Tumbado en la cama, agarraba su cintura mientras ella saltaba encima de mí. Yo me limitaba a azotar su culo de vez en cuando, sobretodo cuando me lo pedía, mientras ella me cabalgaba con auténticas ganas. Su melena se alborotaba con tanto movimiento. Su culo se movía de arriba a abajo, y también en círculos. Sus tetas botaban hipnóticamente frente a mí. Mi polla entraba y salía de su interior al ritmo que ella quería. De repente, su incesante contoneo se vio interrumpido por algo inesperado. En uno de sus botes sobre mi pelvis, mi polla salió por completo de su coño y, desafortunadamente, al volver a entrar en ella lo hizo por otro agujero. Entró de golpe por su culito virgen, con la única lubricación de sus flujos vaginales que empapaban mi miembro. Soltó un grito ahogado y paró de moverse al instante. En su rostro se podía leer la sorpresa y el dolor de lo que acababa de pasar. Aún tenía la punta de mi polla dentro de su culo. Y entonces, otra sorpresa. Ella se mordió los labios, se acarició el coñito con los dedos y me susurró: "Sigue..." Empecé a mover la cintura lentamente, metiendo mi polla poco a poco en su culo. "Más rápido..." me pidió. Retomé el ritmo que teníamos antes del incidente. Follábamos igual de fuerte que antes, solo que ahora la metía por un agujero más estrecho. A ella se le notaba que indudablemente estaba disfrutando del dolor. No dejaba de tocarse con una mano y acariciarse los pechos con la otra. Ahora era ella la que se quedaba quieta y yo el que me movía desde abajo. Cada vez que la metía hasta el fondo de su culo, ella no podía evitar soltar un gemido que a mí me excitaba muchísimo. Tanto fue el placer que le daba esta nueva experiencia con su punto de dolor, que no tardó en llegar al orgasmo. Perdió las fuerzas y cayó sobre mí mientras su cuerpo se estremecía. La estrechez de su culo recién desvirgado me proporcionaba un gusto increíble. Esa sensación, junto con el orgasmo que ella acababa de tener, propició también el mío. Me corrí con fuerza, descargando toda mi corrida dentro de su culo. Ella jadeaba y me mordía el cuello mientras sentía mi semen inundando su culo. Volvimos a practicar sexo anal más adelante, pero ella nunca volvió a disfrutar como esa primera vez, cuando el dolor de ser desvirgada multiplicó su placer.
Todos los relatos que aparecen en este blog han sido escritos por mí.
Ninguno ha sido copiado de ninguna otra web de relatos y se ruega que, del mismo modo, tampoco sean copiados (excepto consentimiento expreso).
Gracias.
domingo, 2 de diciembre de 2018
viernes, 23 de noviembre de 2018
Noche de juegos picantes
Se abrió la puerta y apareció Carla con una sonrisa de bienvenida. Yo era el último en llegar a su casa. En el salón ya estaban los otros cuatro tomando el aperitivo. Saludé a Silvia, Marco, Cristina y Luis, y luego cogí asiento. Carla trajo más aperitivos y sugirió que pidiéramos la cena cuanto antes, ahora que ya estábamos todos.
Cenamos tranquilamente, entre risas y copas de vino blanco. Al acabar de cenar ya estábamos todos un poco a tono por el alcohol. La anfitriona vio que era el momento adecuado para desvelar una sorpresa que tenía guardada.
- Chicos, he preparado un juego para esta noche.
- ¿Qué juego? - Preguntó Mario intrigado.
- Uno de pruebas.
Ante las miradas de desconcierto del resto, Carla dio un poco más de información.
- Simplemente son unas tarjetas. Cada vez uno coge una tarjeta y hace lo que le toque. Será divertido.
- ¿Qué clase de pruebas? - Lo preguntaba Silvia, que conocía demasiado bien a su amiga.
- Ya lo veréis. Que si no se pierde la gracia.
- ¿Y cuál es el objetivo? - Siguió Silvia.
- Simplemente ser capaz de cumplir las pruebas.
Los seis nos miramos unos a otros y finalmente nos animamos a probar el juego de Carla.
- Vale, pero si jugamos que quede una cosa clara: es obligatorio hacer la prueba que te toque. No se puede cambiar por otra. Quien no supere la prueba o se niegue a hacerla se tiene que ir a casa.
Soltamos algunas risitas hasta que vimos en la cara de Carla que iba totalmente en serio. No sé si fue animados por el alcohol que llevábamos encima, pero volvimos a aceptar todos.
Carla barajó cuatro montones de cartas independientemente y los colocó en la mesa alrededor de la cual estábamos todos sentados. Explicó que tres de los montones eran de pruebas, y que estaban clasificadas de menor a mayor dificultad. Empezaríamos por el primero y si al acabar el montón seguíamos con ánimo, pasaríamos al segundo, y luego al tercero. El cuarto montón era para cuando una prueba era de interaccionar con otro jugador, esa carta decidía con quién debía ser.
Una vez estuvo todo preparado, se hizo el silencio. Carla tomó la iniciativa.
- Venga, ya que el juego es mío empiezo yo.
Cogió una tarjeta del primer montón y la leyó en voz alta.
- ¿Cuándo te masturbaste por última vez? - Hizo una breve pausa y luego contestó sin titubear. - Hoy.
Los demás sonreímos. El juego iba a ser más interesante de lo que habíamos pensado.
sábado, 10 de noviembre de 2018
Microrrelato: No tocar
Su mujer le había prohibido terminantemente tocar a la sirvienta, por eso él se limitaba a observarla. Nada de tocar, pero... ¿y mirar? La mujer que solía hacer sus tareas del hogar ahora disfrutaba exhibiéndose para él. Adicta a las travesuras y fuertemente atraída por él, acariciaba su propio cuerpo desnudo ante la lasciva mirada del hombre. Tirada en la cama, se masturbaba con una mano y se acariciaba los pechos con la otra. Él, sentado en el sofá, no perdía detalle. Con una mano sujetaba una copa de whisky y con la otra se masturbaba valiéndose de la erótica escena en vivo de su sirvienta. Ella, solo con saber que le estaba excitando, se ponía aún más cachonda. Él, viendo que ella cada vez se daba más placer, aumentaba el ritmo de su propia masturbación. Los dos, juntos pero separados, se acercaban al orgasmo. La sirvienta pasó a frotarse la entrepierna con las dos manos observando a su "cliente" masturbarse a gran velocidad. Ya estaba muy cerca del clímax, pero le llegó primero a él. Dejó la copa en la mesa, se levantó del sofá y se acercó a la cama sin dejar de pajearse. La sirvienta se arrastró hasta el borde de la cama y se quedó tumbada tocándose. De repente, empezó a notar un líquido calentito lloviendo sobre su cuerpo desnudo. Él gruñó de placer mientras se corría sobre su sirvienta. Chorros de semen volaron desde la punta de su polla hasta la morena piel de su sirvienta. Le manchó el vientre, las tetas... E incluso alguna gota llegó hasta su cara. Ella mantenía la boca abierta por si tuviera la suerte de que cayera algo dentro. Acabó de eyacular y se fue satisfecho de la habitación. La sirvienta se quedó tumbada, desnuda y cubierta de semen, masturbándose hasta llegar ella también al orgasmo, para luego seguir con sus tareas del hogar.
lunes, 27 de agosto de 2018
Followers
Alice y yo nos conocimos en Twitter. En realidad, hasta ese día, solo nos habíamos relacionado virtualmente. Empecé a seguirla de casualidad, me gustaban sus tuits. Más tarde empezamos a interactuar y congeniamos en seguida. Poco a poco fuimos cogiendo confianza y la simpatía se convirtió en tonteo. El flirteo se intensificó cuando nos animamos a mandarnos una foto y ambos nos gustamos físicamente. Atracción, indirectas, fotos picantes, confesiones sexuales motivadas por la protección de estar a distancia y tras una pantalla... Sin embargo, todo quedaba ahí. El mayor "contacto sexual" entre nosotros había sido masturbarme con fotos picantes de Alice, que me había enviado con esa intención, junto al texto "Para cuando estés solo y aburrido". Irremediablemente, sondeamos varias veces la idea de conocernos en persona, pero no llegábamos a estar seguros de dar el paso. Tras mucho tiempo de interacción virtual, llegó el día en que concretamos una cita y nos dimos los números de teléfono.
El viaje de mi mente por los recuerdos de nuestra relación virtual se vio interrumpido de golpe cuando Alice entró por la puerta. Me iluminó de inmediato con su presencia. Estaba radiante. Me impresionó mucho más de lo que me esperaba. Su vestido negro le llegaba por encima de las rodillas y era tan ajustado que dibujaba perfectamente sus curvas. El vestido transparentaba ligeramente en la zona del pecho, creando un elegante escote. Su pelo rubio, largo y liso caía suelto por su espalda y por encima de los hombros. Su figura quedaba aun más realzada por los tacones que llevaba, negros, a juego con el vestido.
lunes, 16 de julio de 2018
Lenguas en la oscuridad
La habitación estaba en la más absoluta oscuridad. Todo era negro. No era capaz de distinguir ni lo más mínimo los bordes de los muebles que suponía yo que habría en ese cuarto. Por esta razón, me costó comenzar a andar, pero finalmente me aventuré. Di pasos cortos y lentos para evitar cualquier golpe. Avancé muy lentamente entre las sombras hasta que el tacto de una mano en mi hombro me detuvo. El repentino contacto me asustó en un principio, pero en seguida conseguí controlar mis pulsaciones. Me detuve de pie en medio de la oscuridad. A la mano posada en mi hombro izquierdo se sumó otra en el hombro derecho. Por el tacto de los dedos noté que ese alguien estaba detrás de mí, pero aún así no me giré. No sabía cómo comportarme y lo único que se me ocurría era esperar a ver qué pasaba.
Aquellas desconocidas manos me quitaron la camiseta con delicadeza. Al acariciar mi torso ahora desnudo, noté la suavidad de las manos y estuve casi seguro de que se trataba de una mujer. Mis sospechas se confirmaron cuando noté los pechos desnudos de esa mujer tocando mi espalda. Noté incluso sus pezones duros. Después de unas pocas caricias, las manos se dirigieron a mi cinturón y lo desabrocharon. El primero sonido que se oyó en aquella habitación fue el de mis pantalones cayendo al suelo. Las manos acariciaron mi entrepierna por encima de mis bóxers, para luego colarse por dentro y agarrar mi polla. Me masajeaba el miembro con dulzura, lentamente, casi diría que con cariño incluso. Lo que empezó como caricias siguió como sacudidas. Seguía siendo con delicadeza, pero ya era una paja en toda regla. Se detuvo para quitarme también los calzoncillos, que bajaron hasta encontrarse con mi pantalón, pero después dejé de notar las manos en mi cuerpo.
Pasaron unos segundos en los que me quedé inmóvil deseando volver a notar esas manos suaves. Sin embargo, lo que noté fue incluso mejor. Una lengua comenzó a jugar con mi glande, haciendo círculos. Me puse tenso. La lengua fue recorriendo mi miembro por todos sus rincones, incluyendo por supuesto los huevos, con los que también se entretuvo.
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