Ding dong. Me levanté del sofá y recorrí con calma los pocos metros hasta la entrada. Abrí la puerta y me encontré de bruces con un ángel. Un precioso rostro angelical de piel tersa y blanquecina era la carta de presentación de una jovencita de veintipocos años con un aspecto inocente solo alterado por un piercing estilo septum en la nariz y un tatuaje detrás de la oreja. Su sedoso pelo castaño caía a la altura del pecho y lo adornaba un mechón rebelde de color más rubio cayendo por el lado izquierdo. Sus penetrantes ojos marrones, a juego con el cabello, brillaban transmitiendo dulzura.
Un enérgico y risueño "¡Hola!" me hizo reaccionar ante la hipnosis que había ejercido sobre mí. Se presentó como Shelly. Era la chica que me mandaba la agencia. Había decidido otorgar la tarea de limpieza de mi piso a una agencia, y Shelly era la chica que me habían mandado. Si lo hubiera sabido, les habría llamado mucho antes.
Entró a mi piso cargando una bolsa. Le dije que le dejaba trabajar y volví al sofá, donde yo también estaba trabajando frente a mi ordenador. Pasó un rato y no me percaté de que Shelly se había cambiado de ropa hasta que se puso a limpiar los estantes de la pared frente a mí. Se me quedaron los ojos como platos al verla llevando un vestido sexy de doncella, extremadamente ligero de tela. Atuendo digno de película porno. El vestido de sirvienta estilo francés (de french maid), blanco y negro, con su delantal por delante, la falda suficientemente corta como para solo cubrir el culo y el escote suficientemente pronunciado como para presumir de dotes. Todo ello culminado con el típico lazo blanco en la cabeza a modo de diadema. Además, sus largas y bonitas piernas vestían unas medias negras.




