Mía estaba más que acostumbrada a estar a cuatro patas, pero no tanto a que fuera subida a un potro, y menos con las manos atadas a la parte delantera. Estaba ansiosa por descubrir todas las formas posibles de usar tal aparato con L, además del aparato de L. Ver cómo se acercaba a ella con el miembro duro y una sonrisa en la cara la puso a mil. Si no hubiera estado atada al potro, se habría abalanzado sobre él. Pero esta vez estaba entregada a sus juegos perversos. Lo primero que hizo él fue posicionarse delante de ella, quedando el miembro a centímetros de su cara. La boca de Mía se abrió automáticamente. Sacó la lengua al máximo hasta conseguir lamer su glande, pero no llegaba a más. Miró hacia arriba a L con ojitos suplicantes. Con un suave movimiento de pelvis, L accedió a los deseos de Mía, introduciendo el miembro entre sus tiernos labios. Mía lo recibió en la boca con gusto, saboreándole, aportándole la calidez húmeda tan placentera de su boca, y estimulándole con su juguetona lengua. Mía también estaba más que acostumbrada a usar su boca, pero con las manos atadas y L agarrándole del pelo, era más bien él quien usaba su boca. L controlaba el ritmo y la profundidad. Mía la recibía en su garganta, salivaba por delante y chorreaba por detrás...
Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí.
Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso).
Gracias.
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martes, 18 de febrero de 2025
lunes, 26 de agosto de 2024
Tercera persona
El móvil vibró. Ella sonrió nada más abrir el mensaje. Contenía instrucciones y una hora. Tenía algo de tiempo, así que primero se dio una ducha para estar bien limpia para Él. Salió del baño ya seca, pero aún sin ropa. Esa era la primera instrucción.
"Desnúdate"
Se dirigió al dormitorio. Miró el reloj de la mesita de noche. Quedaban unos minutos para la hora indicada. Abrió el primer cajón de la mesita y sacó un antifaz. Se cubrió los ojos con él, cumpliendo así la segunda indicación.
"Ponte el antifaz"
Miró hacia la luz que entraba por la ventana, comprobando que no se colaba por ningún resquicio del antifaz. Se tumbó desnuda en la cama. Abrió los brazos y las piernas, exponiendo todo su cuerpo. Había cumplido la última indicación.
"Túmbate en la cama"
20.00h
Los últimos minutos se le habían hecho eternos. Esperando, excitada. Al fin, escuchó la puerta abrirse y cerrarse. Luego, unos pasos que cada vez sonaban más cerca, hasta llegar a la habitación. Pero había algo extraño. Oía más pisadas de lo esperado. No parecían pasos de una persona, sino de dos. Se confirmó cuando unos pasos se dirigieron a un lado de la cama y otros pasos al otro lado. Uno debía ser Él, pero ¿Quién era el otro? Ella tuvo que frenar el intensísimo deseo de retirarse el antifaz para descubrir quién era esa tercera persona. No solo no lo hizo, sino que no movió ni un músculo, manteniendo su cuerpo desnudo totalmente al descubierto para ellos. Sabía que eso era lo que Él querría. Segundos de silencio. Estarían admirando su desnudez. Finalmente, unas fuertes manos la agarraron y le dieron la vuelta en la cama, colocándola boca abajo. Luego le juntaron las muñecas, y sintió el familiar tacto de las esposas de cuero atando sus manos. La excitación creció. La cama se movió al posarse sobre ella el peso de otro cuerpo. Uno que se había colocado detrás de ella, entre sus piernas. Su inconfundible olor corporal le hizo humedecerse al instante. No había duda de que era Él. Eso la tranquilizó. Se relajó. Pero se tensó de nuevo al sentir dos dedos en su sexo. Juguetearon un rato. Luego, los dedos fueron sustituidos por algo más largo y grueso. Para entonces ella ya estaba muy mojada. Entró sin dificultad. Primero lento, con cautela. Se intensificó eventualmente. Un leve gruñido llegado desde un lado de la habitación le recordó que había alguien más con ellos. Y era un hombre. Eso la inquietó, pero también la excitó. Sobre todo la excitó. Imaginó a un hombre observándoles y masturbándose, mientras Él la poseía. Limitada de movimientos y privada uno de los sentidos. Excitada al sentirse vulnerable a los deseos de su amado y entregarle su cuerpo para su disfrute. Con los ojos tapados, todo le llegaba por sorpresa. Y con las manos atadas, no podía resistirse. Aunque tampoco quería hacerlo. Los gruñidos de Él la volvían loca. Los intermitentes gruñidos del tercer hombre eran un punto extra de excitación. Gemidos de dos hombres distintos estimulando sus oídos. Por momentos incluso deseaba que el segundo hombre se uniera a ellos, pero eso no era decisión suya. Llegó un fuerte gruñido desde la esquina y luego silencio. Lo tuvo claro: el otro ya había acabado. Él no se inmutó. Siguió sobre ella, penetrándola sin descanso. Unos cuantos gruñidos después, soltó un gran gruñido final acompañado de una explosión que la desbordó por dentro. Ella se quedó inmóvil. Sintió un beso en la frente. Luego, sonidos de cinturones abrochándose y pasos alejándose de la habitación. La puerta abriéndose y cerrándose. Se quitó el antifaz y se quedó un rato tumbada boca arriba, asimilando lo ocurrido con una sonrisa en la cara.
lunes, 3 de febrero de 2020
Escándalo público
Ángela y Carlos salieron del local a toda prisa y sin
quitarse las manos de encima el uno del otro. Avanzaban calle abajo sin
soltarse ni por un momento. Carlos acariciaba el firme culo de Ángela, deseando
llegar a casa para hacerlo suyo. Solo se detenían para besuquearse
lascivamente.
- ¿Falta mucho para llegar a tu casa? - Preguntó
Ángela tras unos cinco minutos de caminata.
- Está cerca.
Pero la excitación se había apoderado de ella. Después de
un buen rato bailando juntos al ritmo de una música sensual, con sus roces,
caricias y miradas, Ángela estaba demasiado caliente. No podía esperar más. Se
detuvo para besar a Carlos de nuevo. Esta vez, casi inconscientemente, deslizó
la mano por dentro de su pantalón y acarició su miembro, el cual ya estaba un
poco duro. En cuanto hizo contacto con la suave piel de sus dedos, la dureza
aumentó hasta la completa erección. Notar la endurecida polla de Carlos fue la
gota que colmó el vaso de la excitación de Ángela.
- Yo no aguanto más. - Dijo entre jadeos.
Acto seguido empujó a Carlos hacia un callejón. Se
adentraron en él entre risas, en las que se percibía claramente la tensión
sexual.
En cuanto llegaron al final del callejón sin salida, Ángela
se lanzó rápidamente al suelo, sin tiempo que perder. Bajó la bragueta del
pantalón de Carlos, metió la mano y sacó su polla. Un segundo después la tenía
en su boca. "Mmmm..." se le oyó a Ángela. Un sonido de claro deleite
que denotaba las ganas que tenía de comérsela. Carlos emitió el mismo sonido al
notar la calidez de su boca alrededor de la polla y su húmeda lengua
acariciándola. Apoyó la espalda en la pared que tenía detrás y disfrutó de la
maravillosa mamada de Ángela, la cual solo duró un par de minutos, ya que
estaban deseosos por pasar a mayores.
- Qué bien lo haces... - Le dijo Carlos.
- Fóllame ya... - Fue su contestación.
Ángela se levantó y se apoyó en la pared. Carlos se puso
detrás de ella. Levantó su vestido, apartó su tanga a un lado y se la metió.
Ángela gimió de placer. Empezaron los vaivenes. La polla de Carlos invadiendo a
Ángela una y otra vez. Follando ocultos en la oscuridad nocturna de aquel
callejón. De repente, se oyó el rugir de un motor y apareció un coche en la
entrada al callejón.
Para su horror, vieron que el coche giraba y se metía en el
callejón. Y eso no era todo, además era un coche de policía. En cuanto el coche
entró en el callejón, las luces de los faros iluminaron los cuerpos de Ángela y
Carlos, que se habían quedado inmóviles, sin saber cómo reaccionar, ya que no
había dónde esconderse. Se separaron de golpe y se colocaron la ropa. El coche
se detuvo frente a ellos. Se apagaron los focos y salió un agente de policía
del coche con una linterna en la mano.
-
Señores, ¿acaso no
tienen ustedes casa para hacer estas cosas?
La luz de la linterna recorrió el cuerpo de Ángela desde
sus tobillos hasta su cara, parando más de la cuenta en su pronunciado escote.
Ese repaso que le dio el policía encendió aún más a Ángela, que aún seguía
cachonda. No supo por qué lo hizo, quizá a causa del alcohol en sangre, pero
Ángela puso su mano en la entrepierna del policía. Sorprendido, el agente la
miró fijamente unos segundos, durante los cuales la mano de Ángela no se apartó
de su paquete. Luego miró a Carlos.
-
Largo.
-
Pero… - Titubeó
Carlos.
-
Largo o duermes en el
calabozo.
Carlos miró a Ángela, que le sonrió. Se abrochó bien el
pantalón y caminó cabizbajo hasta desaparecer.
domingo, 12 de enero de 2020
Microrrelato: Bienvenido a casa
Llegué a casa cansadísimo del trabajo. Había sido un día muy duro. Cerré la puerta, dejé mis cosas en la mesita del recibidor y entré al salón resoplando. Allí me encontré a Marta. Estaba desnuda y arrodillada en el suelo. Tenía el rostro serio y la mirada fija en mí. Me quité la chaqueta del traje y la dejé sobre una silla. Luego caminé despacio hacía ella, disfrutando de este momento previo de tensión sexual y excitación. Llegué hasta ella y la observé desde arriba. Marta no apartaba sus ojos de los míos. Acaricié su pelo con ternura. Ella abrió la boca lentamente, para luego sacar la lengua. Sonreí. Bajé la bragueta del pantalón y saqué mi miembro. Acaricié la mejilla de Marta con la punta de mi glande. Suavemente. Le di un par de golpecitos en su húmeda lengua, flojito, con dulzura. Moví la pelvis hacia delante y puse mis huevos sobre su lengua, en su boca abierta. Marta empezó lamiéndome los huevos para poco después ya comérmelos en toda regla. Mi polla se fue endureciendo frente a sus ojos. Sabía que eso le ponía cachonda. Casi podía oler sus flujos resbalando por su entrepierna. Mi polla, ya algo endurecida, descansaba sobre su cara mientras mis huevos seguían en su boca. Me recreé observando esa imagen. Toda una delicia. Con la polla ya completamente dura, saqué mis huevos de su boca. Marta se quedó con la boca abierta y la lengua fuera. Mirándome. Ofreciéndose como objeto sexual para mí. Apoyé la punta de mi polla en su lengua y fue metiéndola poco a poco en su boca hasta que mis huevos tocaron su barbilla. La mantuve unos segundos. Una lágrima brotó de uno de los ojos de Marta y resbaló por su mejilla. Luego la saqué igual de lentamente. A Marta se le escaparon unas toses, pero enseguida volvía a estar en su posición habitual con la boca abierta. Volvía a meterla toda en su boca, esta vez más rápido. Y cada vez más rápido. En un abrir y cerrar de ojos estaba agarrando a Marta del pelo con fuerza mientras mis huevos rebotaban furiosamente contra su barbilla. Podía incluso notar la punta de mi polla rascando el fondo de su garganta cada vez que la metía hasta el fondo. Tras un buen número de embestidas bucales solté de pronto a Marta. Tosió y respiró hondo, recuperando el aire que le había estado faltando. Miró de nuevo hacia arriba y vi sus ojos llorosos brillando de excitación. Atisbé una ligera sonrisa en su rostro, pero enseguida volvió a adoptar un semblante serio. La saliva le resbalaba por la barbilla, formando algunos hilillos de babas colgando, pero también bajando por su cuello hasta mojar sus tetas. Golpeé la cara de Marta con mi polla dura y babeada. Golpes fuertes, nada que ver con los suaves golpecitos del principio. Ahora estaba demasiado cachondo y fuera de mí como para contenerme. Y me encantaba golpear la preciosa cara de Marta con mi polla. Sabía que a ella también le encantaba. Fueron unos pocos segundos de descanso y enseguida estaba otra vez follándome su boca. Agarrándola del pelo para que mis duras penetraciones en su boca no le hicieran perder el equilibrio. Me estaba sirviendo mucho de desahogo tras un día de mierda, pero no era suficiente. Clavé mi polla en la garganta de Marta y empujé su cabeza con fuerza contra mi entrepierna. Su nariz se clavaba en mi zona púbica. Sus ojos en los míos pidiendo clemencia. Hice a Marta aguantar unos cuantos segundos así. Sabía que ella era capaz. Y finalmente la solté de nuevo. "Arriba", dije con seriedad, sin dejarla apenas tiempo para respirar. Ella obedeció. Señalé la mesa del comedor. Marta fue hasta ella y se inclinó hasta tumbar la parte superior de su cuerpo, aplastando sus tetas en la mesa y dejando el culo a punto de caramelo. Luego abrió las piernas mandándome una señal de que ya estaba lista. Me puse detrás de ella. Apoyé la punta de mi polla en su ano y empujé hasta meterla por completo en su culo. Marta apretó los dientes. Me quedé inmóvil unos segundos, dentro de Marta, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la invasión. Después, al igual que había hecho antes con su boca, fui metiéndola y sacándola de su culo cada vez más rápido. Su estrecho agujero friccionaba deliciosamente con mi miembro, provocándome un gran placer. La mesa temblaba con cada embestida. Mis pelotas golpeaban violentamente su coño cada vez que mi polla entraba hasta el fondo. Cuando dejaba descansar mi miembro en su interior, notaba en mis huevos el húmedo calor irradiando de su coño. La penetré analmente con dureza una y otra vez, descargando todo mi estrés del día con Marta. No me detuve hasta que, finalmente, saqué mi polla de su culo justo en el momento en que me iba a correr. Descargué mi corrida sobre su culo enrojecido. Algunos chorros de semen salieron con más fuerza y cayeron en su espalda. Marta jadeaba intensamente mientras eyaculaba en su cuerpo. Acabé de correrme y restregué mi glande por su nalga, limpiándome las últimas gotas de semen en su piel. Ya mucho más relajado, y sin dirigir palabra a Marta, me fui directo a la ducha.
jueves, 6 de junio de 2019
Microrrelato: Ducha mañanera
Se despertó con el miembro duro como una roca. Se desperezó y se acarició la erección matutina. Tirado en la cama, oyó el lejano sonido de la ducha. Se levantó y caminó somnoliento por el pasillo hasta llegar al cuarto de baño. Al entrar, se encontró con ella en la ducha. La visión de ella desnuda bajo la ducha, enjabonándose su perfecto cuerpo mojado, no hizo sino endurecerle aún más. Sin decir nada, se quitó el pijama y se metió en la ducha con ella. Le dio los buenos días con un azote en el culo que salpicó las paredes. Ella dio un pequeño brinco por el susto, al no haberse dado cuenta de que él se había metido en la ducha. Luego sonrió.
- Buenos días. - Le saludó ella.
No le contestó, sino que directamente agarró sus tetas enjabonadas y le plantó un furioso beso con lengua. Ella notó su dura polla rozando su pierna. Tras un breve pero intenso beso, él le dio la vuelta furiosamente, para ponerla contra la mampara de la ducha. Aprisionada contra el cristal, notó cómo él le separaba las piernas, la agarraba de la cintura y, finalmente, se la metía bien dentro. Apoyada contra la mampara, se dejó follar por él a su antojo. Caía el agua sobre ellos mientras notaba su dura polla entrando y saliendo de su interior. Los pezones clavados en el cristal, donde, algo más arriba, su aliento lo empañaba. Él se había despertado bruto. Solo gemía, sujetaba su cintura y la embestía sin parar. El choque de cuerpos salpicaba por todo el cuarto de baño. Durante una breve parada de pocos segundos para coger aire, ella se intentó girar para besarle. Sin permitírselo, él volvió a ponerla contra la mampara y siguió follándosela. Tenía una gran energía para acabar de despertarse. Se la folló hasta estar a punto de correrse. Tras un par de profundas penetraciones, sacó finalmente la polla de su coño y se empezó a masturbar. Ella se deslizó suavemente, resbalando hasta quedar tumbada en la bañera, debajo de él. Desde ahí abajo, vio cómo él se masturbaba con fuerza apuntando hacia ella. Chorros de semen llovieron sobre ella. La corrida salpicó casi todo su cuerpo, especialmente las tetas. Cuando dejó de eyacular, se inclinó en la bañera y metió su polla en la boca de ella, forzándola hasta el fondo de su garganta. Ella succionó como pudo, encargándose de las últimas gotas de semen. Ya satisfecho, él se levantó, se puso una toalla y se fue a desayunar, dejándola en la bañera, manchada de corrida, con necesidad de una nueva ducha.
martes, 21 de mayo de 2019
Microrrelato: Regalo Anal
jueves, 16 de mayo de 2019
A sus órdenes
Era media tarde cuando el sargento irrumpió en las duchas del campamento militar. Lo único que se oía era el agua caer de una de las duchas. El sargento se quedó parado en mitad de la estancia.
- ¡Cabo Cabrera! - Gritó.
El sonido de la ducha cesó al momento. Entre el vaho que inundaba el lugar, apareció la esbelta figura de una mujer caminando con paso firme. Se plantó frente al sargento sin siquiera preocuparse de cubrirse con la toalla que colgaba de la percha. Su cuerpo desnudo y mojado se erguía rígido frente a él. Su mirada seria demostraba seguridad y disciplina. Pese la falta de ropa, los ojos del sargento no se despegaron de los de la cabo.
- Vístase y preséntese en mi tienda de inmediato.
- ¡Sí, señor! - Cabrera acompañó sus palabras con el saludo militar. - Para lo que usted necesite, señor.
En cuanto se giró el sargento para abandonar las duchas, apareció una sonrisa cómplice en la cara de Cabrera. Sabía para qué le reclamaba en su tienda. Se excitó solo de pensarlo.
En un santiamén se presentó la cabo en la tienda de su superior. Era una tienda algo más "sofisticada" que las de los rangos inferiores, con algo más de mobiliario, pero sin excesos. Además, no tenía que compartirla con otros soldados. Al verla llegar, el sargento se levantó para recibirla. Una vez dentro, Cabrera cerró la puerta tras de sí. Luego se paró frente al sargento, cara a cara, e hizo el saludo militar.
- ¡A sus órdenes, señor!
Él le devolvió el saludo.
Marta Cabrera era una atractiva y joven militar con un gran sentido de la disciplina. Su pelo era corto, rizado y completamente negro. Sus ojos marrones, a juego con su piel tostada por la continua exposición al sol. Gracias a los ejercicios físicos diarios en el campamento militar, su cuerpo estaba bien trabajado, entrenado, en forma. Un culo firme y duro. Unos pechos de buen tamaño, habitualmente bien disimulados por el uniforme militar. Pero, en aquel momento, Cabrera solo llevaba una camiseta verde militar de tirantes que le marcaba los pezones. Además de eso, un pantalón largo de camuflaje y las botas. Marta era deseada por la gran mayoría de los militares del campamento (si no todos), pero a ella solo le excitaban los superiores. Acatar órdenes le ponía cachonda. Y eso era beneficioso, principalmente, para su sargento, que siempre estaba dispuesto a exponer sus órdenes a la cabo Cabrera.
domingo, 24 de febrero de 2019
Cachorrita Luna narra un trozo de "Mi perrita Luna"
A Luna le gustó tanto el relato que le dediqué, que ha narrado un buen trozo de él con su dulce voz. ¡Disfrutadlo!
Aquí tenéis la transcripción del trozo narrado:
El relato original: Mi perrita Luna
El perfil de Twitter de Luna: @CachorritaLuna
Sábado, 15 de julio. Llegué a casa especialmente cansado del trabajo, más que de costumbre. No me apeteció ni pasar por la habitación a cambiarme de ropa, directamente arrastré los pies hasta el sofá y me senté soltando un resoplido. Busqué el mando a distancia y vi que estaba en la mesa del comedor. Entonces silbé, y por la puerta del dormitorio apareció mi perrita Luna, tan obediente como siempre. Sólo vestía un sujetador rojo con transparencias y un tanga a juego, por lo que sus tatuajes relucían en su piel. Le señalé el mando con el dedo. Luna gateó hasta el comedor arrastrando su largo pelo rojo por el suelo como si fuera un vestido de cola. Llevaba puesta una colita peluda en el culo, que se movía de un lado a otro conforme ella iba gateando. Me encantaba esa colita, y cómo le quedaba a Luna. A ella también le encantaba, dado que desde que se la compré no había día que no se la pusiera. Cogió el mando y luego vino a traérmelo. Gateó hacia mí con los ojos brillantes y el mando en la boca.
Cuando llegó al sofá, dejó caer el mando a distancia en el sofá, junto a mi mano, y me miró con expresión de obediencia. Yo sonreí y le acaricié el pelo como gesto de satisfacción. Encendí la televisión con idea de verla, pero Luna estaba juguetona. Se colocó entre mis piernas, desabrochó mi pantalón y sacó mi polla. Enseguida noté el piercing de la lengua de Luna recorrer mi miembro de abajo a arriba. Se puso a lamer y chupar como buena perrita. Le encantaba hacerlo. Sus babas resbalaban por su barbilla y por mi polla. El piercing de su labio inferior también era una delicia. Añadía un toque extra cuando Luna tenía mi polla en la boca. La televisión estaba encendida porque sí, ni la miraba ni la escuchaba. Solo podía echar la cabeza atrás y dejar a Luna disfrutar con su juguete. Lo lamió todo, incluido cada centímetro de mis huevos. Con ellos también le gustaba divertirse, pero sobre todo con la polla. Las pocas veces que paraba para coger aire o descansar, una prominente sonrisa dominaba su rostro. Me encantaba ver disfrutar a mi cachorrita.
No le costó mucho recibir su recompensa, la cual se había ganado como buena perrita. Notó que estaba a punto de llegar al clímax, y siguió chupando con fuerza mientras su mirada, clavada en mis ojos, pedía leche. Sin avisar, lo cual sabía de sobra que era innecesario, comencé a correrme en la boca de mi perrita. Noté cómo el estrés de todo el día salía de mi a chorros. Fue una tremenda corrida, pero Luna estaba entrenada para eso y más. Con los ojos relucientes de felicidad, abrió la boca para enseñarme su recompensa. Algo de semen desbordó por los labios y resbaló por su barbilla y su cuello. De un trago, mandó toda leche directa a su estómago, para luego reír divertidamente.
Mientras yo descansaba de semejante mamada, Luna jugueteaba con el semen que había resbalado hasta su pecho. Lo recogía con el dedo y luego lo lamía. Pocas cosas le gustaban más a mi perrita Luna que lamer, y su leche de recompensa.
- ¿Creías que no me acordaría de tu cumpleaños? Con lo buena perrita que eres… - Dije entonces señalando la parte de atrás del sofá.
El relato original: Mi perrita Luna
El perfil de Twitter de Luna: @CachorritaLuna
domingo, 13 de enero de 2019
Microrrelato: Esposado al placer (Versión Zorricienta)
Mi amiga Zorricienta y yo hemos escrito una versión alternativa del relato "Esposado al placer", escrita desde el punto de vista de la mujer. Además, Zorricienta ha tenido el detalle de narrar el relato con su dulce y sensual voz para nuestro disfrute.
Aquí tenéis el relato narrado:
Esta es la transcripción del relato:
Esta historia ocurrió una noche que estaba sola en casa y estaba muy,
muy caliente. Tan caliente que decidí invitar a mi amigo Juan a casa. Le envié
un mensaje en el que solo ponía "Estoy cachonda”. Con eso bastó para que en
unos minutos apareciera en mi casa. Le abrí la puerta completamente desnuda, acariciándome
el pelo de forma sensual. Cogí a Juan de la mano y me lo llevé directamente al
dormitorio. Allí le senté en la cama y empecé a quitarle la ropita poco a poco.
Me di cuenta del bulto que llevaba en su pantalón. Ya la tenía dura. Se la
acaricié por encima de la ropa. Sabía que era por mi culpa y eso me ponía muy
cerda. Le quité el pantalón muy lentamente, haciéndole sufrir. Su polla estaba
tan dura que, cuando le bajé los bóxers, salió disparada y casi me da en la
cara. Saqué la lengua y jugué con ella alrededor de su glande, pero no llegué a
tocar su polla. Estaba en modo cabrona y me divertía ser mala con él. Notaba en
su cara que estaba desesperado por que me la metiera en la boca. En vez de eso,
tumbé a Juan en la cama y saqué las esposas del cajón de mi mesita. Nos miramos
y nos sonreímos así con complicidad. Después de esposarle las manos al cabezal
de la cama, le besé el cuello y fuimos bajando lentamente hasta llegar a su
polla y metérmela en la boca. Se la chupé lentamente, disfrutándola. Desde abajo
hacia arriba. Sin parar. Mirándole a los ojos mientras lo hacía.
Una vez satisfecho mi antojo de sexo oral, me senté sobre él y empecé a
follármelo mientras seguía esposado a la cama. Primero lento, y luego más fuerte,
asegurándome de que sentía mi coñito caliente rodeando toda su polla.
Cuando me dijo que estaba a punto de correrse le grité que no lo hiciera,
que aguantara un poco más. Yo también estaba a punto. Afortunadamente, pudo
aguantar lo suficiente para que llegáramos juntos al orgasmo. Se corrió conmigo,
sintiéndolo todo bien caliente como a mí me gusta. Un puñetero placer.
Espectacular.
domingo, 28 de enero de 2018
Mi perrita Luna
Sábado, 15 de julio. Llegué a casa especialmente cansado del trabajo, más que de costumbre. No me apeteció ni pasar por la habitación a cambiarme de ropa, directamente arrastré los pies hasta el sofá y me senté soltando un resoplido. Busqué el mando a distancia y vi que estaba en la mesa del comedor. Entonces silbé, y por la puerta del dormitorio apareció mi perrita Luna, tan obediente como siempre. Sólo vestía un sujetador rojo con transparencias y un tanga a juego, por lo que sus tatuajes relucían en su piel. Le señalé el mando con el dedo. Luna gateó hasta el comedor arrastrando su largo pelo rojo por el suelo como si fuera un vestido de cola. Llevaba puesta una colita peluda en el culo, que se movía de un lado a otro conforme ella iba gateando. Me encantaba esa colita, y cómo le quedaba a Luna. A ella también le encantaba, dado que desde que se la compré no había día que no se la pusiera. Cogió el mando y luego vino a traérmelo. Gateó hacia mí con los ojos brillantes y el mando en la boca.
Cuando llegó al sofá, dejó caer el mando a distancia en el sofá, junto a mi mano, y me miró con expresión de obediencia. Yo sonreí y le acaricié el pelo como gesto de satisfacción. Encendí la televisión con idea de verla, pero Luna estaba juguetona. Se colocó entre mis piernas, desabrochó mi pantalón y sacó mi polla. Enseguida noté el piercing de la lengua de Luna recorrer mi miembro de abajo a arriba. Se puso a lamer y chupar como buena perrita. Le encantaba hacerlo. Sus babas resbalaban por su barbilla y por mi polla. El piercing de su labio inferior también era una delicia. Añadía un toque extra cuando Luna tenía mi polla en la boca. La televisión estaba encendida porque sí, ni la miraba ni la escuchaba. Solo podía echar la cabeza atrás y dejar a Luna disfrutar con su juguete. Lo lamió todo, incluido cada centímetro de mis huevos. Con ellos también le gustaba divertirse, pero sobre todo con la polla. Las pocas veces que paraba para coger aire o descansar, una prominente sonrisa dominaba su rostro. Me encantaba ver disfrutar a mi cachorrita.
No le costó mucho recibir su recompensa, la cual se había ganado como buena perrita. Notó que estaba a punto de llegar al clímax, y siguió chupando con fuerza mientras su mirada, clavada en mis ojos, pedía leche. Sin avisar, lo cual sabía de sobra que era innecesario, comencé a correrme en la boca de mi perrita. Noté cómo el estrés de todo el día salía de mi a chorros. Fue una tremenda corrida, pero Luna estaba entrenada para eso y más. Con los ojos relucientes de felicidad, abrió la boca para enseñarme su recompensa. Algo de semen desbordó por los labios y resbaló por su barbilla y su cuello. De un trago, mandó toda leche directa a su estómago, para luego reír divertidamente.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Venganza infiel
Alberto gimió con fuerza y descargó abundantemente dentro de ella, que apretaba los dientes por el placer que le producía notar el semen calentito inundando su interior. Apretaba las uñas en la espalda de Alberto, quien se aseguró de haber expulsado todo lo que tenía antes de sacarla. Tras un par de minutos de descanso, él se fue a la ducha y ella se quedó en la cama. Aún notaba el semen goteando en su entrepierna.
Cuando Alberto llegó a su casa, se encontró a su mujer esperándole en la cama. Teresa estaba tirada en la cama y llevaba puesto el conjunto preferido de su marido: medias, braguitas y sujetador; las tres piezas blancas y con bonitas transparencias. Alberto sabía lo que su mujer buscaba cuando se la encontraba así. Se quedó quieto mientras ella le iba desnudando prenda a prenda. Cuando sólo le quedaban los calzoncillos, Teresa cogió su mano y le llevó hasta un sillón al lado de la cama. Se sentó él y luego ella encima. Moviendo la cintura con sensualidad, Teresa rozaba su entrepierna con la de Alberto, que estaba empezando a endurecerse.
Alargando la mano, Teresa abrió un cajón y sacó unas esposas. Los dos se miraron sonriendo con complicidad. Esposó las manos de Alberto a una madera horizontal que tenía el sillón tras su respaldo. Luego siguió frotando su cuerpo contra el de él. El miembro de Alberto ya estaba durísimo y amenazaba con salir del calzoncillo. Teresa se levantó del sillón y se movió sensualmente delante de su marido. La forma en que movía el culo y acariciaba sus pechos estaba volviendo loco a Alberto, que de no estar esposado se habría abalanzado sobre ella.
miércoles, 31 de mayo de 2017
Una niñera obediente
Alicia salió del dormitorio de los niños tras haberlos dejado dormidos en sus camas. Trabajaba cuidando de ellos algunos fines de semana mientras estudiaba en la universidad. Eran los hijos de una pareja bastante adinerada y los padres solían estar bastante ocupados.
Fue a la cocina a beber algo mientras esperaba que llegara alguno de los padres para poder irse a casa. Sacó una botella de vino medio vacía de la nevera y se sirvió una copa. Solo había dado un sorbo a su bebida cuando oyó la puerta principal abrirse, y luego cerrarse. Apareció en la cocina el padre de los niños.
- Hola Alicia.
- Hola Antonio.
Antonio era un hombre maduro y atractivo, ya en la cuarentena de edad. Su pelo corto y moreno siempre bien peinado lo adornaban unas pocas canas que, en lugar de quedarle mal, le daban un toque sexy. Siempre vestía elegantemente y hablaba correctamente y con formalidad. Alicia, por otra parte, era joven, despreocupada, siempre con su pelo castaño y ondulado suelto. En contraposición de Antonio, ella solía vestir muy informal, con blusas escotadas y pantalones cortos, como era el caso aquella noche.
domingo, 26 de marzo de 2017
La novia sumisa
A Carlota le encantaba ser sumisa en la cama y su novio Abel se ocupaba felizmente de hacerla sentir así. Ella siempre ofrecía una ferviente obediencia hacia quien le gustaba pensar que era su amo, mostrándose dócil ante el manejo de su pareja sexual. Experimentaba una excitación especial en sentirse usada y en satisfacer a su novio cumpliendo sus caprichos sexuales.
Esa noche Abel y Carlota habían recibido en su casa a un amigo de éste. Cenaron los tres acompañando sus charlas triviales con una botella de vino. Lo interesante vino después de la cena. Los anfitriones insistieron a David en que se acomodara en el salón mientras ellos acababan de recoger la mesa. Una vez llevados los últimos platos a la cocina, antes de volver para reunirse de nuevo con David, Abel se acercó a Carlota y la besó con fuerza. Metió la mano por dentro del pantalón de su novia y acarició su entrepierna con los dedos.
- ¿Eres una buena sumisa?
- Sí... - Contestó ella entre suspiros de excitación.
Carlota acariciaba el miembro de Abel por encima del pantalón. Sospechaba que se le habría pasado por la cabeza otra de sus perversas ideas.
- Te gusta chuparla, ¿verdad?
- Me encanta...
Carlota ya había empezado a desabrocharle el pantalón a Abel, deduciendo lo que quería.
- No... - Interrumpió él. - Quiero que se la chupes a David.
- ¿Cómo...? - A Carlota le pilló por sorpresa esa petición.
- Me encantaría ver cómo se la chupas a mi amigo.
- Pero... - El resto de la frase desapareció entre sus suspiros provocados por Abel, que ahora no solo acariciaba su coño sino que lo masturbaba metiendo los dedos.
Abel pasó a adoptar un tono más imperativo. Lo que antes parecía una petición ahora sonaba como una orden.
- Te digo que le chupes la polla a mi amigo. ¿Eres una buena sumisa o no?
Carlota estaba cada vez más excitada. Abel nunca le había pedido algo así. Su sumisión siempre quedaba entre ellos dos. Sin embargo, el deseo de satisfacer a su novio superaba cualquier otro pensamiento. Aunque su primera reacción fue de rechazo, en su interior crecían las ganas de cumplir el capricho de su novio.
domingo, 15 de mayo de 2016
El striptease de Cristina
Lo primero que se quitó Cristina fue la gran chaqueta de policía que le cubría casi todo el cuerpo. De uno de los bolsillos de dicha chaqueta sacó un pequeño altavoz que dejó en la mesa y luego le dio a un botón. Se quedó de pie con las piernas abiertas, frente a mí, esperando a que la música sonara, mientras yo me deleitaba observando lo bien que le sentaba el uniforme policial. Consistía principalmente en dos piezas: la parte superior era una especie de camisa azul marino, ajustada y escotada; y la inferior se trataba de un pantaloncito del mismo color, corto y ajustado. La camisa incluía una brillante placa sobre su pecho izquierdo. El pantalón, por otra parte, estaba rodeado por un cinturón en el que se sujetaban una porra y una pistola. Su calzado eran un par de tacones altos negros. Sus bonitos ojos verdes, en los que yo ya me había fijado hace tiempo, los tapaban unas gafas de sol. Sobre su pelo rubio, recogido en una coleta, llevaba una gorra con visera y el escudo de la policía.
La música empezó a sonar. Una música sensual y sugerente. Precisamente fue el pelo el primer paso. Se quitó la goma que lo sostenía, dejándolo suelto y revoltoso, cayendo por encima de sus hombros. Una melena dorada que brilló al chocar con los pocos rayos de sol que dejaba pasar mi persiana. Se puso a contonearse al ritmo de la música. Movía el culo de una forma muy sensual, casi hipnótica. Se colocó encima de mí, pero de pie, de modo que yo quedaba entra sus piernas, sentado. Apoyó sus manos en mis hombres siguió moviendo la cintura, ahora a escasos centímetros de mi cara.
sábado, 8 de noviembre de 2014
Esposado al placer
Aun recuerdo esa increíble noche que empezó con un breve pero eficaz mensaje de texto.
"Estoy cachonda"
Viniendo de ti, me encendió al leerlo. Tú no te andas con tonterías respecto al sexo. Mi respuesta fue también breve pero igual de eficaz.
"5 minutos"
Llegué a tu casa jadeando y excitado. Había releído un par de veces tu mensaje por el camino, y te había imaginado de mil maneras. Apenas diez segundos después de llamar a la puerta, ésta se abrió lentamente. Al otro lado apareciste tú. Completamente desnuda. De los pies a la cabeza. Solo vistiendo una sonrisa pícara, y acariciándote el pelo suavemente. Tus pezones erectos parecían señalarme como tu próxima víctima sexual.
Entré con paso tembloroso por la excitación, sin dejar de mirar tu cuerpo descubierto. Tú no dejabas de sonreír. Sin decir una palabra ninguno de los dos, me cogiste la mano y me condujiste al dormitorio. Todavía recuerdo la visión de tu firme y redondo culo moviéndose frente a mí mientras me dejaba llevar por ti a través del pasillo en penumbra hacia una puerta abierta que daba la bienvenida a tu habitación. La erección en mi pantalón ya era considerable. Me relamía solo de pensar en el rato que iba a pasar. Algo que sabía seguro es que contigo no hay polvo malo.
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