Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí. Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso). Gracias.
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lunes, 26 de agosto de 2024

Tercera persona

 

El móvil vibró. Ella sonrió nada más abrir el mensaje. Contenía instrucciones y una hora. Tenía algo de tiempo, así que primero se dio una ducha para estar bien limpia para Él. Salió del baño ya seca, pero aún sin ropa. Esa era la primera instrucción.
"Desnúdate"
Se dirigió al dormitorio. Miró el reloj de la mesita de noche. Quedaban unos minutos para la hora indicada. Abrió el primer cajón de la mesita y sacó un antifaz. Se cubrió los ojos con él, cumpliendo así la segunda indicación.
"Ponte el antifaz"
Miró hacia la luz que entraba por la ventana, comprobando que no se colaba por ningún resquicio del antifaz. Se tumbó desnuda en la cama. Abrió los brazos y las piernas, exponiendo todo su cuerpo. Había cumplido la última indicación.
"Túmbate en la cama"
20.00h
Los últimos minutos se le habían hecho eternos. Esperando, excitada. Al fin, escuchó la puerta abrirse y cerrarse. Luego, unos pasos que cada vez sonaban más cerca, hasta llegar a la habitación. Pero había algo extraño. Oía más pisadas de lo esperado. No parecían pasos de una persona, sino de dos. Se confirmó cuando unos pasos se dirigieron a un lado de la cama y otros pasos al otro lado. Uno debía ser Él, pero ¿Quién era el otro? Ella tuvo que frenar el intensísimo deseo de retirarse el antifaz para descubrir quién era esa tercera persona. No solo no lo hizo, sino que no movió ni un músculo, manteniendo su cuerpo desnudo totalmente al descubierto para ellos. Sabía que eso era lo que Él querría. Segundos de silencio. Estarían admirando su desnudez. Finalmente, unas fuertes manos la agarraron y le dieron la vuelta en la cama, colocándola boca abajo. Luego le juntaron las muñecas, y sintió el familiar tacto de las esposas de cuero atando sus manos. La excitación creció. La cama se movió al posarse sobre ella el peso de otro cuerpo. Uno que se había colocado detrás de ella, entre sus piernas. Su inconfundible olor corporal le hizo humedecerse al instante. No había duda de que era Él. Eso la tranquilizó. Se relajó. Pero se tensó de nuevo al sentir dos dedos en su sexo. Juguetearon un rato. Luego, los dedos fueron sustituidos por algo más largo y grueso. Para entonces ella ya estaba muy mojada. Entró sin dificultad. Primero lento, con cautela. Se intensificó eventualmente. Un leve gruñido llegado desde un lado de la habitación le recordó que había alguien más con ellos. Y era un hombre. Eso la inquietó, pero también la excitó. Sobre todo la excitó. Imaginó a un hombre observándoles y masturbándose, mientras Él la poseía. Limitada de movimientos y privada uno de los sentidos. Excitada al sentirse vulnerable a los deseos de su amado y entregarle su cuerpo para su disfrute. Con los ojos tapados, todo le llegaba por sorpresa. Y con las manos atadas, no podía resistirse. Aunque tampoco quería hacerlo. Los gruñidos de Él la volvían loca. Los intermitentes gruñidos del tercer hombre eran un punto extra de excitación. Gemidos de dos hombres distintos estimulando sus oídos. Por momentos incluso deseaba que el segundo hombre se uniera a ellos, pero eso no era decisión suya. Llegó un fuerte gruñido desde la esquina y luego silencio. Lo tuvo claro: el otro ya había acabado. Él no se inmutó. Siguió sobre ella, penetrándola sin descanso. Unos cuantos gruñidos después, soltó un gran gruñido final acompañado de una explosión que la desbordó por dentro. Ella se quedó inmóvil. Sintió un beso en la frente. Luego, sonidos de cinturones abrochándose y pasos alejándose de la habitación. La puerta abriéndose y cerrándose. Se quitó el antifaz y se quedó un rato tumbada boca arriba, asimilando lo ocurrido con una sonrisa en la cara.


lunes, 10 de abril de 2023

Amigos anónimos



Licki estaba tan nerviosa como excitada. Aún no podía creer lo que estaban a punto de hacer, y eso que había sido idea suya. Surgió como una idea loca durante una noche de juegos de beber entre amigos, pero ahora estaba a punto de hacerse realidad. Las cuatro chicas se miraron entre sí. Todas tenían una sonrisilla nerviosa en sus rostros. Tras despedirse tímidamente de los chicos, se adentraron en el oscuro pasillo y se metieron aleatoriamente en las cabinas individuales.

Licki se encontró en una pequeña cabina escasamente iluminada por una tenue luz. Solo había cuatro paredes y un taburete. Bueno, y un agujero. Licki miró el agujero de la pared y se le aceleró el corazón. Eso que había visto en tantos vídeos y con lo que tanto había fantaseado, pese a no saber si algún día se atrevería a probarlo, al fin estaba allí para ella. Un agujero a la gloria. Se sentó en el taburete, frente al agujero. No le convenció la pose, así que apartó el taburete y se arrodilló en el suelo. Así mejor. Se recogió el precioso pelo rojo en una coleta. Ahora sí estaba preparada. La cabina contigua estaba tan oscura que no se podía ver nada. Licki pensó en lo que estaba a punto de hacer y se sintió un poco cerda, pero eso la puso aún más cachonda. Notó que su entrepierna empezaba a humedecerse y no pudo evitar deslizar la mano por dentro de sus pantalones, acariciándose.

Un ruido en la cabina contigua interrumpió su precalentamiento. Oyó la puerta abriéndose y cerrándose. Unos pasos. Un cinturón desabrochándose. Una bragueta bajándose. Licki conocía bien ese sonido, que siempre le provocaba que la boca se le hiciera agua. Se relamió ante lo que estaba a punto de llegar. Y al fin llegó. Por el agujero apareció de golpe una polla que quedó a escasos centímetros de su boca. Su olor le invadió las fosas nasales. Pese a estar flácida, la polla era de un tamaño considerable. Licki se sorprendió, pues no sabía que uno de sus amigos estuviera tan bien cargado. Se quedó unos segundos mirándola, con tremenda curiosidad por quién sería el dueño de esa herramienta, pero saberlo habría quitado la gracia de aquel “juego”.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Encuentro en el tren nocturno



A mis casi cuarenta años, soy un amante desaprovechado. Mi mujer, con la que llevo casado diez años, no se anima a nada más que la habitual postura del misionero. En mi mente ebullen ideas que nunca consigo llevar a cabo. O casi nunca.

Odio los viajes de trabajo. Siempre viajo solo y en tren, lo que se traduce en largas horas de trayecto en soledad, todo porque le sale más barato a mi compañía que enviarme en avión. Además, en ocasiones la vuelta a casa es a horas intempestivas. Sin embargo, cuando me toca viajar en un tren nocturno, hay una rutina que suelo repetir. Sobre las dos de la madrugada, me doy un paseo por los vacíos pasillos del tren, mientras los pasajeros duermen en sus compartimentos. Y esto lo hago desde que viví una experiencia única en uno de esos trenes nocturnos.

Habían sido un par de días horrorosos de trabajo en París, y encima aún tenía que rematar la faena escribiendo unos cuantos informes durante el viaje de vuelta. Se me hicieron las tantas trabajando en silencio en mi compartimento. Eran en torno a las dos de la madrugada cuando por fin terminé. Decidí hacer una visita al vagón restaurante para beber algo caliente antes de dormir. Caminé en silencio por el pasillo de uno y otro vagón, procurando no despertar a nadie. Cuando llegué al tercer vagón que debía cruzar, antes de abrir la puerta, me asomé por la pequeña ventana cuadrada y vi una silueta en la oscuridad.

Pegué mi cara al cristal y entrecerré los ojos para enfocar la vista. Sin duda era una mujer, inclinada hacia delante, mirando por la ventanilla. Por la silueta, era una mujer con buen cuerpo. Tenía el culo levantado, y me di cuenta de que lo movía lentamente, sensualmente. Las nubes se apartaron, dejando que la luz de la luna llena incidiera sobre el tren sin obstáculos. Gracias a eso pude ver bien a aquella mujer. Parecía algo más joven que yo, era sexy, guapa y vestía elegantemente. Iba maquillada y peinada como si estuviera en algún exclusivo evento. Mi mirada volvió a su culo, el cual seguía moviendo, y me llevé la increíble sorpresa de ver directamente su sexo al descubierto. No llevaba bragas y su estrecha falda era excesivamente corta. Su bonito coño relucía a la luz de la luna.

En ese momento, mi instinto más básico se apoderó de mí. Abrí la puerta despacio, sin hacer ruido, y una vez dentro del vagón de la mujer, caminé hacia ella con decisión, sin titubeos. Me coloqué detrás de ella y, sin siquiera dirigirle una sola palabra, comencé a acariciar su cuerpo. En el reflejo de la ventanilla divisé que se le dibujaba una sonrisa en el rostro. Motivado por ello, mis manos masajearon sus pechos, agarraron sus nalgas, recorrieron sus largas piernas vestidas con medias de rejilla… Pegué mi cuerpo al suyo para llegar a besarle el cuello, con lo que mi miembro se apretó contra su culo. Me embriagó su delicioso perfume, provocándome aún más excitación lo bien que olía. Al tocarla, noté que tampoco llevaba sujetador, así que mis manos no dudaron en colarse por dentro de su ropa para palpar bien sus senos y sus duros pezones. Mientras besaba su cuello y manoseaba su cuerpo, mi miembro fue endureciéndose en mi pantalón. Ella debió notarlo, pues tragó saliva y, acto seguido, meneó el culito rozándolo contra mi entrepierna.

Cuando mi polla alcanzó su máximo tamaño y dureza, mi cuerpo me pidió pasar al siguiente nivel. Bajé la cremallera del pantalón de mi traje, pues aún llevaba la vestimenta de trabajo. Dejó caer algo de saliva en mi mano y embadurno mi miembro con ella. Frotó mi glande contra el coñito de aquella mujer, el cual ya estaba chorreando. Sin embargo, apunté un poco más arriba y la clavé directamente en su culo. Con un golpe duro, seco y profundo, mi polla invadió el culo de aquella desconocida hasta que mis huevos golpearon su coño. Un excitante gemido se escapó de su boca. Un gemido de sorpresa y placer.

Mientras el resto de los pasajeros dormían, en el pasillo de aquel vagón, mi enorme polla se abría paso una y otra vez en el interior del culo de aquella preciosa desconocida. Su estrecho agujero era una delicia para mí. Los tacones que llevaba le elevaban el culo a la altura perfecta, así que yo solo la agarraba de la cintura y la embestía una y otra vez. Reprimíamos nuestros gemidos como podíamos, para no despertar a nadie, pero yo no me cortaba con mis movimientos. Estaba entregado plenamente a follármela a destajo, sin descanso y sin miramientos. Mis penetraciones eran continuas y rápidas, pero de vez en cuando me gustaba bajar el ritmo para propinar algún golpe duro y seco. Apoyar mi glande en la entrada de su culo y empujar con todas mis fuerzas hasta el fondo. Su culo me pertenecía en aquel momento.

No sé cuánto tiempo estuve dándole desde atrás en aquel vagón, pero en ningún momento ella se giró para mirarme. Miraba por la ventanilla y se dejaba hacer. Yo ni siquiera le dirigí la palabra. Sabíamos lo que queríamos y nos limitábamos a ello. Y así estuvimos hasta que no aguanté más. Hundí mi miembro todo lo que pude en su interior y me corrí abundantemente dentro de su culo. Descargué en ella toda mi corrida, hasta la última gota, mientras ella tensaba el cuerpo y respiraba forzadamente. Al acabar, saqué mi polla, me la volví a meter en el pantalón y continué mi camino hacia el vagón restaurante, dejando a la mujer inmóvil y jadeando en aquel vagón.

No volví a ver a esa mujer en ese viaje ni en ningún otro. O quizá sí, pues no creo que la reconociese. Cuando ocurrió aquello, el vagón estaba oscuro y en ningún momento nos miramos a la cara. Sin embargo, desde entonces, en cada tren nocturno en el que voy o vuelvo de París, siempre me paseo por los vagones hacia las dos de la madrugada, buscando de nuevo a una mujer esperándome mientras mira por la ventanilla y menea el culo.



Este relato está inspirado en "El tren y mi túnel", de mi amiga Candela, y está dedicado a ella.
Podéis leer su relato aquí: El tren y mi túnel


lunes, 14 de octubre de 2019

Microrrelato: La paja desconocida



Entré con la misma cautela de siempre. La sala estaba a oscuras. Lo suficiente como para no ver a nadie con claridad. Se distinguían unas pocas sombras en algunas butacas. Avancé con fingida naturalidad por el pasillo y me metí por una de las últimas filas. Me senté en un lugar centrado. Buscaba un sitio bastante aislado, y con el poco aforo de gente que había fue una tarea muy fácil. Me quité el sombrero, las gafas de sol y la bufanda. Apenas llevaba unos segundos sentado cuando la pantalla se iluminó levemente y comenzó la película. Como siempre, los nervios que sentía cada vez que iba al cine erótico, se me esfumaron de golpe en cuanto empezó la sesión y me abstraje del entorno. Mi excitación va aumentando mientras que los primeros minutos del filme tratan de dotar de algo de argumento a la historia. La actriz es impresionante, estoy deseando verla sin ropa. Aún no ha ocurrido nada y el bulto en mi pantalón ya empieza a crecer. La impaciencia crece en mí hasta que, por fin, la actriz rubia de grandes pechos se pone de rodillas y le baja la bragueta al actor. Sonrío, porque la felación es el acto sexual que más disfruto contemplando en una película porno. Tras una magnífica mamada en la que disfruto de cada segundo de filmación, los actores se desprenden de sus ropas y se lanzan a la cama. Tan absorto estaba yo observando a la actriz gozar a cuatro patas que me sobresalté al notar de repente una presencia a mi lado. Alguien se sentó justo en la butaca de al lado. Me giré, molesto e incrédulo por esa pequeña invasión de mi espacio cuando la sala estaba muy vacía, sin saber muy bien si pedirle que se alejara o alejarme yo. Pero, entonces, aquella persona se entreabrió la gabardina lo suficiente como para que, para mi sorpresa, yo pudiera ver un par de pechos femeninos con un bonito escote. El hecho de que fuese una mujer me puso nervioso y no supe cómo reaccionar. Miré su cara, pero entre la gabardina de cuello alto, las gafas de sol y el sombrero, solo pude discernir unos labios de mujer y un mechón de pelo castaño. Se recosté en el asiento y volví a mirar a la pantalla del cine. La actriz rubia ahora cabalgaba sobre el hombre. El movimiento circular de sus pechos me hipnotizó momentáneamente. Salí del trance de golpe al notar una caricia en mi pierna. Instintivamente, miré hacia abajó, y allí estaba la mano de la mujer, posada sobre mi pierna. La miré. Ella se llevó el dedo a la boca y me hizo un gesto de que guardara silencio, para luego señalar a la pantalla. Obediente, volví a mirar la película e intenté relajarme, pero fue mucho más difícil cuando noté que su mano pasaba a acariciar mi entrepierna. Tras unas breves caricias por encima del pantalón, me bajó la bragueta lentamente. Mis nervios aumentaron de golpe. Empecé incluso a sudar ligeramente. Metió la mano por la bragueta y sacó mi miembro, que para entonces ya estaba bien duro. Empezó a masturbarme suavemente. Yo no podía creérmelo. Mi mente ni siquiera se concentraba en la película porno a tamaño gigante que tenía delante. Me giré para mirar a la desconocida que me estaba masturbando. Vi que ella miraba la película y se mordía los labios con gesto de excitación, pero se dio cuenta de que intentaba verla mejor y usó su mano libre para girarme la cabeza hacia la pantalla. Me dio algo de rabia, ya que deseaba ver cómo era esta mujer, pero me resigné por no forzar la situación. La escena había cambiado. Ahora el actor y la actriz de antes se lo montaban con una segunda mujer en un tórrido trío sexual. Noté la excitación en la mujer de mi lado porque me pajeaba con más fuerza. Lo que al principio eran unas suaves caricias en mi miembro se habían convertido en una paja en toda regla. Me atreví a apoyar mi mano en su muslo y acercarla a su entrepierna, pero enseguida me la apartó de ahí. Decidí simplemente disfrutar de la película y la paja. Soltó mi polla por un momento, oí el sonido inconfundible de escupirse en la palma y, segundos después, su mano resbalaba de nuevo por mi miembro. Eché la cabeza hacía atrás presa del placer. Luego miré a mi alrededor. Veía sombras de cabezas en algunas butacas, pero la sala estaba lo suficientemente oscura como para pasar desapercibidos. Pasé unos minutos observando una preciosa escena en la que las dos actrices chupaban al mismo tiempo la polla del actor, mientras la mujer de mi lado seguía masturbándome. Qué cara de vicio tenían esas mujeres. Imaginé que una cara parecida debía estar poniendo la desconocida que se había entregado a darme placer. En cuanto conseguí relajarme y perder los nervios ante aquella situación, el orgasmo no tardó en llegar. Mi cuerpo tenso y mis movimientos inquietos pusieron sobre alerta a la mujer. Me agarré con fuerza a mi asiento, apreté los dientes y me corrí. La mujer me siguió masturbando mientras cubría mi glande con parte de su mano, y de esa forma los chorros de semen no salieron disparados. En lugar de eso, me corrí pringando su mano. Ella no se alteró lo más mínimo, sino que siguió pajeándome hasta que terminé de correrme. Finalmente, soltó mi polla, sacó un pañuelo con la otra mano y se limpió mi corrida. Antes de irse tuvo el detalle de dejar unos pañuelos en mi reposabrazos. Luego se levantó y salió de la sala con total naturalidad.


viernes, 12 de abril de 2019

Microrrelato: Gloryhole - Ella



Con gran incertidumbre, Natalia se metió en aquella cabina y cerró la puerta tras ella. Se encontró en un espacio reducido y oscuro. Empezó a dudar de si aquello era buena idea. En realidad, desde que se le ocurrió por primera vez, siempre había tenido algo de duda, pero el morbo por probar aquella experiencia había sido su impulso para animarse a ello. Poco a poco, su vista se fue acostumbrando a la oscuridad, hasta que consiguió discernir unos pequeños agujeros en las paredes. Eso era todo. Un pequeño habitáculo con una puerta hermética con pestillo y paredes negras. Dos de ellas, las que estaban enfrentadas, con un agujero a la altura de la cintura. Natalia sabía perfectamente para qué eran. Al fin y al cabo, para eso estaba ella allí. Se quedó de pie, sin saber qué hacer, fruto de su inexperiencia. Entonces le pareció oír un ruido en la cabina contigua. Se quedó inmóvil, esperando. Nada. Unos segundos más... Nada. Al fin, de repente, por uno de los agujeros apareció un miembro masculino flácido. A Natalia se le aceleró el corazón. Le pareció un miembro bonito, bien afeitado, apetecible, delicioso. Tardó un poco en reaccionar. Luego se arrodilló con cuidado en el suelo, frente al agujero ahora ocupado. Aquella polla desconocida quedó a escasos centímetros de su cara. Notó que se ponía cachonda. Incluso el olor le ponía cachonda. No era de gran tamaño, pero era un pene bonito. No sabía por qué, pero deseaba tener esa polla en la boca. Se relamió. Tuvo un último instante de duda, pero su obsesión con el sexo oral era superior a todo. Tragó salvia y tiró para delante. Sacó la lengua, la apoyó en los huevos y relamió hacia arriba recorriendo toda la polla hasta la punta del glande. Escuchó un suspiro proveniente de la cabina contigua. Siguió lamiendo aquel miembro desconocido. Unas cuantas lamidas más fueron suficientes para que Natalia se relajara y comenzara a disfrutar plenamente del momento. Y así, ni corta ni perezosa, rodeó la polla con sus labios y la engulló. Subió y bajó friccionando el tronco con sus labios y jugueteando con la lengua por dentro de su boca. Notó cómo poco a poco la polla se fue endureciendo en su boca y acabó llenándola por completo. A Natalia le encantaba eso, notar una polla engrandecerse mientras la chupaba. Dejándose llevar por su instinto, Natalia miró hacia arriba buscando los ojos del hombre, pero se encontró con la pared. Sabía de la importancia del contacto visual, además de excitarle ver la cara de placer del recibidor de la mamada. Sin embargo, el morbo del anonimato era la experiencia que había ido a buscar. Mientras chupaba, se le venían a la cabeza las infinitas posibilidades de cómo podría ser el hombre al que estaba deleitando con su boca. Por el aspecto de su polla, pensó que debía ser alguien joven, pero era la única pista que tenía. Le ponía cachonda pensar que se la estaba chupando a un desconocido cualquiera, simplemente por vicio, y que seguramente nunca sabría quién era. Una vez duro del todo, el miembro resultó ser más grande de lo que parecía cuando estaba flácido, pero aun así no era ningún obstáculo para Natalia. Su amor por las felaciones le había hecho tener mucha experiencia de rodillas, así que muy grande tenía que ser un pene para no caberle en la boca. Con algo de esfuerzo, pero sin excesiva dificultad, Natalia conseguía alojar todo el miembro en su garganta, hasta notar su labio inferior rozar los huevos. Llegaba a tragársela entera, y una vez ahí podía aguantar unos segundos. Cada vez que lo hacía, oía suaves gemidos de placer a través del agujero. Por su parte, ella estaba muy mojada. Toda aquella situación la excitaba demasiado. Pese a que le gustaba usar todos sus recursos para hacer una buena mamada, inevitablemente una de sus manos se le iba de vez en cuando a la entrepierna, acariciándose por debajo de la falda. Percibió que el hombre iba a correrse en cualquier momento. Aumentó el ritmo de la felación buscando su orgasmo hasta que, sin previo aviso, chorretones de semen la invadieron. Lejos de amedrentarse, siguió chupando con fuerza mientras la corrida inundaba su boca. Tragó todo lo que pudo, pero la eyaculación era cuantiosa. Le caía de la boca, resbalando por su barbilla y goteando en el escote de su blusa. Sintió el líquido caliente colándose entre sus tetas. No paró de chupar hasta que cesó la eyaculación. Natalia cogió aire y se quedó mirando la polla goteando sus babas. Lamió y succionó las últimas gotas de esperma antes de dar por concluida la mamada. El miembro despareció por el agujero. Natalia se quedó arrodillada, con semen colgando de su barbilla, tocándose con la mano por dentro de las bragas mientras pensando en lo zorra que se sentía al haberse tragado la corrida de un completo desconocido. Entonces oyó algo a sus espaldas. Se giró y descubrió que otra polla había aparecido en el agujero de la otra pared. Una sonrisa apareció en la cara de Natalia.



Lee la versión desde el otro lado de la cabina: Gloryhole - Él

domingo, 24 de marzo de 2019

Microrrelato: Gloryhole - Él



Por un lado, estaba nervioso e inseguro. Por otro, la situación era muy excitante. Estaba a un paso de vivir una experiencia muy morbosa. Con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos, miraba el agujero en la pared sin estar del todo convencido. Tras unos minutos de duda, finalmente me lancé. Me pegué a la pared y metí mi miembro por el agujero. Mis nervios iban en aumento. Me quedé inmóvil. No pasaba nada. Pasaron unos segundos y seguía sin pasar nada. Estaba empezando a dudar de nuevo cuando, de repente, me dio un vuelco el corazón al notar una húmeda lengua recorrer mi polla desde los huevos hasta el glande. Me dio hasta un escalofrío. Después de ese lametón vinieron unos cuantos más. Unos finos labios de mujer envolvieron mi miembro. Primero solo cubrían mi glande, pero luego bajaron lentamente, y aliento húmedo y caliente de una boca fue engullendo mi polla. Esos labios suaves me producían un gran placer con su fricción. Subiendo y bajando. Mi miembro, al principio fláccido, creció rápidamente en su boca, hasta endurecerse al máximo. Notaba los labios bajando cada vez más. Cada vez era mayor la cantidad de mí que notaba en el interior de su boca. Así hasta que llegó a hacer tope. Hasta que llegué a notar el labio superior rozando mi zona púbica y el inferior tocando mis huevos. La misteriosa mujer debía tener muy controlada la habilidad de respirar por la nariz, porque fue capaz de aguantar la situación durante largos segundos. Cuando cogía aire aprovechaba para juguetear con la lengua, lamiendo todo lo que tenía a su alcance. Lamía la polla de arriba a abajo y también le dedicaba tiempo a los huevos. Después volvía a la carga. Me daba morbo no saber cómo era la mujer que estaba al otro lado de esa pared, en la cabina contigua. Podía ser joven, madura, soltera, casada, alta, baja, nórdica, latina, pija, punky, con más o menos curvas, rubia, morena, pelirroja... incluso rapada. Era excitante pensar que una mujer cualquiera había entrado allí para satisfacer su antojo oral con el miembro de un desconocido. Que ponía todo su ímpetu en regalar un orgasmo a un hombre que nunca conocería. No sabía cómo era ella, pero lo que sabía seguro es que no era la primera mamada que hacía. Me estaba encantando. Mi única aportación era quedarme quieto, dejando mi pene a merced de otra persona. Lo único que se oía era el sonido de chupeteo que acompañaba la mamada. Poco a poco esa boca desconocida me iba acercando al orgasmo. Debió de notarlo porque aumentó el ritmo de la felación. Aguanté todo lo que pude pero no sirvió para mucho. Apreté todos los músculos de mi cuerpo y exploté. Noté con mucho placer cómo eyaculaba cuantiosamente en el interior de su boca. Ella no se detuvo en ningún momento. Siguió chupando con las mismas ganas mientras mi corrida inundaba su boca. Y así estuvo hasta que se aseguró de que había dejado de correrme. Mi polla salió de su boca y quedó colgando, goteando babas. Me quedé quieto, por si decidía hacer algo más. Me salió bien porque enseguida noté su lengua relamiendo los restos de semen de mi miembro. Luego sus labios se posaron en mi glande y una succión se llevó consigo las últimas gotas que me quedaban. Tras cerciorarme de que la mamada había terminado definitivamente, me limpié con unos pañuelos, me vestí de nuevo y me fui a casa imaginando qué tipo de mujer habría sido la que tanto placer me había proporcionado con su boca.



Lee la versión desde el otro lado de la cabina: Gloryhole - Ella


lunes, 16 de julio de 2018

Lenguas en la oscuridad



La habitación estaba en la más absoluta oscuridad. Todo era negro. No era capaz de distinguir ni lo más mínimo los bordes de los muebles que suponía yo que habría en ese cuarto. Por esta razón, me costó comenzar a andar, pero finalmente me aventuré. Di pasos cortos y lentos para evitar cualquier golpe. Avancé muy lentamente entre las sombras hasta que el tacto de una mano en mi hombro me detuvo. El repentino contacto me asustó en un principio, pero en seguida conseguí controlar mis pulsaciones. Me detuve de pie en medio de la oscuridad. A la mano posada en mi hombro izquierdo se sumó otra en el hombro derecho. Por el tacto de los dedos noté que ese alguien estaba detrás de mí, pero aún así no me giré. No sabía cómo comportarme y lo único que se me ocurría era esperar a ver qué pasaba.

Aquellas desconocidas manos me quitaron la camiseta con delicadeza. Al acariciar mi torso ahora desnudo, noté la suavidad de las manos y estuve casi seguro de que se trataba de una mujer. Mis sospechas se confirmaron cuando noté los pechos desnudos de esa mujer tocando mi espalda. Noté incluso sus pezones duros. Después de unas pocas caricias, las manos se dirigieron a mi cinturón y lo desabrocharon. El primero sonido que se oyó en aquella habitación fue el de mis pantalones cayendo al suelo. Las manos acariciaron mi entrepierna por encima de mis bóxers, para luego colarse por dentro y agarrar mi polla. Me masajeaba el miembro con dulzura, lentamente, casi diría que con cariño incluso. Lo que empezó como caricias siguió como sacudidas. Seguía siendo con delicadeza, pero ya era una paja en toda regla. Se detuvo para quitarme también los calzoncillos, que bajaron hasta encontrarse con mi pantalón, pero después dejé de notar las manos en mi cuerpo.

Pasaron unos segundos en los que me quedé inmóvil deseando volver a notar esas manos suaves. Sin embargo, lo que noté fue incluso mejor. Una lengua comenzó a jugar con mi glande, haciendo círculos. Me puse tenso. La lengua fue recorriendo mi miembro por todos sus rincones, incluyendo por supuesto los huevos, con los que también se entretuvo.

lunes, 20 de abril de 2015

El agujero de Andrea



Pablo y sus amigos se acercaron a una de las mesas grandes de la cafetería. En ella había dos chicas sentadas, Andrea y su amiga. La mesa era suficientemente grande como para sentarse dos grupos de personas sin molestarse unos a otros, sin embargo Andrea no lo veía así.
 - Eh, raritos, está ocupado. - Dijo en tono burlón.
Los chicos, tímidos como siempre, no dijeron nada y se buscaron otra mesa.

Andrea, Pablo y sus respectivos amigos iban todos a la misma clase en la universidad, y de ahí se conocían. Realmente su relación iba poco más allá de saber quienes son. Andrea era muy guapa y tenía un cuerpazo, y como ocurre en muchos casos así, eso se le subía a la cabeza y le hacía mirar a los demás por encima del hombro. Básicamente era muy creída. Era una tía buena pero una zorra. A Pablo y sus amigos nunca les ha dirigido la palabra en tono amistoso, siempre despectivamente. Solía vestir con buen escote para lucir su prominente delantera, y cuanta menos ropa mejor. Tenía un bonito pelo castaño ondulado que hacía juego con sus ojos.

Más tarde ese mismo día, en el descanso de una de las clases, a Pablo se le escapó una furtiva e involuntaria mirada al escote de Andrea, con tan mala suerte que ella se dio cuenta.
 - ¡¿Qué haces mirándome las tetas, pervertido?!
Pablo bajo la mirada al suelo, sonrojado. Oía las risitas de las amigas de Andrea.
 - Seguro que luego se la casca y todo, qué asco...
La verdad es que Andrea había sido la protagonista de sus fantasías y de las de sus amigos en alguna ocasión.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Regalo de cumpleaños anónimo



Llego a casa por la noche, abro la puerta y me encuentro con seis jovencitas ligeras de ropa tiradas en el suelo y los sofás, chismorreando y riendo. Era mi compañera de piso y cinco chicas más. Todas en shorts cómodos y camiseta corta. La verdad es que me sentí un poco incómodo ante tal situación.
- Hola Juan. Éstas son unas amigas, no te importa que se queden a dormir, ¿no? No haremos ruido. Y entre la habitación que hay libre, la mía y los sofás, no hay problema de espacio. - Dijo mi compañera de piso al darse cuenta de que había llegado.
- Hola. No, tranquila, no hay ningún problema.

Mi compañera era una chica medianamente atractiva. No era un pibón, pero no estaba mal. Entre nosotros no había nada sexual pero sí mucha confianza. Ella ya se había paseado alguna vez por la casa en bragas sin importarle que estuviera yo, y alguna noche la había oído gemir y decir guarrerías cuando traía algún chico a casa. Lejos de avergonzarle, a la mañana siguiente me contaba los mejores detalles.

De las otras cinco había tres morenas, una rubia y una de pelo castaño. Una de las morenas tenía una impresionante delantera. Con esa camiseta corta y ajustada se notaba que no llevaba sujetador, e incluso se le marcaban ligeramente los pezones. Otra morena estaba tumbada boca abajo en la alfombra, y le salía un culo respingón increíble, apenas cubierto por los shorts. La última morena no la vi muy bien, ya que estaba sentada en el sofa de espaldas a mí, pero su rostro era precioso. La rubia tenía un pelo muy bonito, y unos ojos claros que me enamoraron al posarse en los míos. Sus pechos eran de tamaño medio pero redonditos y de buen ver. Su camiseta era más corta que la del resto y dejaba el ombligo al aire, luciendo un brillante piercing. Y la quinta chica tenía su pelo castaño recogido en una coleta. Sus tetas también eran grandes. Estaba sentada en el suelo de espaldas a mí, y eso me permitió ver un seductor tanga morado asomando por su pantaloncito. Cinco tías buenas medio desnudas en mi salón.
- Nos ha dicho que hoy es tu cumpleños... - Comentó felizmente una de las morenas.
Yo asentí sonriente. Las cinco chicas me felicitaron al unísono mientras mi compañera de piso sonreía, ella ya me había felicitado por la mañana.
- Gracias a todas. - Dije sonriendo como un niño. - Ahora me voy a dormir que llego cansadísimo.
Nos despedimos y me metí en mi habitación. Una vez acostado oía las risitas de las chicas y susurros ininteligibles. Sin embargo estaba realmente cansado y no me molestó en absoluto para dormirme, lo cual sucedió a los pocos minutos.

martes, 6 de mayo de 2014

Sexo anónimo en la montaña



Dado el estrés al que estamos acostumbrados en la sociedad actual, de vez en cuando me gusta escaparme a la montaña para respirar aire puro, aclarar mis ideas y descansar del ajetreo de la ciudad. Siempre que puedo hago alguna escapada con amigos o novia, en caso de tenerla, pero si no es posible y realmente lo necesito no tengo ningún problema en irme un par de días a la montaña yo solo.

Tras una larga y dura semana en el trabajo, estaba deseando que llegara el fin de semana para una de mis escapadas. En principio iría con dos amigos, pero en el último momento les surgió algo y me tuve que ir solo. De todas formas, eso no suponía ningún problema para mí, y no iba a ser la primera vez.

El viernes por fin cogí mi mochila, me subí al coche y salí a la montaña. Dejé el coche en un parking bajo la montaña y empecé la aventura. Lucía el sol y las vistas eran inmejorables. Caminé casi toda la tarde por los bonitos paisajes parando solo a tomar un tentempié. Al acercarse la noche ya estaba cansado y encontré un lugar bastante llano donde poder montar la tienda y pasar la noche. Conseguí montarlo todo antes de que se fuera la luz solar, y me dispuse a hacer la cena.