Desperté y no estabas en la cama. Se oía el sonido de la ducha. Me levanté y me fui quitando la ropa de camino al baño. Abrí ligeramente la puerta, observándote desde fuera. El agua caliente resbalaba por tu bonito y tonificado cuerpo al desnudo. Entré sigilosamente. Con los ojos cerrados y el ruido del agua, no te diste cuenta hasta que te abracé por detrás. Me recibiste con una sonrisa. Te besé el cuello y mis manos fueron directamente a tus pechos, blanditos y agradables al tacto. Junté mi cuerpo al tuyo. Mi pecho apretado contra tu espalda. El chorro de agua bañando nuestros cuerpos desnudos mientras yo te acariciaba, te besaba y te susurraba al oído lo mucho que había disfrutado la noche anterior. Mis manos recorrían cada centímetro de tu piel mojada. Mi erección se clavó en tu nalga. Sentí tu mano agarrándome el miembro. Me lo acariciabas lentamente. Empecé a gemir suavemente en tu oído. Sin girarte, y sin mirarme, comenzaste a masturbarme. Tu otra mano buscó tu entrepierna, pero la mía fue más rápida y llegó antes. Yo acariciaba tu sexo mientras tú me masturbabas. Tu mano libre buscó entonces otro destino, y se encontró con mi otra mano en tus pechos. Las manos de ambos combinándose en caricias a tus tetas y en jugueteos con tus pezones. Y mi miembro no podía estar más duro. Mis gemidos crecían, los tuyos también, y tus movimientos eran cada vez más rápidos. Gruñí, te mordí el cuello, arqueé el cuerpo ligeramente y mis músculos se tensaron. Un torrente de espeso líquido caliente se derramó en tu culo, resbalando por tu pierna. Tus movimientos se fueron ralentizando, hasta volver a ser solo caricias. Te giraste, por fin, para mirarme a los ojos, y nos besamos.
Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí.
Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso).
Gracias.
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domingo, 13 de octubre de 2024
lunes, 14 de octubre de 2019
Microrrelato: La paja desconocida
Entré con la misma cautela de siempre. La sala estaba a oscuras. Lo suficiente como para no ver a nadie con claridad. Se distinguían unas pocas sombras en algunas butacas. Avancé con fingida naturalidad por el pasillo y me metí por una de las últimas filas. Me senté en un lugar centrado. Buscaba un sitio bastante aislado, y con el poco aforo de gente que había fue una tarea muy fácil. Me quité el sombrero, las gafas de sol y la bufanda. Apenas llevaba unos segundos sentado cuando la pantalla se iluminó levemente y comenzó la película. Como siempre, los nervios que sentía cada vez que iba al cine erótico, se me esfumaron de golpe en cuanto empezó la sesión y me abstraje del entorno. Mi excitación va aumentando mientras que los primeros minutos del filme tratan de dotar de algo de argumento a la historia. La actriz es impresionante, estoy deseando verla sin ropa. Aún no ha ocurrido nada y el bulto en mi pantalón ya empieza a crecer. La impaciencia crece en mí hasta que, por fin, la actriz rubia de grandes pechos se pone de rodillas y le baja la bragueta al actor. Sonrío, porque la felación es el acto sexual que más disfruto contemplando en una película porno. Tras una magnífica mamada en la que disfruto de cada segundo de filmación, los actores se desprenden de sus ropas y se lanzan a la cama. Tan absorto estaba yo observando a la actriz gozar a cuatro patas que me sobresalté al notar de repente una presencia a mi lado. Alguien se sentó justo en la butaca de al lado. Me giré, molesto e incrédulo por esa pequeña invasión de mi espacio cuando la sala estaba muy vacía, sin saber muy bien si pedirle que se alejara o alejarme yo. Pero, entonces, aquella persona se entreabrió la gabardina lo suficiente como para que, para mi sorpresa, yo pudiera ver un par de pechos femeninos con un bonito escote. El hecho de que fuese una mujer me puso nervioso y no supe cómo reaccionar. Miré su cara, pero entre la gabardina de cuello alto, las gafas de sol y el sombrero, solo pude discernir unos labios de mujer y un mechón de pelo castaño. Se recosté en el asiento y volví a mirar a la pantalla del cine. La actriz rubia ahora cabalgaba sobre el hombre. El movimiento circular de sus pechos me hipnotizó momentáneamente. Salí del trance de golpe al notar una caricia en mi pierna. Instintivamente, miré hacia abajó, y allí estaba la mano de la mujer, posada sobre mi pierna. La miré. Ella se llevó el dedo a la boca y me hizo un gesto de que guardara silencio, para luego señalar a la pantalla. Obediente, volví a mirar la película e intenté relajarme, pero fue mucho más difícil cuando noté que su mano pasaba a acariciar mi entrepierna. Tras unas breves caricias por encima del pantalón, me bajó la bragueta lentamente. Mis nervios aumentaron de golpe. Empecé incluso a sudar ligeramente. Metió la mano por la bragueta y sacó mi miembro, que para entonces ya estaba bien duro. Empezó a masturbarme suavemente. Yo no podía creérmelo. Mi mente ni siquiera se concentraba en la película porno a tamaño gigante que tenía delante. Me giré para mirar a la desconocida que me estaba masturbando. Vi que ella miraba la película y se mordía los labios con gesto de excitación, pero se dio cuenta de que intentaba verla mejor y usó su mano libre para girarme la cabeza hacia la pantalla. Me dio algo de rabia, ya que deseaba ver cómo era esta mujer, pero me resigné por no forzar la situación. La escena había cambiado. Ahora el actor y la actriz de antes se lo montaban con una segunda mujer en un tórrido trío sexual. Noté la excitación en la mujer de mi lado porque me pajeaba con más fuerza. Lo que al principio eran unas suaves caricias en mi miembro se habían convertido en una paja en toda regla. Me atreví a apoyar mi mano en su muslo y acercarla a su entrepierna, pero enseguida me la apartó de ahí. Decidí simplemente disfrutar de la película y la paja. Soltó mi polla por un momento, oí el sonido inconfundible de escupirse en la palma y, segundos después, su mano resbalaba de nuevo por mi miembro. Eché la cabeza hacía atrás presa del placer. Luego miré a mi alrededor. Veía sombras de cabezas en algunas butacas, pero la sala estaba lo suficientemente oscura como para pasar desapercibidos. Pasé unos minutos observando una preciosa escena en la que las dos actrices chupaban al mismo tiempo la polla del actor, mientras la mujer de mi lado seguía masturbándome. Qué cara de vicio tenían esas mujeres. Imaginé que una cara parecida debía estar poniendo la desconocida que se había entregado a darme placer. En cuanto conseguí relajarme y perder los nervios ante aquella situación, el orgasmo no tardó en llegar. Mi cuerpo tenso y mis movimientos inquietos pusieron sobre alerta a la mujer. Me agarré con fuerza a mi asiento, apreté los dientes y me corrí. La mujer me siguió masturbando mientras cubría mi glande con parte de su mano, y de esa forma los chorros de semen no salieron disparados. En lugar de eso, me corrí pringando su mano. Ella no se alteró lo más mínimo, sino que siguió pajeándome hasta que terminé de correrme. Finalmente, soltó mi polla, sacó un pañuelo con la otra mano y se limpió mi corrida. Antes de irse tuvo el detalle de dejar unos pañuelos en mi reposabrazos. Luego se levantó y salió de la sala con total naturalidad.
lunes, 18 de febrero de 2019
Microrrelato: Gracias
Quitaron las sábanas de la cama. Si ya hacía suficiente calor en esa época del año, aún más al juntarse dos personas en la misma cama. Juan se tumbó llevando únicamente su pantalón corto de deporte con el que solía dormir, y sin camiseta. Ana, por su parte, estaba en braguitas y llevaba una camiseta corta holgada. Se dieron las buenas noches. Ana le agradeció una vez más a Juan haberle dejado quedarse en su casa a dormir ante el imprevisto que le había surgido. De nuevo, él volvió a repetirle que no le suponía ningún problema. Dicho esto, se hizo el silencio y ambos se dispusieron a dormir. Unos minutos después, Ana, que aún no se había dormido, se percató de algo. Había un bulto en el pantalón de Juan. Evidentemente, era una erección. La verdad es que Ana tenía muy buen cuerpo, y estaba muy sexy en braguitas. A Juan le gustaba Ana desde hacía tiempo, y Ana también le gustaba Juan. Le habría encantado abalanzarse sobre él y transformar aquella cama en escenario de lujuria y vicio. Pero Ana tenía novio. Deseaba fundirse con el cuerpo de Juan, pero no podía. Ojalá agradecerle con sexo el detalle de permitirle dormir en su casa. Consiguió reprimir sus instintos, pero aún así quería agradecer adecuadamente a Juan haberle dejado su cama y, además, no haber hecho el mínimo acercamiento sexual con ella a sabiendas de que tenía pareja. Un caballero y buen anfitrión. Se lo había ganado, así que Ana deslizó su mano por la cama hasta acariciar el pecho de Juan. Él se giró, mirándola extrañado. La mano de Ana fue bajando suavemente por su torso hasta colarse por dentro de su pantalón de deporte. Agarró la dura polla de Juan y empezó a masturbarle. Los dos estaban inmóviles en la cama, mirándose a los ojos. La paja iba aumentando de ritmo y la respiración de Juan cada vez era más agitada. Ana cada vez le masturbaba más rápido. Más y más. No paró hasta notar el semen espeso y caliente resbalando por su mano. Juan gimió y se retorció mientras se corría. Ana no paró de masturbarle hasta haberle sacado la última gota. Le excito muchísimo haber hecho a Juan correrse, aunque fuera una simple paja. Cuando acabó el orgasmo de Juan, la mano de Ana estaba totalmente pringada. Se acercó a Juan en la cama y le susurró al oído: Gracias.
sábado, 9 de abril de 2016
Chequeo manual
El tiempo parecía pasar más despacio de lo normal en aquella habitación. Me acababan de operar, y descansaba en el hospital. El aburrimiento hacía las horas más largas de lo normal. Por fin, alguien rompió la monotonía entrando en mi habitación. Era una enfermera. Era joven y guapa, con el pelo negro y liso, y los ojos azul claro.
- Hola, soy tu enfermera. Enseguida te daremos el alta, ¿cómo te encuentras?
- Bien.
- ¿Algún dolor o molestia?
- No.
La joven asintió con la cabeza y apuntó algo en la libreta que llevaba. Luego se acercó, rodeando mi cama hasta quedarse de pie a mi lado. Pasó los dedos por mi brazo, rozándolo ligeramente.
- ¿Hay algo que podamos hacer por ti?
- Estoy bien...
No me dí cuenta de que su mano resbalaba hacia la parte inferior de mi cuerpo hasta que noté sus cinco dedos cerrarse alrededor de mi miembro.
- ¿Seguro?
Me quedé sorprendido. Antes de que pudiera siquiera asimilarlo, la enfermera me había levantado la bata de hospital y acariciaba mi polla. Atónito, la miré. Ella me miró y me sonrió.
Aunque no comprendía la situación, no iba a ser tan tonto como para quejarme. Tras unos segundos, dejó la libreta a un lado y puso también la otra mano en la entrepierna. Sus manos tenían un tacto suave y realmente placentero. Con una me masajeaba el aun flácido pene y con la otra los huevos. Enseguida consiguió que mi polla se endureciera. Entonces se llevó las manos a la altura de la barbilla y dejó caer algo de saliva de su boca. Me agarró la polla con las dos manos, ahora ensalivadas, y empezó a masturbarme. Sus dos manos subían y bajaban resbalando por mi polla. Sus uñas pintadas de rojo daban un toque de color frente a todo lo demás. Por sus movimientos parecía como si me estuviera exprimiendo, pero la verdad es que era muy placentero.
La paja empezó a aumentar de velocidad. Cada vez más rápida. Cada vez más intensa. Tanto fue así que no pude evitar agarrarme a las sábanas y correrme explosivamente. La enfermera redujo la intensidad de la masturbación y para cuando acabé de correrme ya era casi un ligero masaje. Sacó entonces unos pañuelos de su bolsillo y me limpió. No se por qué, pero me resultó muy morboso ver a esa joven enfermera limpiando el semen de mi polla. Cuando estuve limpio sacó otros pañuelos y se limpió las manos, para luego volver a colocarme la bata. Tras esto, sin decir palabra, cogió su libreta y salió por la puerta.
Habían pasado unos minutos y yo seguía alucinando. Mi estado catatónico lo rompió de nuevo el sonido de la puerta abriéndose y dando paso a una mujer mayor.
- Hola, soy tu enfermera. Enseguida te daremos el alta, ¿cómo te encuentras?
jueves, 16 de octubre de 2014
Peli y paja
Después de cenar, los tres nos pusimos a ver una película. A mitad de ella, mi compañera se excusó con que tenía mucho sueño y se fue a su habitación a dormir. Nos quedamos Paula y yo solos en el sofá.
De vez en cuando me perdía trozos de la película porque la mirada se me iba a los pechos de Paula, que apenas cubría su pijama con tan poca tela. De hecho, creo que en algún momento me pilló mirándola, pero actuaba con normalidad. Con esas tetas, debía estar acostumbrada.
En la película apareció una escena de sexo. Aunque ya éramos mayorcitos, creo que a los dos nos incomodó ver una escena sexual solos sin apenas conocernos. De reojo vi como su mano izquierda instintivamente rozó su entrepierna y se posó en su ingle. Además, se mordía sensualmente un dedo de la otra mano, sin dejar de mirar la escena. Me estaba poniendo cada vez más cachondo.
viernes, 26 de julio de 2013
Lizz, la hermana de mi amigo
Lizz era una jovencita, de mi edad o algún año menos, de pelo largo, castaño y liso. Unos ojos marrones muy bonitos. Brillantes y apetecibles labios. Todo eso hacía de ella una preciosidad de mujer. Pero no solo era guapa, sino que además estaba buenísima. Tenía una esbelta figura que siempre aprovechaba para lucir con pantalones vaqueros cortos y tops pequeños y ajustados. Vestimenta que realzaba su culo muy bien puesto y sus tetas de tamaño considerable, además de dejar ver un reluciente piercing en el ombligo. Remataba con unas largas piernas entre las que muchos hombres deseaban poder estar. La guinda del pastel era el piercing que tenía en la lengua, le daba el toque final de morbo. Sin embargo, y pese a todo esto, esta chica la veía como vetada para mí, al ser la hermana de uno de mis mejores amigos.
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