando le preguntaban directamente. No tardó en darse cuenta de que al invitado se le iba la mirada a su camiseta cada dos por tres, donde se le marcaban los pezones al no llevar sujetador. Lejos de molestarle, Sasha se divertía marcándolos a propósito y observando la cara del hombre cada vez que sus ojos pasaban por ahí. Siempre con el disimulo necesario para que no pareciera que lo hiciera a propósito y con cuidado de que ni su padre ni su madre le pillaran. Incluso se ofreció a recoger los platos y servir los cafés solo por menear su culito delante de aquel hombre. Cuando estaba de espaldas a él podía sentir la mirada del hombre clavándose en su culo. Ella sabía que en ese momento se estaría imaginando lo que sería follárselo. Todos los amigos de su padre se la habían follado con la mirada cuando habían estado de visita. Sasha se sentía muy zorra por calentarles, eso la excitaba. Se imaginaba a esos hombres yéndose a casa cachondos y pajeándose pensando en ella. Pensando en la inocente, dulce y sexy hija de su amigo.

domingo, 7 de junio de 2020

El conde



El lujoso Cadillac Escalade se detuvo frente a la casa. Se abrió una de las puertas de atrás y aparecieron unas largas piernas brillando al sol. Salió del coche una preciosa mujer, que se quedó unos segundos absorta ante la magnificencia de la gigantesca mansión que se presentaba ante ella. La mansión del conde James Hopkins, el motivo de su visita. El conde Hopkins era un filántropo famoso entre la alta sociedad. Aparentemente bondadoso y generoso, pero sobre el que corrían múltiples rumores de todo tipo. Él era el protagonista de la investigación que estaba llevando ella, la periodista Amy Burton. Al oír esos curiosos rumores, se había propuesto esclarecer la verdad sobre el conde y sus negocios. Tras haberse cruzado algunas palabras infructuosas durante algún acto, Amy había decidido ir más allá. La única forma de conocer sus entresijos a fondo sería convivir con él durante unos días. Sorprendentemente, el conde había aceptado su propuesta sin dudar.

Caminó con paso decidido hasta la puerta de madera empujando la maleta que llevaba consigo y llamó al timbre. La puerta se abrió.
 - Buenas tardes. - Saludó una mujer al otro lado del umbral.
 - Buenas tardes. - Contestó Amy.
 - El señor Hopkins le está esperando.
Se apartó para cederle el paso y Amy se adentró en la casa. Tras cerrar la puerta, la mujer cogió su maleta y la guio hasta el salón. Allí le esperaba el conde.
 - Un placer volver a verla, señorita Burton.
 - Puede llamarme Amy.
 - Y usted puede llamarme James. Bienvenida al que será su hogar durante unos días. Espero que lo encuentre agradable. Llevaremos su maleta a su habitación.
Hizo un gesto y la mujer que llevaba su maleta se fue.

El conde vestía elegantemente, acorde a su personaje. Zapatos de piel, pantalones largos y negros de buena tela, y camisa blanca impoluta. Amy lo analizó con la mirada, como había hecho cada vez que se lo había encontrado. Era un hombre maduro, pero atractivo. Su pelo corto y negro mostraba algunas canas. Sus gafas de finas patillas le daban un aire intelectual. Tenía siempre un aire de seguridad en sí mismo que impregnaba todos sus actos. James Hopkins también analizó a su nueva inquilina de arriba a abajo. Amy caminaba sobre zapatos de tacón, luciendo una falda bien ajustada a su cuerpo y que llegaba a la altura de las rodillas. Llevaba una blusa blanca con los botones superiores desabrochados. Su pelo rubio casi platino recogido en un moño, con unos mechones juguetones cayéndole por las sienes. Siempre con ella, su bolso negro donde guardaba su material de periodismo.

domingo, 19 de abril de 2020

El precio del placer


Estaba de viaje por trabajo en una ciudad donde no conocía a nadie. Después de un día entero de negocios, necesitaba tomarme una copa. Entré en el bar del hotel y me senté en la barra. Inmediatamente me atendió el camarero y me puso la copa que le pedí. Revisé correos electrónicos y otros mensajes mientras me la bebía. Cuando casi me la había terminado, vi de reojo que alguien se sentaba a mi lado en la barra. Levanté la mirada y me encontré con una mujer despampanante. Era morena, con el pelo largo y ondulado cayéndole por la espalda. Unos ojazos de un color azul claro muy bonito. Lucía un vestido negro largo, que le caía de los hombros a los pies, dejando la espalda al aire y con un travieso corte por el que salía una de sus largas y brillantes piernas. Me miró y me sonrió. Tras pedir su copa al camarero me miró de arriba a abajo.
 - ¿Viaje de negocios? - Me preguntó.
 - Sí.
 - Solo y en traje... - Me dijo, al verme extrañado. - Tenía pinta.
 - ¿Y tú?
 - Algo así.
Hubo un par de segundos de silencio.
 - Diana. - Se presentó.
 - Juan. - Contesté, incorporándome para darle dos besos.
Me embriagaron su fragancia, sus ojos y su sonrisa mientras nos dábamos los protocolarios besos de presentación.

Estuve un buen rato hablando con Diana, conociéndonos. Para cuando me estaba terminando la tercera copa, ya reíamos y conversábamos como si fuéramos amigos de toda la vida. Cada vez me atraía más esa mujer. Estuve dudando sobre si dar el paso e ir más allá, pero, para mi sorpresa, fue ella la que se lanzó.
 - ¿Te alojas aquí? - Me preguntó posando su mano en mi muslo.
 Miré su mano y luego mi mirada fue subiendo hasta sus ojos.
 - Sí... - Le contesté, nervioso.
Diana se acercó más a mí y me habló casi en un susurro.
 - ¿Subimos a tu habitación?
Sin dudarlo ni un instante, me terminé la copa de un trago y conduje a Diana de la mano hasta el ascensor. En cuanto se cerraron las puertas con nosotros dentro, Diana se me abalanzó. Me besó con fuerza, metiendo su lengua casi a la fuerza en mi boca. Nos besamos con fogosidad mientras el ascensor subía lentamente. Con una mano me agarraba la entrepierna por encima del pantalón, pidiendo guerra. Mis manos se posaban sobre su culo, acariciando suavemente sus curvas.

El ascensor llegó a mi planta y nos apresuramos hasta la habitación como dos animales en celo. Entramos en ella sin dejar de besarnos y manosearnos. Nada más cerrarse la puerta detrás de mí, conduje a Diana directamente a la habitación. Una vez allí, dejó de besarme por un momento y me separó con un empujón. Deslizó los tirantes del vestido y lo dejó caer hasta el suelo. Me quedé inmóvil, observando el cuerpazo presente ante mí. Piernas largas, curvas deliciosas, pechos grandes... Llevaba una lencería negra de encaje de lo más sexy. Me miraba con deseo, con los ojos brillantes y su bonito pelo todo alborotado. Tuve unos segundos para deleitarme con su cuerpo, recorriendo con la mirada cada centímetro de su piel. Una piel morena, tostada por el sol, que creaba un bonito juego de tonos oscuros con su pelo y un increíble contraste con sus ojos claros. Se acercó a mí lentamente hasta pegar su cuerpo al mío. Puso su mano de nuevo sobre mi paquete, acariciándolo. Y en ese instante, cuando la excitación ya se había apoderado de todo mi cuerpo, acercó sus labios a mi oído y, para mi sorpresa, me susurró un precio. En un primer momento me quedé desencajado. Ella se encargó de aclarármelo.
 - Por ese precio soy toda tuya durante una hora.
Con su mano libre, cogió las mías y las puso sobre sus pechos.

lunes, 3 de febrero de 2020

Escándalo público



Ángela y Carlos salieron del local a toda prisa y sin quitarse las manos de encima el uno del otro. Avanzaban calle abajo sin soltarse ni por un momento. Carlos acariciaba el firme culo de Ángela, deseando llegar a casa para hacerlo suyo. Solo se detenían para besuquearse lascivamente.
 - ¿Falta mucho para llegar a tu casa? - Preguntó Ángela tras unos cinco minutos de caminata.
 - Está cerca.
Pero la excitación se había apoderado de ella. Después de un buen rato bailando juntos al ritmo de una música sensual, con sus roces, caricias y miradas, Ángela estaba demasiado caliente. No podía esperar más. Se detuvo para besar a Carlos de nuevo. Esta vez, casi inconscientemente, deslizó la mano por dentro de su pantalón y acarició su miembro, el cual ya estaba un poco duro. En cuanto hizo contacto con la suave piel de sus dedos, la dureza aumentó hasta la completa erección. Notar la endurecida polla de Carlos fue la gota que colmó el vaso de la excitación de Ángela.
 - Yo no aguanto más. - Dijo entre jadeos.
Acto seguido empujó a Carlos hacia un callejón. Se adentraron en él entre risas, en las que se percibía claramente la tensión sexual.

En cuanto llegaron al final del callejón sin salida, Ángela se lanzó rápidamente al suelo, sin tiempo que perder. Bajó la bragueta del pantalón de Carlos, metió la mano y sacó su polla. Un segundo después la tenía en su boca. "Mmmm..." se le oyó a Ángela. Un sonido de claro deleite que denotaba las ganas que tenía de comérsela. Carlos emitió el mismo sonido al notar la calidez de su boca alrededor de la polla y su húmeda lengua acariciándola. Apoyó la espalda en la pared que tenía detrás y disfrutó de la maravillosa mamada de Ángela, la cual solo duró un par de minutos, ya que estaban deseosos por pasar a mayores.
 - Qué bien lo haces... - Le dijo Carlos.
 - Fóllame ya... - Fue su contestación.
Ángela se levantó y se apoyó en la pared. Carlos se puso detrás de ella. Levantó su vestido, apartó su tanga a un lado y se la metió. Ángela gimió de placer. Empezaron los vaivenes. La polla de Carlos invadiendo a Ángela una y otra vez. Follando ocultos en la oscuridad nocturna de aquel callejón. De repente, se oyó el rugir de un motor y apareció un coche en la entrada al callejón.

Para su horror, vieron que el coche giraba y se metía en el callejón. Y eso no era todo, además era un coche de policía. En cuanto el coche entró en el callejón, las luces de los faros iluminaron los cuerpos de Ángela y Carlos, que se habían quedado inmóviles, sin saber cómo reaccionar, ya que no había dónde esconderse. Se separaron de golpe y se colocaron la ropa. El coche se detuvo frente a ellos. Se apagaron los focos y salió un agente de policía del coche con una linterna en la mano.
-        Señores, ¿acaso no tienen ustedes casa para hacer estas cosas?
La luz de la linterna recorrió el cuerpo de Ángela desde sus tobillos hasta su cara, parando más de la cuenta en su pronunciado escote. Ese repaso que le dio el policía encendió aún más a Ángela, que aún seguía cachonda. No supo por qué lo hizo, quizá a causa del alcohol en sangre, pero Ángela puso su mano en la entrepierna del policía. Sorprendido, el agente la miró fijamente unos segundos, durante los cuales la mano de Ángela no se apartó de su paquete. Luego miró a Carlos.
-        Largo.
-        Pero… - Titubeó Carlos.
-        Largo o duermes en el calabozo.
Carlos miró a Ángela, que le sonrió. Se abrochó bien el pantalón y caminó cabizbajo hasta desaparecer.

domingo, 12 de enero de 2020

Microrrelato: Bienvenido a casa



Llegué a casa cansadísimo del trabajo. Había sido un día muy duro. Cerré la puerta, dejé mis cosas en la mesita del recibidor y entré al salón resoplando. Allí me encontré a Marta. Estaba desnuda y arrodillada en el suelo. Tenía el rostro serio y la mirada fija en mí. Me quité la chaqueta del traje y la dejé sobre una silla. Luego caminé despacio hacía ella, disfrutando de este momento previo de tensión sexual y excitación. Llegué hasta ella y la observé desde arriba. Marta no apartaba sus ojos de los míos. Acaricié su pelo con ternura. Ella abrió la boca lentamente, para luego sacar la lengua. Sonreí. Bajé la bragueta del pantalón y saqué mi miembro. Acaricié la mejilla de Marta con la punta de mi glande. Suavemente. Le di un par de golpecitos en su húmeda lengua, flojito, con dulzura. Moví la pelvis hacia delante y puse mis huevos sobre su lengua, en su boca abierta. Marta empezó lamiéndome los huevos para poco después ya comérmelos en toda regla. Mi polla se fue endureciendo frente a sus ojos. Sabía que eso le ponía cachonda. Casi podía oler sus flujos resbalando por su entrepierna. Mi polla, ya algo endurecida, descansaba sobre su cara mientras mis huevos seguían en su boca. Me recreé observando esa imagen. Toda una delicia. Con la polla ya completamente dura, saqué mis huevos de su boca. Marta se quedó con la boca abierta y la lengua fuera. Mirándome. Ofreciéndose como objeto sexual para mí. Apoyé la punta de mi polla en su lengua y fue metiéndola poco a poco en su boca hasta que mis huevos tocaron su barbilla. La mantuve unos segundos. Una lágrima brotó de uno de los ojos de Marta y resbaló por su mejilla. Luego la saqué igual de lentamente. A Marta se le escaparon unas toses, pero enseguida volvía a estar en su posición habitual con la boca abierta. Volvía a meterla toda en su boca, esta vez más rápido. Y cada vez más rápido. En un abrir y cerrar de ojos estaba agarrando a Marta del pelo con fuerza mientras mis huevos rebotaban furiosamente contra su barbilla. Podía incluso notar la punta de mi polla rascando el fondo de su garganta cada vez que la metía hasta el fondo. Tras un buen número de embestidas bucales solté de pronto a Marta. Tosió y respiró hondo, recuperando el aire que le había estado faltando. Miró de nuevo hacia arriba y vi sus ojos llorosos brillando de excitación. Atisbé una ligera sonrisa en su rostro, pero enseguida volvió a adoptar un semblante serio. La saliva le resbalaba por la barbilla, formando algunos hilillos de babas colgando, pero también bajando por su cuello hasta mojar sus tetas. Golpeé la cara de Marta con mi polla dura y babeada. Golpes fuertes, nada que ver con los suaves golpecitos del principio. Ahora estaba demasiado cachondo y fuera de mí como para contenerme. Y me encantaba golpear la preciosa cara de Marta con mi polla. Sabía que a ella también le encantaba. Fueron unos pocos segundos de descanso y enseguida estaba otra vez follándome su boca. Agarrándola del pelo para que mis duras penetraciones en su boca no le hicieran perder el equilibrio. Me estaba sirviendo mucho de desahogo tras un día de mierda, pero no era suficiente. Clavé mi polla en la garganta de Marta y empujé su cabeza con fuerza contra mi entrepierna. Su nariz se clavaba en mi zona púbica. Sus ojos en los míos pidiendo clemencia. Hice a Marta aguantar unos cuantos segundos así. Sabía que ella era capaz. Y finalmente la solté de nuevo. "Arriba", dije con seriedad, sin dejarla apenas tiempo para respirar. Ella obedeció. Señalé la mesa del comedor. Marta fue hasta ella y se inclinó hasta tumbar la parte superior de su cuerpo, aplastando sus tetas en la mesa y dejando el culo a punto de caramelo. Luego abrió las piernas mandándome una señal de que ya estaba lista. Me puse detrás de ella. Apoyé la punta de mi polla en su ano y empujé hasta meterla por completo en su culo. Marta apretó los dientes. Me quedé inmóvil unos segundos, dentro de Marta, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la invasión. Después, al igual que había hecho antes con su boca, fui metiéndola y sacándola de su culo cada vez más rápido. Su estrecho agujero friccionaba deliciosamente con mi miembro, provocándome un gran placer. La mesa temblaba con cada embestida. Mis pelotas golpeaban violentamente su coño cada vez que mi polla entraba hasta el fondo. Cuando dejaba descansar mi miembro en su interior, notaba en mis huevos el húmedo calor irradiando de su coño. La penetré analmente con dureza una y otra vez, descargando todo mi estrés del día con Marta. No me detuve hasta que, finalmente, saqué mi polla de su culo justo en el momento en que me iba a correr. Descargué mi corrida sobre su culo enrojecido. Algunos chorros de semen salieron con más fuerza y cayeron en su espalda. Marta jadeaba intensamente mientras eyaculaba en su cuerpo. Acabé de correrme y restregué mi glande por su nalga, limpiándome las últimas gotas de semen en su piel. Ya mucho más relajado, y sin dirigir palabra a Marta, me fui directo a la ducha.


domingo, 2 de junio de 2019

Noche de hotel


Iván llegó al hotel hecho un manojo de nervios. Se moría de ganas por ver a Daniela. Llevaban muchísimo tiempo hablando y por fin había surgido la oportunidad de conocerse. En realidad, aunque aún no se habían visto en persona, ya era como si se conocieran. Sus largas conversaciones sobre cualquier tema les hacía sentir una conexión, desde los temas más cotidianos hasta los más íntimos. Se conocían muy bien el uno al otro. Un encuentro en persona era un gran paso, pero ambos estaban seguros de que saldría bien.

La vio en cuanto entró al bar del hotel. Estaba sentada sola, con una copa medio vacía en la mesa, y una silla libre dispuesta para Iván. Iba vestida con un vestido negro con buen escote, donde lucía un bonito colgante. Elegante y sensual. Llevaba el pelo suelto, cayéndole hasta por debajo del pecho. Iván, por su parte, vestía pantalones largos oscuros y la camisa por fuera, arremangada y con un par de botones desabrochados. Un poco más informal que ella, pero también elegante. La miró desde la entrada y percibió que también estaba nerviosa. Se acercó a ella caminando con seguridad. Se le aceleró el corazón en el momento en el que la mirada de Daniela se clavó en la suya. Ambos sonrieron tímidamente. Tras un par de besos y los típicos saludos, Iván pidió una copa al camarero que pasaba por su lado y se sentó a la mesa.
 - Por fin nos vemos. - Dijo Daniela, aunque el sentimiento era mutuo.
 - Sí. Estás guapísima...
 - Vaya, gracias. Tú también.
Ninguno mentía. Iván alucinaba con la belleza que tenía delante. Ya la conocía de alguna foto que habían intercambiado, y también de alguna videollamada, pero en persona era aun más alucinante. Por su parte, Daniela se había llevado una grata sorpresa. Iván siempre le había parecido guapo e interesante, pero le sorprendió mucho lo atractivo que le pareció en persona. Más de lo que había imaginado.

Estuvieron hablando, bebiendo y riendo durante un buen rato. Con el paso del tiempo y las copas habían perdido la timidez inicial y ya conversaban como siempre. Se notaba entre los dos una tensión sexual muy fuerte. Una atracción física imperiosa que superaba con creces a los calentones que habían tenido en ocasiones pasadas en las que la conversación había subido de tono. El carisma de Iván y sus constantes piropos bien traídos hacían sonrojar a Daniela, que cada vez estaba más a gusto con él. Se notaba porque se dejaba llevar y repetidamente tocaba en el brazo de Iván. Cada vez que el cuerpo de Daniela rozaba el suyo, o que le dedicaba una de sus bonitas sonrisas, su sangre se calentaba.

Se les pasó el tiempo volando y tuvo que acercarse el camarero a avisarles de que el bar iba a cerrar, interrumpiendo una divertida anécdota de Daniela.
 - Anda, sí que es tarde... En mi habitación hay minibar, si quieres subimos y tomamos la última mientras te lo acabo de contar.
 - Claro, vamos.
Iván siguió a Daniela al ascensor con la cabeza atiborrada de dudas. Le encantaba Daniela, pero no sabía qué pensaría ella. Durante el breve viaje en ascensor hasta la octava planta, Iván no le quitó el ojo de encima a Daniela. Tenía un cuerpazo increíble. Se quedaba embobado mirando sus largas piernas brillantes y, gracias a ser un poco más alto que ella, también sus grandes pechos asomando por su pronunciado escote. Por suerte, ella se giró justo cuando él la miraba a la cara, y se sonrieron el uno al otro.

martes, 21 de mayo de 2019

Microrrelato: Regalo Anal



Era el día de mi cumpleaños. Cuando llegué a casa del trabajo, me encontré una tarjeta de felicitación en la mesita del recibidor. Ponía "Feliz cumpleaños. Tu regalo te espera." y la firma consistía en la marca de un beso con pintalabios. Junto a la tarjeta, unas bragas rojas. Las cogí y las olí. Estaban usadas. Me las guardé en el bolsillo. Al entrar en el salón, me la encontré preparada para darme mi regalo. Estaba de pie, con la parte superior del cuerpo tumbada sobre la mesa, el culo en alto y las piernas abiertas. La postura era toda una invitación. Me miró fijamente mientras me acercaba a ella. Parecía nerviosa. No entendí la razón de sus nervios. Pasé por su lado y le acaricié el pelo. Me puse detrás de ella. Le levanté la falda y comprobé que no llevaba bragas, las tenía yo en el bolsillo. Pero me encontré con una sorpresa inesperada. Llevaba un butt plug metido en el culo. Era metálico, y en la superficie que sobresalía ponía "Use me". Entonces entendí sus nervios. Mi regalo de cumpleaños era su culo. Su culo virgen. Su culo en el que nunca había entrada nada más que un par de dedos. Me puse a la altura de su cara y me agaché para mirarle a los ojos. Brillaban de nervios y excitación. Saqué las bragas del bolsillo y se las metí cuidadosamente en la boca. Luego volví a mi posición en su retaguardia. Acaricié sus nalgas con mis manos. Le di un sonoro azote. Se oyó un gemido ahogado por las bragas en la boca. Le di otro, en la otra nalga. Su piel pálida comenzó a enrojecerse como hacía siempre. Bajé la bragueta de mi pantalón y saqué mi miembro. Ya estaba semierecto. Lo froté contra sus nalgas. También contra su coño mojado. No me costó que enseguida alcanzara su tamaño y dureza máximos. Ya estaba preparado para recibir mi regalo de cumpleaños. Le quité el butt plug lentamente, con suavidad. Su culo cedió poco a poco y acabó saliendo. Lo dejé en la mesa. Escupí varias veces en la entrada de su culo, lubricándolo. Luego hice lo mismo con mi polla. La dejé bien resbaladiza. Finalmente, fui a por mi regalo. Apoyé la punta de mi glande en la entrada de su culo y empujé hasta que estuvo toda mi polla dentro. Vi cómo ella cerraba los ojos con fuerza y apretaba los dientes y las manos. Gimió de gusto y resopló cuando la notó toda dentro. La dejé dentro unos segundos, permitiendo que su cuerpo se acostumbrara. Pero si pensaba que iba a ser suave con mi regalo, estaba muy equivocada. Le solté un par de palmadas en el culo como aviso y luego empecé el vaivén de mi pelvis, metiendo y sacando mi polla de su culo. Su culo virgen era extremadamente estrecho. Podía notar mi miembro abriéndose paso en su interior. Mis embestidas eran fuertes, empotrándola contra la mesa. Ella se dejaba hacer, se agarraba a la mesa y gemía. Mis penetraciones eran duras y profundas, metiéndosela cada vez hasta el fondo con cada empujón. Sus nalgas ya estaban rojas del choque de mi pelvis contra ellas. Disfruté plenamente de arrebatarle la virginidad de su puerta trasera, después de tanto tiempo deseándolo. Empujé y empujé hasta llegar al orgasmos. Metí mi polla hasta el fondo de su culo y agarré sus nalgas con firmeza mientras me corría en su interior. Gruñí de placer al sentir todo mi semen inundando su culo. Cuando terminé de eyacular, finiquité con un último azote en su nalga. Saqué mi miembro de su interior, le volví a introducir el butt plug y me fui directo a la ducha, sin decir nada, dejándola tirada en la mesa, respirando intensamente y con el culo rojo.


jueves, 16 de mayo de 2019

A sus órdenes



Era media tarde cuando el sargento irrumpió en las duchas del campamento militar. Lo único que se oía era el agua caer de una de las duchas. El sargento se quedó parado en mitad de la estancia.
 - ¡Cabo Cabrera! - Gritó.
El sonido de la ducha cesó al momento. Entre el vaho que inundaba el lugar, apareció la esbelta figura de una mujer caminando con paso firme. Se plantó frente al sargento sin siquiera preocuparse de cubrirse con la toalla que colgaba de la percha. Su cuerpo desnudo y mojado se erguía rígido frente a él. Su mirada seria demostraba seguridad y disciplina. Pese la falta de ropa, los ojos del sargento no se despegaron de los de la cabo.
 - Vístase y preséntese en mi tienda de inmediato.
 - ¡Sí, señor! - Cabrera acompañó sus palabras con el saludo militar. - Para lo que usted necesite, señor.
En cuanto se giró el sargento para abandonar las duchas, apareció una sonrisa cómplice en la cara de Cabrera. Sabía para qué le reclamaba en su tienda. Se excitó solo de pensarlo.

En un santiamén se presentó la cabo en la tienda de su superior. Era una tienda algo más "sofisticada" que las de los rangos inferiores, con algo más de mobiliario, pero sin excesos. Además, no tenía que compartirla con otros soldados. Al verla llegar, el sargento se levantó para recibirla. Una vez dentro, Cabrera cerró la puerta tras de sí. Luego se paró frente al sargento, cara a cara, e hizo el saludo militar.
 - ¡A sus órdenes, señor!
Él le devolvió el saludo. 

Marta Cabrera era una atractiva y joven militar con un gran sentido de la disciplina. Su pelo era corto, rizado y completamente negro. Sus ojos marrones, a juego con su piel tostada por la continua exposición al sol. Gracias a los ejercicios físicos diarios en el campamento militar, su cuerpo estaba bien trabajado, entrenado, en forma. Un culo firme y duro. Unos pechos de buen tamaño, habitualmente bien disimulados por el uniforme militar. Pero, en aquel momento, Cabrera solo llevaba una camiseta verde militar de tirantes que le marcaba los pezones. Además de eso, un pantalón largo de camuflaje y las botas. Marta era deseada por la gran mayoría de los militares del campamento (si no todos), pero a ella solo le excitaban los superiores. Acatar órdenes le ponía cachonda. Y eso era beneficioso, principalmente, para su sargento, que siempre estaba dispuesto a exponer sus órdenes a la cabo Cabrera.

miércoles, 1 de mayo de 2019

Emitiendo con Leyre



Eran las nueve de la noche cuando sonó el telefonillo. Descolgué y oí la voz de Leyre saludándome con su habitual energía y dulzura. Había quedado con ella para cenar en mi casa. Apareció en mi puerta vistiendo un pantalón largo y ceñido de color blanco con rayas negras, y un top negro de tirantes con un buen escote. El escote hacía relucir sus grandes pechos y su pantalón dibujaba perfectamente las curvas de su cuerpo, dándole una silueta muy sensual. Estaba realmente atractiva, como siempre.
-        ¿Te gusta? – Me dijo tocándose el pelo.
Se había hecho reflejos rubios en su largo pelo castaño ondulado. Le quedaban muy bien. Le contesté que estaba guapísima, porque era la verdad, y le invité a entrar.

Leyre y yo ya llevábamos unos meses viéndonos. Lo nuestro no era nada serio, pero nos lo pasábamos muy bien juntos. Casi siempre que quedábamos acabábamos en la cama. Los dos somos muy cerdos, y eso ayudaba a que nos entendiéramos muy bien bajo las sábanas. Disfrutábamos cumpliendo las fantasías del otro. Personalmente, yo estaba encantado de poder disfrutar de la compañía de una mujer tan sexy como Leyre. Es una chica un poco más bajita que yo, con un cuerpo bien cuidado por el deporte. No solo tiene buen cuerpo, sino que además es preciosa. Un rostro joven que incluso da la impresión de inocencia, aunque yo sé de primera mano que no es así. Pero el atractivo de Leyre no se queda solo en lo físico. Es una chica muy agradable y divertida. Un poco loca. ¿Y por qué no decirlo? Folla de miedo. Sus movimientos, su lengua, su vicio... Sabía perfectamente cómo hacerme explotar de placer.

Tuvimos una cena entretenida durante la cual empezamos contándonos las novedades de cada uno, poniéndonos al día, y acabamos hablando de chorradas y riéndonos de bobadas, como nos solía pasar. Al acabar la cena nos servimos una copa y nos fuimos al sofá. La conversación fue volviéndose cada vez más picante, ya que a los dos nos encantaba hablar de sexo. Le enseñé a Leyre unos vídeos guarros que me habían llegado por un grupo de amigos y que sabía que le gustarían. Ella también veía porno de vez en cuando y yo conocía sus gustos. La cosa fue subiendo de tono y salió el tema de las webcams en directo. Leyre sabía de qué iba el tema, pero yo nunca había entrado a esas webs, así que me cogió el portátil de las manos decidida a enseñármelo. Pasando de una sala a otra nos topamos con una pareja que emitía mientras tenían sexo. Nos pareció morboso ver a gente follando en directo e interactuar con ellos. Y, entonces, a Leyre se le ocurrió una de sus ideas.
-        Juanillo… ¿Emitimos nosotros?
-        ¿Qué dices? – Me lo tomé a broma.
-        Que sí, joder. A ver qué pasa. Por probar.
Me di cuenta de que me lo decía en serio. Al principio me negué. Yo soy tímido y además me daba mal rollo que me vieran desconocidos. A Leyre le hacía tanta ilusión probarlo que acabé accediendo.
-        ¡Va Juan! Empezamos solo hablando con la gente y vemos cómo va avanzando la cosa. Si en algún momento estamos incómodos desconectamos y listo.
Cogimos un par de antifaces que formaban parte de unos disfraces de Halloween que tenía en casa y que nos servirían para ocultar aceptablemente nuestra identidad. Nos acabamos la copa de trago, nos servimos otra y nos acomodamos en el sofá frente al ordenador. Tras un rápido registro en la web, la luz de la webcam se encendió y nos vimos a nosotros mismos en la pantalla.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Mirando a las montañas



Bajé atravesando la nieve hasta llegar al final de la pista. Cuando me detuve del todo, respiré el aire fresco de la montaña y me sentí satisfecho. Había pasado toda la mañana haciendo snowboard y se me había dado realmente bien. Me giré para observar una vez más la pista que tanto había disfrutado antes de dar por finalizada la sesión de la mañana e irme a descansar. Advertí una silueta que zigzagueaba elegantemente entre la poca gente que quedaba en la pista. Al llegar donde yo me encontraba, se detuvo con suavidad. Cuando se quitó las gafas de snow y se sacudió el pelo, me alumbró con su belleza. Me quedé inmóvil viendo cómo esa preciosa mujer abandonaba la pista. Ella no se dio cuenta. Y menos mal, porque me habría sorprendido con cara de tonto.

Esa misma tarde, después de dormir una necesaria siesta reparadora, bajé al bar del hotel en el que me hospedaba durante mi semana en la nieve. Fue entonces cuando entró en juego el azar, la suerte, el destino, o como se le quiera llamar. Fuese lo que fuese, provocó que la atractiva mujer que había visto en la pista, estuviera en el mismo bar que yo. La vi sola, en una mesa apartada, tomando una copa mientras leía. Sin la ropa de snow estaba más atractiva aún. Llevaba un vestido negro de una sola pieza. Me senté en la barra y pedí una cerveza. Me la bebí tranquilamente mientras echaba rápidas miradas furtivas a aquella mujer de vez en cuando. Ella seguía en la misma pose, absorta en su lectura. Varias veces pensé en decirle algo, pero no estaba seguro. No me atrevía. Además, intentar ligármela interrumpiendo su lectura no era la mejor idea.

Yo iba por mi segunda cerveza cuando vi que cerraba el libro y lo dejaba en la mesa. Era el momento. Ahora no molestaría su lectura, pero si tardaba demasiado se iría. Hice el amago de levantarme un par de veces, pero a la tercera fue la vencida. Me animé y fui a hablarle.
 - Hola. Te he visto esta mañana en la pista. ¿Te importa que me siente?
Hubo unos segundos de silencio, en los que solo me miró. Se lo estaba pensando. Finalmente accedió y yo suspiré aliviado. Estuvimos un rato hablando mientras ella se tomaba su segunda copa y yo mi tercera cerveza. Se llamaba Lina, era andaluza y trabajaba de azafata de congresos. No le pregunté la edad, pero rondaría los 27 o 28. Era una mujer muy guapa, con ojos marrones y pelo castaño y liso que le caía a la altura del pecho pero sin llegar a los senos. Tenía una sonrisa increíblemente bonita. Su voz me era muy familiar. Me sonaba de algo, pero por mucho que le di vueltas no recordé de qué.


domingo, 2 de diciembre de 2018

Microrrelato: Accidente placentero



Tumbado en la cama, agarraba su cintura mientras ella saltaba encima de mí. Yo me limitaba a azotar su culo de vez en cuando, sobretodo cuando me lo pedía, mientras ella me cabalgaba con auténticas ganas. Su melena se alborotaba con tanto movimiento. Su culo se movía de arriba a abajo, y también en círculos. Sus tetas botaban hipnóticamente frente a mí. Mi polla entraba y salía de su interior al ritmo que ella quería. De repente, su incesante contoneo se vio interrumpido por algo inesperado. En uno de sus botes sobre mi pelvis, mi polla salió por completo de su coño y, desafortunadamente, al volver a entrar en ella lo hizo por otro agujero. Entró de golpe por su culito virgen, con la única lubricación de sus flujos vaginales que empapaban mi miembro. Soltó un grito ahogado y paró de  moverse al instante. En su rostro se podía leer la sorpresa y el dolor de lo que acababa de pasar. Aún tenía la punta de mi polla dentro de su culo. Y entonces, otra sorpresa. Ella se mordió los labios, se acarició el coñito con los dedos y me susurró: "Sigue..." Empecé a mover la cintura lentamente, metiendo mi polla poco a poco en su culo. "Más rápido..." me pidió. Retomé el ritmo que teníamos antes del incidente. Follábamos igual de fuerte que antes, solo que ahora la metía por un agujero más estrecho. A ella se le notaba que indudablemente estaba disfrutando del dolor. No dejaba de tocarse con una mano y acariciarse los pechos con la otra. Ahora era ella la que se quedaba quieta y yo el que me movía desde abajo. Cada vez que la metía hasta el fondo de su culo, ella no podía evitar soltar un gemido que a mí me excitaba muchísimo. Tanto fue el placer que le daba esta nueva experiencia con su punto de dolor, que no tardó en llegar al orgasmo. Perdió las fuerzas y cayó sobre mí mientras su cuerpo se estremecía. La estrechez de su culo recién desvirgado me proporcionaba un gusto increíble. Esa sensación, junto con el orgasmo que ella acababa de tener, propició también el mío. Me corrí con fuerza, descargando toda mi corrida dentro de su culo. Ella jadeaba y me mordía el cuello mientras sentía mi semen inundando su culo. Volvimos a practicar sexo anal más adelante, pero ella nunca volvió a disfrutar como esa primera vez, cuando el dolor de ser desvirgada multiplicó su placer.


viernes, 23 de noviembre de 2018

Noche de juegos picantes



Se abrió la puerta y apareció Carla con una sonrisa de bienvenida. Yo era el último en llegar a su casa. En el salón ya estaban los otros cuatro tomando el aperitivo. Saludé a Silvia, Marco, Cristina y Luis, y luego cogí asiento. Carla trajo más aperitivos y sugirió que pidiéramos la cena cuanto antes, ahora que ya estábamos todos.

Cenamos tranquilamente, entre risas y copas de vino blanco. Al acabar de cenar ya estábamos todos un poco a tono por el alcohol. La anfitriona vio que era el momento adecuado para desvelar una sorpresa que tenía guardada.
 - Chicos, he preparado un juego para esta noche.
 - ¿Qué juego? - Preguntó Mario intrigado.
 - Uno de pruebas.
Ante las miradas de desconcierto del resto, Carla dio un poco más de información.
 - Simplemente son unas tarjetas. Cada vez uno coge una tarjeta y hace lo que le toque. Será divertido.
 - ¿Qué clase de pruebas? - Lo preguntaba Silvia, que conocía demasiado bien a su amiga.
 - Ya lo veréis. Que si no se pierde la gracia.
 - ¿Y cuál es el objetivo? - Siguió Silvia.
 - Simplemente ser capaz de cumplir las pruebas.
Los seis nos miramos unos a otros y finalmente nos animamos a probar el juego de Carla.
 - Vale, pero si jugamos que quede una cosa clara: es obligatorio hacer la prueba que te toque. No se puede cambiar por otra. Quien no supere la prueba o se niegue a hacerla se tiene que ir a casa.
Soltamos algunas risitas hasta que vimos en la cara de Carla que iba totalmente en serio. No sé si fue animados por el alcohol que llevábamos encima, pero volvimos a aceptar todos.

Carla barajó cuatro montones de cartas independientemente y los colocó en la mesa alrededor de la cual estábamos todos sentados. Explicó que tres de los montones eran de pruebas, y que estaban clasificadas de menor a mayor dificultad. Empezaríamos por el primero y si al acabar el montón seguíamos con ánimo, pasaríamos al segundo, y luego al tercero. El cuarto montón era para cuando una prueba era de interaccionar con otro jugador, esa carta decidía con quién debía ser.

Una vez estuvo todo preparado, se hizo el silencio. Carla tomó la iniciativa.
 - Venga, ya que el juego es mío empiezo yo.
Cogió una tarjeta del primer montón y la leyó en voz alta.
 - ¿Cuándo te masturbaste por última vez? - Hizo una breve pausa y luego contestó sin titubear. - Hoy.
Los demás sonreímos. El juego iba a ser más interesante de lo que habíamos pensado.